La vuelta al cole también es para los abuelos: ¿ayudar a la familia o trabajar gratis?

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Los abuelos vuelven un año más al cole Miia

En septiembre vuelven los niños al colegio, los padres al trabajo y miles de abuelos a una jornada que nunca firmaron: madrugar, preparar comidas, llevar y recoger nietos, acompañarlos a las extraescolares y cubrir cualquier imprevisto. Los llamamos abuelos, pero en demasiadas ocasiones funcionan como el verdadero sistema de conciliación de las familias españolas.

Septiembre tiene algunas imágenes que se repiten cada año. Las mochilas nuevas, los libros todavía sin estrenar, los niños medio dormidos entrando en el colegio y los padres haciendo auténticos ejercicios de ingeniería para conseguir que los horarios laborales encajen con los escolares. Y, en medio de todo ello, aparecen los abuelos.

Están por la mañana llevando a los niños al colegio, vuelven a aparecer a la hora de comer y, sobre todo, llenan las puertas de los centros escolares por la tarde. Después vendrá el trayecto hasta casa, la merienda, los deberes, el entrenamiento de fútbol, las clases de inglés o simplemente esperar hasta que los padres terminen de trabajar.

Nos hemos acostumbrado tanto a esta imagen que prácticamente hemos dejado de verla. Forma parte de la normalidad de miles de familias españolas.

Sin embargo, quizá deberíamos detenernos un momento ante ella, porque detrás de esa escena cotidiana se esconde una pregunta bastante más incómoda de lo que parece: ¿los abuelos están ayudando a sus hijos o hemos terminado convirtiéndolos, sin reconocerlo, en nuestro principal sistema de conciliación?

El ejército silencioso de la conciliación

Los datos permiten hacerse una idea de la magnitud del fenómeno. El 85% de los abuelos españoles cuida de sus nietos en algún momento, casi la mitad lo hace de manera habitual y aproximadamente tres de cada diez, todos los días.

Pero las estadísticas cuentan solamente una parte de la historia. Detrás de esos porcentajes hay millones de llamadas y mensajes que cualquier familia reconoce inmediatamente: “Papá, ¿puedes recoger hoy a los niños?”, “Mamá, mañana tengo una reunión, ¿puedes quedarte con ellos?”, “¿Les puedes dar de comer?”, “¿Puedes llevar a Marta a inglés?”. Y casi siempre aparece la misma respuesta: “Claro”.

Ahí reside precisamente una de las cosas más maravillosas de la relación entre abuelos y nietos. Un abuelo difícilmente lleva una contabilidad de las horas que dedica a sus nietos. No calcula cuánto cuesta prepararles la comida ni cuánto tiempo ha empleado esperando a la salida del colegio. Lo hace porque quiere a sus hijos y quiere todavía más, si cabe, a sus nietos.

El problema aparece cuando aquello que nace del cariño empieza a darse por supuesto. Cuando dejamos de preguntar “¿puedes?” porque estamos convencidos de que la respuesta será siempre afirmativa. Es entonces cuando una ayuda voluntaria puede convertirse silenciosamente en una obligación.

Cuando "echar una mano" son varias horas al día

Tenemos incluso una expresión estupenda para describir todo esto: decimos que los abuelos “echan una mano”.

La expresión transmite perfectamente la idea de una colaboración ocasional. Sin embargo, cuando un abuelo recoge a sus nietos varios días a la semana, les prepara la comida, los acompaña a las actividades extraescolares y se ocupa de ellos cuando están enfermos o no hay colegio, quizá ya no estamos hablando exactamente de echar una mano. Estamos hablando de una auténtica infraestructura familiar de cuidados.

Según los datos publicados sobre el papel de los abuelos en la vuelta al colegio, un 34% de los mayores de 55 años con nietos participa habitualmente en los desplazamientos escolares, un 45% recibe regularmente a sus nietos para comer en casa y un 33% se ocupa de ellos cuando sus padres no pueden atenderlos.

Hagamos por un momento un ejercicio imaginario. ¿Ǫué ocurriría si durante una sola semana los abuelos españoles decidieran colectivamente que no van a recoger niños del colegio, preparar comidas, cubrir reuniones de trabajo, acompañar a extraescolares o quedarse con los nietos cuando surge un imprevisto? Probablemente tendríamos un problema considerable. Y quizá entonces empezaríamos a comprender el enorme valor económico y social de algo que hemos reducido a una expresión tan sencilla como “echar una mano”.

Ser abuelo no debería significar estar siempre disponible

Conviene aclarar algo antes de continuar. Este no es un alegato para separar a los abuelos de sus nietos. Sería absurdo. Para muchísimas personas mayores, cuidar de ellos constituye una de las experiencias más gratificantes de esta etapa de la vida.

La cuestión es otra: ser abuelo no debería llevar incorporada la obligación de estar permanentemente disponible.

Una persona que se jubila después de cuarenta años trabajando también tiene derecho a decidir qué quiere hacer con su tiempo. Puede querer viajar, hacer deporte, estudiar, quedar con amigos, cuidar de su pareja, leer, aburrirse tranquilamente o recoger encantado a sus nietos todos los días.

Todas las opciones son igualmente legítimas.

