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Opinión

Las mentiras ya no acrecen la nariz

Joaquín Ramos López
Las mentiras ya no acrecen la nariz

De mucho tiempo y lugar siempre se ha corregido a los niños que si decían mentiras se sabría seguro, porque les crecería la nariz. Conocida la vulneración de la verdad, si había razón severa, era costumbre acompañar la réplica con la  advertencia de confesión sacerdotal y, si procedía anticipo de penitencia, aplicar un castigo de privación de cosa muy deseada. 

En las excursiones y sus cánticos infantiles, entonces y más tarde también, nunca ha faltado el popular "Vamos a contar mentiras", aquel de… "por el monte la sardina, tralará, tralará"… como desahogo y chufla al requiebro de mentir.  

Las mentirijillas y pequeñas trastadas podían considerarse de menor enfado y se solían responder con consejos de sus mayores venidos a ese cuento, aprovechando así abundar en la instrucción racional del menor. 

Pinocho, ese muñeco conocido como el icono de la mentira por excelencia, tiene presencia doméstica y es recurso gráfico habitual en todo el mundo. Públicamente, añadiendo largura al apéndice nasal del personaje humano a criticar, supone significar cuál es el cariz de la conducta que se le está enjuiciando. 

La mentira tiene muy variado recurso en nuestro sabio refranero, tanto por activa como por pasiva afectación; a buen seguro, estimado lector, ahora mismo se le está ocurriendo alguno. Y su denominador común no es otro que el rechazo irónico a sus práctica o la crítica debida al infractor. 

El engaño, engañar o ser engañado, llevan implícito la mentira. Esa fusión es maliciosa siempre. Tiene resultados falsos, comprometedores e injustos  moralmente. No caben las excusas ni tampoco determinadas bromas con presencia de la astucia. No hay –no se crea usted– las mentiras piadosas. Un chiste entre mentirosos puede resultar gracioso; si no conlleva rebufo de daño. 

La mentira es propia de la especie humana. Su existencia inunda y afea nuestra historia. La ley de Dios la incluye como su octavo Mandamiento y la ley natural la recoge sin ambages. También es decidida protagonista de su relato, por la redacción muchas veces interesada de los historiadores. 

La verdad, la confianza, la seguridad, el honor, el deber, estos y más atributos del comportamiento honesto de los humanos, tienen a la mentira como peligroso enemigo de convivencia, que puede traicionar sus interrelaciones familiares, comerciales y sociales. 

En este sentido, la palabra dada de compromiso de obligación personal o negocio comercial, ha sido tradicionalmente sellada con un apretón de manos. Y al afecto amistoso sincero, en el encuentro y en la convivencia, un apretado  abrazo le basta. Pero ¿cuántas de estas manifestaciones son, con demasiada  frecuencia, vulneradas por la hipocresía del interés individual o partidista? 

Llamo, pues, mentira, incluso falsedad (falta de verdad, autenticidad, conformidad  entre las palabras, las ideas y las cosas, dice el DRAE) a toda manifestación humana  que muestra la distinción entre lo cierto y lo falso; entre el deseo sincero y la voluntad empañada con el fingimiento. El sujeto mendaz debiera ser candidato al ostracismo social y, por tanto, excluido de su consideración colectiva. 

Pues bien, hete aquí que, al parecer, la tendencia actual respecto de estas mis consideraciones tiende a su flaqueo, amenazando su ruina verbal. Sí, la mentira pierde entidad. Es como si conviniera “darle la vuelta”.  

O sea, que no importe mentir, que no pasa nada si alguien nos engaña. Que, total, nadie tenga que molestarse si le toman el pelo desconsideradamente, que hoy por ti y mañana por mi. ¡Por favor! 

Tal insensatez se la debemos principalmente a los políticos. Reflejo suyo es la frase ínclita de Nicolás Maquiavelo: "La política es el arte de engañar". A ella se apuntan nuestros propios gobernantes y otros muchos del mundo. 

La clase política actúa de correa de transmisión, de tal forma que grandes compañías de servicios, entidades financieras y de seguros, grandes  almacenes, sociedades tecnológicas e industriales, de comunicación y ocio, y los editoriales e informativos varios, todo ese arco de influencias que  disponemos y sufrimos actualmente, se contaminan de esa tendencia. 

Por ello, uno percibe la sensación de estar dentro de una gran bolsa ponzoñosa, admitiendo subterfugios, engañifas, desprecios, confusión, que merodean por las relaciones interpersonales comunitarias de la vida presente. 

Sin duda hay excepciones que muestran evidencia de actuar con la verdad. Lo hacen de forma meritoria y decidida y en algunos casos sacrificada. Y existen esas posiciones en la política –a veces mancilladas por sus propios  correligionarios– y también en el escenario empresarial, de corte positivo, sinceras, con ganas de ayudar y ser solidarias. 

Pero como la gente en general es buena, entre aquellos espabilados, incluido algún infame, se está propiciando un aprovechamiento descarado de las conveniencias partidistas al ver en los colectivos humanos de actitud prudente y seria, campo abonado para actuar en su favor desde el desaprecio. 

He leído y oído recientemente en diferentes medios, como los voceadores y plumillas de lo político, lo económico, lo artístico y deportivo, de lo social en suma, se recrean quitando valor e importancia a mentir. 

Decir que la mentira encierra verdades podría asumirse serlo cuando define al mentiroso. Dar a entender que repetir mentiras crea verdades, es, poco  menos, “delito” humanístico. Positivar una mentira es pretender se comulgue con ruedas de molino. 

Y eso es lo que nos está pasando. Empieza como un deporte verbal en plan gracieta, sigue como una explicación confortadora venial para justificar un  desencuentro, continúa para tratar de cubrir un patinazo y acaba por estafar a la verdad que duele. Nos maltratan, nos endurecen en la fiabilidad que se precisa para convivir en paz y prosperidad.  

Me resisto a ese nuevo ataque a la cultura de los valores de convivencia, ese destrozo de la sinceridad, respeto y estima de las relaciones humanas. Apuesto por una proclama de su defensa y propongo no colaborar con tamañas  dolientes pretensiones. 

Eso sí, demos, no obstante, un voto de confianza a que ese nuevo principio de  “la mentira no importa” presente fisuras blancas que bien podrán desteñir la negrura de su impronta presente. De momento repongamos al bueno de  Pinocho en el lugar de referencia permanente que le corresponde en ayuda de nuestros infantes. 

Sobre el autor:

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Joaquín Ramos López

Joaquín Ramos López es abogado y autor del blog Mi rincón de expresión.

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