Mayores

Desde mi ventana puedo refugiarme en el apacible panorama de un árbol que comienza a brotar y un cielo de Madrid más limpio que nunca. Dentro está el reto que tenemos que afrontar de interrumpir nuestra rutina diaria todo el tiempo que sea necesario hasta que esto pare.

Inundada como todos de consejos, programas para organizar el día, modos de sobrellevar el confinamiento, me encuentro con gran cantidad de mensajes dirigidos a los mayores. Esto me hace reflexionar acerca del humano mecanismo de sacar fuera de uno mismo la angustia, la preocupación, la impotencia y adjudicárselo a otros a los que pensamos que tenemos que ayudar porque están mas indefensos y vulnerables, repitiendo la frase” Pobres, los mayores que están solos”. Naturalmente que hay muchas personas que su vida está bien lejos del bienestar en el que también ahora soportamos el encierro; no hablo de ellos, los pobres, los enfermos que dependen de la ayuda de los servicios sociales para sobrevivir, los enfermos mentales que tantas veces hacen su casa de un banco en la calle, o la entrada de una entidad bancaria… 

Lo que voy escuchando estos días, desde mi pequeña y parcial ventana, es que los mayores, solos o acompañados no están respondiendo a esa imagen que se les quiere adjudicar de mayor vulnerabilidad que el resto. Desde luego desde el punto de vista físico sí, su largo recorrido vital también ha dejado huella en sus pulmones, en su corazón como las arrugas en su cuerpo, pero no en la  capacidad para adaptarse a este sacrificio social que se nos pide. Pienso en que no es la primera vez que han tenido que adaptarse para tener que asumir cambios: la marcha de los hijos, incluso la muerte de alguno de ellos, dejar atrás el trabajo remunerado, la pérdida de la pareja, la asunción de las limitaciones que el cuerpo impone… están más preparados que la mayoría para estar solos y es a ellos a los que hay que escuchar. 

La cuestión no es dar consejos sobré qué hacer, que lo saben muy bien, llevan mucho ya organizando su tiempo e introduciendo rutinas, sino para hablar, acompañar y  beneficiarnos de esas “recetas” de vida que ellos han ido cocinando a fuego lento. Y, por supuesto huir de la sobrecarga informativa que a todos nos remueve y conmueve  aderezándolo con conversaciones que esponjen el corazón.


Margarita Izquierdo Martín. Psicóloga Clínica. Psicoterapeuta. Presidenta de la sección de Psicoterapias de Grupo de la FEAP (Federación Española de asociaciones de psicoterapeutas). Profesora U. Pontificia Comillas.

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