Hay palabras que se parecen, pero son distintas. “Resiliencia” y “residencia” comparten algo más que un parecido fonético: comparten la idea de permanecer. La residencia es el lugar donde uno está; a veces (pocas) por elección, otras por necesidad. En España, muchos mayores dicen vivir en una residencia porque no tienen más remedio: llegan casi desahuciados. Y no quedan muchos años para seguir levantándose.
La resiliencia, en cambio, no es un edificio ni un servicio. Es el modo en que uno se levanta cada día, literal y metafóricamente. Y aquí conviene decir lo que ya sabemos si hemos vivido un poco: vivir es levantarse. No como eslogan, sino como definición práctica de la vida humana. No hay vida sin adversidad. Caemos por el cuerpo, por el miedo, por la pérdida, por la soledad, por el cambio que llega demasiado rápido: la vida pasa, pesa y pisa. Y, en algún punto, aparece el desastre: grande o pequeño, visible o íntimo, inevitable. La clave no es evitarlo —no se puede—; la clave es asumirse y asumirlo sin quebrarse.
Aceptación superadora: mirar de frente lo que hay, dejar de gastar energía en negar lo inevitable y convertir lo posible en acción. Desar hacer lo que se hace en lo posible. Levantarse no es volver a ser el de antes; es volver a levantarse con más criterio, con más verdad y con menos autoengaño. Ya no eres el de ayer y hay que asumirlo.
Elogiar la madurez no es romantizar la edad. Decía Sabina que “envejecer es una gran putada”. Y, aun así, hay que vivir; la alternativa es peor. Vivir es asumir. La madurez es una competencia: se entrena con años, pérdidas, aciertos, cansancio y lucidez. Y se entrena en un equilibrio difícil: sostenerse sin endurecerse. La madurez es esa mezcla rara de realismo y ternura; la habilidad de aprender del pasado sin vivir mirando al pasado todo el rato. Saber lo que duele sin convertir el dolor en identidad. Por eso la persona mayor que ha vivido de verdad no presume de invulnerabilidad: presume, si acaso, de haberse levantado más veces de las que cayó. Y de haber aprendido a levantarse mejor.
Nos caemos de muchas maneras: una enfermedad, un duelo, una crisis económica, una decepción, un cambio de rol, una jubilación mal digerida, una soledad que llega sin pedir permiso. Nos caemos también por dentro: cuando se agota la paciencia, cuando el cuerpo no acompaña, cuando el mundo se vuelve más digital que humano. Y cuando el miedo vence: miedo a depender, a sobrar, a no entender, a no ser querido. Y, sin embargo, nos levantamos. A veces con épica. A veces con rutina, bendita rutina, porque si cambia suele ser a peor. Sin aplausos. Levantarse es, casi siempre, un acto silencioso.
La resiliencia es una “residencia interior”: una casa mental habitable. Y, si me permites la imagen, una residencia interior con taller: un lugar propio lleno de herramientas. Herramientas de supervivencia. Herramientas para tolerarse, legitimarse, cuidarse, pedir ayuda sin vergüenza y ofrecer ayuda sin invadir. La resiliencia, en el fondo, es aprender a vivir en esa casa con dignidad: ordenar lo que importa, tirar lo que estorba, abrir ventanas, asumir el desastre cuando llegue, que ha de llegar y, al día siguiente, levantarse otra vez.
Y hay algo decisivo: las personas mayores no sólo resisten; también ayudan. Ayudan con un consejo que no humilla, con una mirada que tranquiliza, con una presencia que no invade. Ayudan porque saben —por experiencia— que la vida no se supera en solitario. La resiliencia madura no es “yo puedo con todo”; es “yo puedo con esto… y contigo al lado, mejor”.
Diez claves de la resiliencia en mayores (prácticas y entrenables):
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Autoconcepto estable (sin rigidez): saber quién soy hoy, no sólo quién fui. Aceptándome y queríéndome...
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Quererse sin negociación: dejar de maltratarse por dentro; respeto propio incluso al fallar.
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Tolerarse: convivir con límites, manías, miedos y contradicciones sin dramatizar.
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Legitimarse: darse permiso para descansar, para decir no, para elegir, para cambiar de opinión.
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Aceptación superadora: aceptar no es rendirse; es dejar de pelear con lo inevitable para actuar sobre lo posible.
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Narrativa útil del pasado: no “me pasó esto”, sino “aprendí esto”; pasado como maestro, no como juez.
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Redes con propósito: vínculos que sostienen; menos cantidad, más reciprocidad y respeto.
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Rutinas protectoras: sueño, comida, movimiento, orden mínimo; estabilidad, no obsesión.
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Sentido y contribución: tener a quién y para qué; un proyecto pequeño basta para sostener la identidad.
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Buen humor: el humor no niega el dolor; lo domestica y reduce su poder de mando. Entrenar el optimismo
Cuidarse: cinco pautas (sin mística, con método)
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Cuerpo: caminar o moverse cada día, adaptado; el cuerpo regula la mente.
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Sueño: horarios, luz, pantallas; siesta corta, descanso con disciplina.
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Alimentación: regularidad y sencillez; comer para sostenerse, no para anestesiarse.
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Mente: “dieta informativa” y foco; lectura, escritura, respiración, silencio útil. Cabeza en orden, paz mental.
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Relación: una conversación significativa a la semana como mínimo; no sólo mensajes.
La madurez es precisamente eso: la capacidad de levantarse… y levantarse mejor. Hasta que un día, ya no te levantes. Y asumirlo, también, es Resiliencia de Mayores.