Teresa Samper, sobre el polémico informe de menopausia: "Hay que incorporar perspectiva de género"
Es miembro de la junta directiva de la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas (AMIT)
Un informe de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN), organismo adscrito al Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030, sobre los riesgos nutricionales durante la menopausia ha generado una fuerte indignación al incluir pautas de ingesta de hierro y vitamina C, basadas en estudios realizados en hombres.
La polémica ha llevado incluso a la ministra de Igualdad, Ana Redondo, a pedir la revisión del documento y a la AESAN a afirmar a varios medios que tiene previsto publicar una nota aclaratoria.
65YMÁS ha conversado con Teresa Samper, miembro de la junta directiva de la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas (AMIT) –organización que denunció este sesgo– y socióloga de la salud, para conocer si se trata de una práctica común y qué se podría hacer para que algo así no vuelva a ocurrir.
P.- ¿Qué implicaciones tiene que se hagan recomendaciones basadas en estudios que no se han hecho sólo en la población afectada?
R.- La principal implicación es que podemos atribuir a una población específica un conocimiento que en realidad no tenemos. Pero, sobre todo, pone de manifiesto la persistente falta de investigación específica sobre la salud de las mujeres, cuestión muy relevante ya que en la medicina ha sido habitual utilizar datos de estudios sobre hombres para definir la salud de las mujeres.
En concreto, en el informe de AESAN nos encontramos con un documento dedicado a los riesgos nutricionales durante la perimenopausia, menopausia y posmenopausia que afecta principalmente a mujeres mayores de 40 años y que presenta determinados valores de referencia que proceden de población adulta general y, en algunos casos, de estudios realizados exclusivamente en hombres.
El problema histórico es que durante mucho tiempo determinadas poblaciones –y de manera muy significativa las mujeres– han estado infrarrepresentadas en la investigación biomédica, lo que hizo que se aplicaran a esas poblaciones conocimientos obtenidos en otras.
P.- ¿Son comunes estas extrapolaciones?
R.- La extrapolación es una práctica habitual y muchas veces necesaria en ciencia. El problema no es la extrapolación en sí misma, sino no hacer suficientemente visible que estamos extrapolando y desde qué poblaciones.
La investigación con perspectiva de género lleva décadas mostrando precisamente este problema. Buena parte del conocimiento biomédico que durante mucho tiempo se presentó como universal procedía de investigaciones en las que las mujeres estaban ausentes o insuficientemente representadas. Posteriormente, esos resultados se aplicaban también a ellas. Por eso incorporar la perspectiva de género no consiste simplemente en realizar informes específicos sobre ellas, supone revisar críticamente cómo se ha producido el conocimiento: quién ha sido estudiado, quién no, si existen diferencias relevantes en el sistema sexo-género y qué grado de certeza tenemos cuando trasladamos resultados de unas poblaciones a otras.

El caso de la menopausia resulta especialmente significativo. Estamos hablando de una etapa que atraviesa aproximadamente la mitad de la población y, sin embargo, seguimos encontrando importantes lagunas de conocimiento específico. Que necesitemos recurrir a datos extrapolados no debería llevarnos a ocultar esa carencia, sino precisamente a hacerla visible.
En fin, que un informe trate sobre mujeres no significa necesariamente que haya incorporado la perspectiva de género en la producción y evaluación de la evidencia.
P.- ¿Qué se podría hacer para corregir estos sesgos?
R.- Quizás habría que actuar en dos niveles. El primero es incorporar realmente la perspectiva de género desde el diseño de la investigación. Eso implica producir evidencia específica cuando existen razones biológicas, sociales o relacionadas con el ciclo vital que hacen necesario preguntarse si los resultados pueden ser diferentes. Necesitamos más investigación sobre mujeres y, en este caso concreto, sobre las necesidades nutricionales durante la perimenopausia, menopausia y posmenopausia.
Pero existe un segundo nivel igualmente importante. Mientras esa evidencia no esté disponible, las instituciones científicas deben comunicar con transparencia qué sabemos, sobre quién lo sabemos y qué estamos extrapolando. Esto también forma parte de una adecuada gobernanza de la incertidumbre científica, no solo comunicar lo que sabemos, sino hacer igualmente visibles los límites de ese conocimiento. Y esta es una de las grandes aportaciones de la perspectiva de género a la ciencia pues al mirar hacia las mujeres descubrimos sesgos y supuestos que parecían universales y que muchas veces no lo eran. De ahí que incorporar la perspectiva de género no es rebajar las exigencias de la ciencia ni añadir una consideración externa a ella, sino que es mejorar su calidad metodológica, en tanto que nos preguntamos con mayor precisión a quién representan nuestros datos, hasta dónde podemos generalizarlos y qué incertidumbre debemos reconocer cuando los aplicamos a poblaciones diferentes.