Porque existe una diferencia enorme entre decir “quiero cuidar de mis nietos” y pensar “tengo que cuidar de mis nietos porque mis hijos no tienen ninguna otra alternativa”.

Y posiblemente ahí se encuentra la verdadera frontera que deberíamos aprender a respetar.

Los abuelos no solo cuidan: también educan

Reducir el papel de los abuelos a una cuestión de conciliación sería, además, profundamente injusto. Su aportación a la vida de los nietos puede ser muchísimo más importante que simplemente llevarlos o recogerlos del colegio.

Durante años hemos repetido medio en broma aquello de que “los padres educan y los abuelos consienten”. Es una frase simpática, pero cada vez estoy menos de acuerdo con ella.

Los abuelos también educan. Y lo hacen transmitiendo algo extraordinariamente difícil de encontrar en un libro de texto: experiencia vital.

Han vivido éxitos y fracasos, han perdido a personas importantes, han atravesado dificultades económicas, se han enamorado, se han equivocado, han tenido que empezar de nuevo y han descubierto, después de muchas décadas, que algunos problemas que parecían enormes terminaron siendo simplemente eso: problemas pasajeros.

En una generación de niños y adolescentes sometidos a las pantallas, las redes sociales, la inmediatez, la sobreestimulación y la comparación permanente, quizá pasar una tarde conversando con alguien que lleva setenta años viviendo sea una actividad extraescolar bastante más interesante de lo que pensamos.

 

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Porque los abuelos transmiten memoria familiar, pero también paciencia, esfuerzo, tolerancia a la frustración y perspectiva.

Y hay algo más. La cercanía cotidiana convierte a muchos abuelos en observadores privilegiados de sus nietos. El abuelo que recoge habitualmente a un niño sabe perfectamente con qué cara sale del colegio. Percibe cuándo lleva varios días más callado, cuándo deja de hablar de determinado compañero, cuándo está especialmente triste o cuándo comienza a poner excusas para no ir a clase.

Hay conversaciones que un adolescente quizá nunca tendrá con sus padres y sí tendrá con su abuelo. Hay problemas que contará antes a su abuela que a su madre. Y hay silencios que probablemente solo detectará alguien que dispone de algo que nuestra sociedad empieza a considerar un lujo: tiempo para escuchar.

Por eso deberíamos empezar a contemplar a los abuelos no solamente como cuidadores, sino también como referentes educativos y emocionales.

El problema tampoco son los padres

Llegados a este punto sería muy fácil señalar a los padres y acusarlos de aprovecharse de sus propios padres. Creo que sería tremendamente injusto.

La inmensa mayoría no organiza su vida pensando en cómo trasladar sus responsabilidades a los abuelos. Simplemente intenta sobrevivir a una ecuación que demasiadas veces resulta imposible.

Los horarios laborales continúan siendo difíciles de compatibilizar con los escolares, las vacaciones de los niños son muchísimo más largas que las de sus padres, determinados servicios de cuidado tienen un coste elevado y la flexibilidad laboral sigue siendo más una declaración de intenciones que una realidad en muchas empresas.

El último módulo del INE sobre conciliación ofrece un dato revelador: solamente el 18,2% de las personas con hijos menores de 15 años utiliza habitualmente servicios profesionales para atenderlos.

Mientras tanto, las familias hacen ingeniería con sus agendas. Uno entra antes al trabajo, otro sale después, alguien teletrabaja cuando puede, se reparten vacaciones y días libres y, cuando finalmente la ecuación deja de cuadrar, aparece el recurso más flexible, cercano, fiable y económico que conocemos: los abuelos.

Y quizá ahí reside el verdadero problema. Porque hemos terminado convirtiendo la solidaridad entre generaciones en una política de conciliación. Y no son lo mismo.

Este septiembre, miremos de otra manera las puertas de los colegios

Dentro de unos días volveremos a contemplar la misma escena. A las nueve de la mañana y a las cinco de la tarde habrá miles de abuelos llevando mochilas mientras sus nietos corren delante de ellos. Habrá abuelas esperando pacientemente en las puertas de los colegios y niños que saldrán buscando entre decenas de personas una cara conocida.

Es una imagen preciosa y deberíamos procurar que continúe siéndolo.

 

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Porque los abuelos tienen muchísimo que aportar a la educación de sus nietos. Ǫue les cuenten cómo era el mundo antes de Internet, que les enseñen que las cosas importantes necesitan tiempo, que les transmitan valores, les escuchen, les acompañen y que también les consientan un poco. Para eso son abuelos.

Pero procuremos no convertir ese extraordinario patrimonio familiar en la mano de obra gratuita que sostiene nuestras carencias de conciliación.

Ǫuizá este septiembre, cuando veamos nuevamente las puertas de los colegios llenas de abuelos, deberíamos hacernos una pregunta: ¿qué ocurriría en España si mañana decidieran dejar de estar siempre disponibles?

Seguramente descubriríamos de golpe hasta qué punto dependemos de ellos. Y quizá comprenderíamos también que una cosa es disfrutar cuidando de los nietos y otra muy diferente sentir que no existe la posibilidad de decir que no. 

Porque nuestros mayores ya criaron una vez a sus hijos. No deberíamos dar por hecho que ahora les corresponde criarlos por segunda vez.