Ramón Sánchez-Ocaña
Opinión

¿Qué sabemos de la lepra?

Ramón Sánchez-Ocaña
¿Qué sabemos de la lepra?
Píldoras

 

¿Qué opinión tiene el gran público de la lepra? La mayoría creerá que está erradicada y acudirá a su mente la imagen legendaria del enfermo cubierto de llagas. Nada más falso. La lepra es una enfermedad perfectamente curable si se diagnostica pronto. Y eso es importante porque no sólo cura al enfermo, sino que se rompe la cadena de una posible transmisión. El problema está en que cuando un enfermo leproso acude al médico, lleva ya muchos años de enfermedad y lo único que se puede hacer entonces es controlarla. Si se detectara en las primeras etapas, la lepra habría desaparecido.

Los primeros síntomas que deberían llamar la atención son las manchas –no muchas–, que pueden ser blancas o negras. Y son manchas en las que se pierde la sensibilidad.

Se trata de una enfermedad infecciosa, de curso evolutivo crónico, que afecta preferentemente a la piel y nervios periféricos y que en sus formas más graves afecta prácticamente a todas las vísceras. Hoy es difícil llegar a ese extremo.

De la lepra se sabía muy poco. Y casi todo falso. La tradición siguió considerando la lepra como castigo divino, una especie de infierno en la tierra... hasta que llegó Hansen. Este noruego estudió a fondo la lepra en su país, hace casi dos siglos. La situación de los países nórdicos y mediterráneos hizo pensar que la lepra provenía de algún elemento de la dieta, fundamentalmente de pescado en las zonas más afectadas. No olvidemos que la palabra lepra quiere decir escama.

Hasta que Hansen logró aislar el bacilo. Fue el primer paso para determinar que la lepra era una enfermedad infecciosa causada por una bacteria. Hoy se sabe ya que es la enfermedad infecciosa menos contagiosa que existe. Hasta el punto de que no existe ningún caso de contagio casual o voluntario. Incluso ha habido grandes investigadores que han querido estudiar la lepra en su propio cuerpo y no lograron contagiarse. Es conocido el hecho de que el Dr. Lagudaki se hizo una incisión en el brazo y se inoculó un leproma de un enfermo. Tampoco se contagió. No dio resultado ningún caso de inoculación voluntaria. Como tampoco se pudo transmitir a animales de laboratorio ni a plantas, se dedujo que era enfermedad exclusivamente humana.

Solamente ha podido cultivarse en el armadillo porque tiene unas condiciones muy bajas de inmunidad. Como tampoco se puede cultivar en el laboratorio, se sostiene que la enfermedad tiene muy pocas posibilidades de contagio, salvo que se den otras circunstancias. Y la circunstancia que se da en todos los casos es una condición socio-económica sumamente débil, que implica una situación sanitaria ínfima. Afecta a los más débiles y no distingue sexos, aunque tiene una ligera preferencia masculina. La marginación social favorece la lepra. En los países subdesarrollados crece el número de enfermos. Y disminuye en las zonas donde las condiciones higienicosanitarias son correctas.

En España se diagnostican unos 20 casos nuevos cada año  y en un 60% en emigrantes.

Y mientras tanto se habla ya de la lepra del siglo XXI –la úlcera de Buruli– que crece de manera exponencial, en las zonas masa deprimidas de África. La enfermedad, como si fuera una síntesis de lepra y tuberculosis, aparece con un pequeño nódulo como si fuera una picadura de mosquito. No duele. Bastaría para eliminarlo extraerlo con un bisturí. Pero eso se ignora. A las pocas semanas el granito se convierte en una úlcera que devora la piel a su paso. Si no se controla, la úlcera avanza rápidamente afectando al hueso. La curación en esta fase ya es complicada. Si persiste, la úlcera destroza el hueso y lo deforma. La única solución acaba siendo la amputación. Es, claramente, una enfermedad social.