Los mayores también tienen derecho a la ciencia: el gran edadismo de los ensayos clínicos

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Edadismo ensayos clínicos Miia

Después de más de veinte años negociando proyectos de investigación clínica con las principales compañías farmacéuticas del mundo, dirigiendo la investigación en hospitales públicos y privados y participando en más de mil contratos de ensayos clínicos, hay una realidad que me sigue resultando difícil de aceptar: la medicina que utilizamos para tratar a las personas mayores, en demasiadas ocasiones, se ha desarrollado sin estudiar suficientemente a las personas mayores. 

Suena absurdo, pero es cierto.

La población mayor de 65 años consume la mayor parte de los medicamentos prescritos y concentra la mayor carga de enfermedad. Sin embargo, continúa siendo uno de los grupos más infrarrepresentados en la investigación clínica. 

Diversos estudios publicados en revistas científicas internacionales han demostrado que las personas mayores, especialmente las mayores de 75 y 80 años, están significativamente infrarrepresentadas en los ensayos clínicos que sustentan la aprobación de nuevos medicamentos. La propia Food and Drug Administration (FDA) estadounidense ha reconocido oficialmente este problema y ha emitido recomendaciones específicas para incrementar su participación en la investigación. 

La Sociedad Española de Geriatría y Gerontología (SEGG) lleva años denunciando esta situación. Su anterior presidente, el doctor José Augusto García Navarro, lo resumía con una frase demoledora: "Se produce una paradoja enorme porque los grandes consumidores de estos fármacos son las personas mayores".

Y la actual vicesecretaria de la SEGG, Edurne Fernandez, insistía en una entrevista en 65YMÁS, en que el edadismo sanitario sigue siendo una realidad silenciosa que afecta al acceso a la innovación y al derecho de las personas mayores a recibir una atención basada en evidencia científica.

Porque este no es un problema técnico. Es un problema ético.

La consecuencia es evidente: estamos utilizando fármacos en millones de personas mayores basándonos en datos obtenidos, en gran medida, en pacientes más jóvenes, con menos enfermedades y menos medicación concomitante. Y eso importa.

Porque envejecer modifica la forma en que nuestro organismo absorbe, metaboliza y elimina los medicamentos. También cambia la respuesta a los tratamientos y aumenta el riesgo de interacciones y efectos adversos. No es una cuestión menor. Es una cuestión de seguridad del paciente.

Durante décadas se ha asumido que las personas mayores eran "demasiado complejas" para participar en un ensayo clínico. La presencia de varias enfermedades, la fragilidad o el deterioro funcional se han convertido, de facto, en barreras de exclusión. En otras palabras, precisamente quienes más podrían beneficiarse de la investigación han sido apartados de ella. El resultado es un auténtico "edadismo científico". 

Lo paradójico es que la sociedad ya entendió hace años que esto no podía suceder con la población infantil. En pediatría se produjo una auténtica revolución regulatoria. Tanto Estados Unidos como Europa desarrollaron normas específicas que obligan e incentivan a las compañías farmacéuticas a investigar los medicamentos en niños. Gracias a ello, el número de estudios pediátricos y de medicamentos autorizados para menores ha aumentado de forma extraordinaria.

En el caso de las personas mayores, no existe una estrategia equivalente. No hay incentivos regulatorios potentes. No existen obligaciones reales. Tampoco programas específicos que impulsen la investigación en los pacientes que más utilizan los servicios sanitarios y sociales. Es difícil comprender esta paradoja.

La población mayor de 65 años representa ya más del 20% de la población española y será uno de los grupos demográficos con mayor crecimiento en las próximas décadas. Vivimos más años, pero seguimos investigando como si el paciente "tipo" tuviera 50 años y una sola enfermedad. No la tiene.

La realidad es otra: personas de 80, 85 o 90 años que conviven con diabetes, insuficiencia cardíaca, hipertensión, deterioro cognitivo o fragilidad y que toman cinco, ocho o diez medicamentos al día. Ellos son los verdaderos pacientes del siglo XXI. 

La medicina del futuro no puede seguir construyéndose sin ellos. Necesitamos un gran pacto por la investigación en personas mayores. Necesitamos que los reguladores exijan una representación adecuada de este grupo de población, que los promotores diseñen ensayos más inclusivos y que los sistemas sanitarios faciliten su participación.

Porque excluir a las personas mayores de la investigación no solo es un error metodológico. Es una forma silenciosa de discriminación. Y, sobre todo, es una enorme contradicción: pretendemos ofrecer la mejor medicina a quienes más la necesitan, pero seguimos generando la evidencia científica sin contar con ellos.

La pregunta es tan sencilla como incómoda: ¿aceptaríamos que un medicamento destinado a los niños se hubiera estudiado únicamente en adultos? Entonces, ¿por qué seguimos aceptando que muchos tratamientos dirigidos a las personas mayores se desarrollen sin investigar suficientemente en ellas?