Contra el edadismo y el intento de culpar a los sénior
¿Aumentan el edadismo y el intento de enfrentamiento intergeneracional, en una España que envejece y se aproxima a la masiva jubilación de la generación del baby boom? ¿Son los mayores de 55 una generación problemática?
Detrás de este tipo de enfrentamiento generacional hay, sin duda, una tensión real, pero también mucha simplificación interesada. Es verdad que en países como Estados Unidos se ha producido una acumulación muy importante de riqueza en parte de las generaciones mayores, y que los jóvenes sienten con razón que acceden más tarde y peor a la vivienda, al ahorro y a la estabilidad. Pero de ahí a convertir a los boomer en los culpables oficiales de todos los desequilibrios hay un salto demasiado cómodo.
Desde el CENIE (Centro integrado en la Fundación General de la Universidad de Salamanca), entendemos que lo primero que conviene decir es que no existe “el boomer” como sujeto único. Hay personas mayores con patrimonio consolidado, sí, pero también hay millones con pensiones ajustadas, soledad, dependencia, mala salud o fragilidad económica. Incluso en Estados Unidos, donde los boomer concentran una gran parte de la riqueza, esa riqueza está muy desigualmente repartida dentro de la propia generación. El problema, por tanto, no es una edad: es una estructura de desigualdad.
Lo segundo es que este tipo de relatos desplazan la responsabilidad. Resulta más fácil culpar a una generación que discutir por qué la vivienda se ha encarecido hasta volverse expulsiva, por qué los salarios juveniles han perdido capacidad de emancipación, por qué se ha debilitado la promesa de movilidad social o por qué los sistemas públicos no se han adaptado bien a la nueva longevidad. Cuando falla el diseño, aparece el chivo expiatorio. Y el chivo expiatorio generacional siempre da buenos titulares.
Y lo tercero es que aquí asoma un prejuicio de fondo: se acepta con dificultad que las personas mayores sigan teniendo influencia, consumo, deseo, voto, opinión y protagonismo. Como si al cumplir años debieran volverse discretas, renunciar a espacio público y dejar de contar. Pero una sociedad longeva no funciona así. Vivir más años cambia el reparto del tiempo, del poder y de la presencia social. El reto no es culpar a quienes viven más, sino rediseñar las reglas para que la convivencia entre generaciones sea más justa.
Por eso, más que un intento serio de comprender la realidad, estos debates parecen a veces una forma de convertir problemas estructurales en culpa generacional. Y eso no ayuda ni a los jóvenes ni a los mayores. Solo alimenta una guerra cultural tan rentable como intelectualmente pobre.
