Las olas de calor disparan hasta un 85% las muertes de mayores
HelpAge publica una guía para protegerse frente a las altas temperaturas
Las olas de calor se han convertido en uno de los mayores retos de salud pública, protección social y gestión comunitaria de nuestro tiempo.
Y es que la mortalidad relacionada con las altas temperaturas en personas mayores de 65 años ha experimentado un aumento del 85% entre los periodos 2000-2004 y 2017-2021.
Tan solo en el verano de 2022, un estudio de Nature Medicine estimó más de 11.324 muertes asociadas al calor en España, situando a nuestro país como uno de los más golpeados de toda Europa.
Y si se amplia el foco, el sistema de vigilancia MoMo del Instituto de Salud Carlos III revela que en España se han producido más de 47.000 muertes en exceso asociadas al calor entre el año 2000 y 2022.
Ante una amenaza que cada verano se cobra miles de vidas, la Fundación HelpAge International España ha presentado este jueves en Madrid la guía Olas de calor y personas mayores. Guía práctica para Administraciones y Centros Residenciales, un documento financiado por el Imserso, que exige pasar urgentemente de las recomendaciones generales a la acción preventiva directa.

"Las olas de calor matan"
El texto ha sido elaborado por el epidemiólogo y exdirectivo de la Organización Mundial de la Salud, Daniel López Acuña, quien, durante la presentación, ha sido tajante: "Las olas de calor matan".
El experto ha advertido de que se subestiman sistemáticamente los fallecimientos, ya que muchos de estos decesos no se registran oficialmente como "golpe de calor", sino que se cuentan como el agravamiento fatal de patologías cardiovasculares, respiratorias o renales preexistentes.
Por su parte, Alberto Infante, secretario de HelpAge España, también presente en la presentación, junto al técnico estudios del Imserso, Rubén Herranz, ha criticado la inacción frente a estos fenómenos climáticos, subrayando que son cada vez más frecuentes, largos e intensos y se ensañan con los más vulnerables.

El "triple riesgo convergente"
Durante la presentación de la guía, López Acuña ha definido que España está ante un "triple riesgo convergente": se combinan, de forma letal, el cambio climático, el envejecimiento demográfico –en las próximas décadas, el 30% de la población tendrá más de 65 años– y una urbanización creciente y deficiente.
Sobre este último punto, ha detallado que las ciudades del interior, como Madrid, Zaragoza, Sevilla o Córdoba, sufren el temido efecto de "isla de calor".
En particular, la alta densidad de edificación, el asfalto, que retiene las temperaturas, y la falta de zonas verdes pueden hacer que el centro de una ciudad registre entre 5 y 7 grados más que su entorno rural.
Y esto convierte a los bloques de pisos en auténticos hornos, afectando especialmente y, de manera dramática, a las personas mayores con movilidad reducida, que residen en viviendas mal aisladas térmicamente o en pisos altos al sur, sin acceso a aire acondicionado.
"La planificación urbana deja mucho que desear", ha lamentado el exdirectivo de la OMS.
El perfil de máximo riesgo
Uno de los temas abordados en la guía y durante su presentación ha sido el definir cuál es el perfil de persona de máximo riesgo ante el calor: responde al de una mujer mayor de más de 75 años, que vive sola, padece enfermedades crónicas, está polimedicada y reside en una vivienda sin climatización adecuada.
En concreto, se detalla en la guía, el envejecimiento altera la termorregulación del cuerpo: las personas mayores sudan hasta un 30% menos y sufren "hipodipsia", es decir, pérdida de la sensación de sed. Esto significa que pueden deshidratarse gravemente sin llegar a sentir la necesidad de beber. Además, su menor reserva cardiovascular hace que el corazón sufra un enorme estrés al intentar bombear sangre hacia la piel para disipar el calor.
Y si a esto se le suma la polimedicación, el riesgo se multiplica. Muchos fármacos interfieren con la respuesta natural al calor, como los diuréticos –que aceleran la deshidratación– o los betabloqueantes y antihipertensivos –que alteran la disipación del calor y reducen la frecuencia cardíaca–. Por ello, el documento propone que médicos y farmacéuticos revisen y ajusten temporalmente las medicaciones de los pacientes de mayor riesgo durante los episodios de altas temperaturas.
Pero la fisiología no lo explica todo. Los factores sociales, como la soledad no deseada y la pobreza energética, son tan letales como la temperatura: el aislamiento impide que nadie detecte los primeros síntomas de un golpe de calor –confusión mental, mareos o ausencia de sudoración–, retrasando una llamada al 112 que podría salvar una vida.

La protección proactiva
Por todo ello, la nueva guía de HelpAge exige una implicación total de las administraciones. "No vale con decir que cuando venga el calor sacaremos un anuncio con cómo hidratarse", ha comentado López Acuña, que ha pedido adelantarse a estos episodios.
Así, una de las propuestas para los ayuntamientos y servicios sociales planteada durante la presentación es usar registros de personas en situación de vulnerabilidad, con el objetivo de saber exactamente dónde viven para, en cuanto se active una alerta meteorológica, poner en marcha un seguimiento proactivo mediante llamadas telefónicas (teleasistencia) o visitas a domicilio.
Además, se propone la creación de una verdadera red de "refugios climáticos", claramente señalizados, con horarios ampliados durante las olas de calor, plenamente accesibles y con agua y zonas de descanso.
El blindaje de las residencias
En la guía también se aborda cómo debería ser la protección de las residencias de mayores y centros de día. Y es que, al concentrar a la población más frágil, pueden ser una trampa mortal, si no están bien gestionados.
El documento marca protocolos para estos centros. Entre las medidas obligatorias destacan:
- Identificar y habilitar "salas frescas de referencia" en todos los edificios.
- Mantener una climatización estricta en zonas comunes y dormitorios de entre 24°C y 26°C.
- Implementar un protocolo de "hidratación activa", en el que el personal debe ofrecer líquidos (o gelatinas para aquellos con problemas de deglución) cada 1 o 2 horas de manera obligatoria, llevando un registro exhaustivo de lo que bebe cada residente.
- Utilizar diagramas de flujo visuales en las zonas de trabajo para que cualquier empleado sepa exactamente cómo actuar, a quién avisar y cuándo llamar al 112 ante el menor síntoma de estrés térmico.
- Intensificar la supervisión clínica escalonada, tomando constantes vitales cada 2 o 4 horas a los residentes de alto riesgo.
Finalmente, otra de las realidades tratadas en la guía es que el peligro no acaba cuando el termómetro baja: la mortalidad por calor tiene un efecto diferido y muchos de los fallecimientos se producen en los días posteriores al pico de la ola, cuando el daño acumulado en los órganos del mayor supera su capacidad de recuperación. Por esta razón, la vigilancia sociosanitaria debe mantenerse activa mucho después de que finalicen las alertas meteorológicas.
"Las olas de calor ya no pueden abordarse únicamente como un fenómeno meteorológico estacional, sino como un desafío estructural de salud pública y protección social", señala el documento.
