Cultura

¿Conoces estas cuatro leyendas de Toledo?

Carlos Losada

Foto: Bigstock

Sábado 16 de noviembre de 2019

4 minutos

Muchas son las historias míticas que han sucedido en la ciudad imperial y estas son las más famosas

Toledo vista desde la Ermita del Valle

La grandeza de Toledo no solo se puede medir por la belleza de sus calles o el sabor de sus tradiciones, sino que solo hemos de sumergirnos en su historia para comprobar que estamos ante una ciudad única. Muchos son los asuntos que se han despachado en la capital castellano-manchega y numerosas las leyendas que han llegado hasta nuestros días.

Estos emocionantes relatos que mezclan realidad, ficción e incluso magia han calado entre los toledanos, que presumen de ello como un tesoro más de su ya amplio patrimonio. Mencionar todas es casi imposible, así que nos quedaremos con las siguientes.

Toledo

El Pozo Amargo

En la calle que lleva su nombre se encuentra el famoso Pozo Amargo, llamado así por los sucesos que al parecer acaecieron allí en plena Edad Media. Cuenta la leyenda que el cristiano Fernando y la judía Raquel cayeron rendidos en los brazos de Cupido. Sin embargo, sus diferencias religiosas impedían que ese amor pudiera llegar a buen puerto, de modo que se encontraban a escondidas junto a un pozo. Allí estaban seguros pues era una zona poco transitada. Pero estaban equivocados, el padre de Raquel fue testigo de uno de esos encuentros y entró en cólera. Ni corto ni perezoso sorprendió a los enamorados y clavó un puñal en la espalda de Fernando, que muerto cayó al pozo.

Aquel suceso destrozó a su amada, que cada noche iba a llorar a su antiguo amor. Y se dice que tantas fueron las lágrimas que brotaron de sus ojos y cayeron al pozo que el agua se tornó amarga. De hecho, tal fue la pena que una noche, creyendo escuchar a su amado desde el fondo, Raquel se dejó caer, perdiendo también su vida.

Florinda la Cava

Esta leyenda cuenta el porqué de la invasión árabe a la Península Ibérica, aunque, como es evidente, las razones fueran otras de índole militar, religioso y político. El caso es que Florinda era hija del Conde Don Julián, que decidió enviarla a Toledo para que recibiera una buena educación.

Una vez allí, a la muchacha, que destacaba por su gran hermosura, se le ocurrió bañarse a orillas del río Tajo junto a otras doncellas, con la (mala) suerte de que rey Rodrigo, a la postre último monarca visigodo, la vio. Enaltecido por la pasión, Rodrigo decidió que debía poseer a Florinda y, claro está, la joven no pudo negarse (hay fuentes que hablan de que ella le sedujo y otras de que fue violada). Este hecho llegó al conocimiento de su padre, que ante tal afrenta, decidió vengar el deshonor de Florinda ayudando a los musulmanes a cruzar el Estrecho de Gibraltar para enfrentarse a las tropas de Rodrigo.

Puente de la Cava en Toledo

El desenlace fue la derrota visigoda en Guadalete y la invasión de los territorios cristianos. Cabe añadir que la leyenda se hizo popular y que Florinda fue conocida como la Cava, que en árabe significa “mala mujer” o incluso “prostituta”.

El Cristo de la Calavera

Esta leyenda también hace referencia a asuntos amatorios. Y es que no hay mejores argumentos que los relacionados con el corazón. En esta ocasión, el de dos caballeros toledanos llamados Lope y Alonso enamorados de la misma dama: doña Inés.

Tal y como se hizo eco Gustavo Adolfo Bécquer en sus Leyendas, cuando a la dama se le cayó un guante, ambos pretendientes corrieron prestos a recogerlo. Lope y Alonso lo agarraron cada uno por un lado y se negaron a soltarlo. El amor de Inés así lo merecía. Entonces, el rey intervino y se lo devolvió a la dama. Sin embargo, los caballeros no quedaron conformes y se citaron para batirse en duelo.

Buscaron el lugar adecuado, en una calle cercana a la Plaza de Zocodover y desenvainaron sus aceros. Pero quedaron sorprendidos cuando en el momento en que chocaban sus espadas, la luz del candil se apagaba… para volverse a encender poco después. Así ocurrió varias veces y entonces comprendieron que se trataba de una señal de Dios para frenar el duelo. Volviendo juntos pasaron junto al balcón de Inés y se encontraron a un hombre descolgándose a escondidas desde el mismo después de dedicarse algunas carantoñas. la dama estaba con otro y entonces empezaron a reír a carcajadas.

Al día siguiente, cuando partían hacia la batalla, Inés esperaba ver quién de los dos había ganado, pero se encontró a Lope y Alonso cabalgando juntos y soltando una nueva carcajada al pasar a su lado.

La casa del diamantista

La cuarta leyenda nos lleva a orillas del río tajo, a una casa habitada en el siglo XIX por un famoso orfebre llamado José Navarro. Era tal su fama que Doña María Cristina de Nápoles, madre de la futura reina Isabel II le encargó que realizara la más bella corona real para su hija.

Casa del Diamantista en Toledo

Debía estar preparada para el día de coronación, pero al orfebre no se le ocurría ningún diseño sobresaliente. No estaba satisfecho con sus ideas y el tiempo se le echaba encima. Un día, agotado por el cansancio, se quedó dormido en su estudio y al despertar se encontró con el boceto de una preciosa corona.

¿Cómo había ocurrido aquello? Ante la belleza de la misma, se puso a crearla, tallando piedras preciosas y moldeando sus formas. El día se acercaba y no paraba de trabajar. Tanto era así que cada noche caía rendido y se dormía en su taller y al despertar se encontraba con la labor acabada. Así que un día decidió fingir que dormía y cuál fue su sorpresa cuando presenció cómo pequeños duendes ataviados de ropajes con múltiples colores salían del río y se ponían a trabajar en la corona. A la mañana siguiente, la corona estuvo terminada y no hubo ninguna más bella.

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