Matilde Cañelles (CSIC): "Hemos conseguido vivir más años, pero no siempre con calidad"
La investigadora estudia cómo los mayores afrontan la cronicidad y reclama un enfoque más humano
En el último siglo, se ha producido una verdadera revolución de la longevidad. Gracias a los avances médicos y a la mejora de las condiciones de vida, la esperanza de vida no ha parado de aumentar, situándose, en España, en los 84 años en 2024.
Ahora bien, aunque las personas viven más, eso no significa que lo hagan siempre en las mejores condiciones. En muchos casos, los mayores envejecen arrastrando una o varias enfermedades.
Ante esta realidad, la investigadora del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), Matilde Cañelles, trata de construir un "puente" que conecte la investigación biomédica con la experiencia humana del paciente crónico.
En concreto, explica la científica, tras más de 20 años dedicada a la inmunología, decidió trasladarse al Instituto de Filosofía del CSIC, donde trabaja sobre estos temas.
"Es muy raro encontrar a alguien de más de 65 años que no tenga una enfermedad crónica", señala, refiriéndose a dolencias como la diabetes, los problemas cardiovasculares, el cáncer o las demencias.
El reto ahora, añade, es ampliar la visión que se tiene sobre la cronicidad, cuestionando el enfoque tradicional que, a menudo, se centra principalmente en que la persona no fallezca, dejando de lado el 'mientras tanto'.
Por ejemplo, detalla, en el caso del cáncer, históricamente, la búsqueda de la supervivencia ha llevado a la aplicación de tratamientos "gravosos" para el paciente, como quimioterapias hiperagresivas o mutilaciones que, aunque bien intencionadas en su afán de erradicar la enfermedad de raíz, no siempre han tenido en cuenta el impacto en la vida diaria de la persona y de quienes la rodean.

Atención centrada en la persona
Por ello, propone un enfoque de "atención centrada en la persona" que permita que la medicina se adapte a lo que el individuo espera de sus últimos años.
Así, en el ámbito de la oncología, se analiza, por ejemplo, cómo la diversificación de tratamientos, como la inmunoterapia o las terapias hormonales más suaves, ofrecen opciones que antes no existían y abren un espacio de libertad: un paciente podría preferir un itinerario menos agresivo que le garantice calidad de vida, aun asumiendo una cierta probabilidad de recurrencia, frente a una intervención radical que lo deje inutilizado.
Y esta humanización no sólo se puede aplicar a patologías como el cáncer –ya se hace de facto en muchos casos–, también es extrapolable a enfermedades como el alzhéimer. En ese sentido, indica, están realizando una colaboración directa en un proyecto destinado a desarrollar compuestos para restaurar la actividad de las sinapsis cerebrales, analizando el impacto social de la futura medicación: desde cómo afectará a la experiencia personal hasta la gestión de los consentimientos informados en pacientes que van perdiendo su identidad.
Además, se estudia el valor preventivo de estos compuestos. Si se demuestra que el daño neuronal ocurre antes de los síntomas, los fármacos podrían usarse de modo preventivo en personas con alta predisposición genética, siempre que sus efectos secundarios sean mínimos, lo que abre también otros dilemas, prosigue la científica, como el derecho a saber o no saber: para muchas personas conocer su riesgo genético puede producir estrés.

El fin de las metáforas bélicas
Otro de los aspectos que estudian es el proceso mental que sigue a un diagnóstico. Cañelles advierte que una enfermedad crónica cambia la identidad del sujeto y que el empeño de algunos pacientes por seguir con el "mismo chip" y hacer vida normal puede ser perjudicial.
La edad juega aquí un papel crucial. Por ello, la comunicación médica debe ser flexible y huir del uso indiscriminado de metáforas bélicas (como "luchar" contra la enfermedad): si bien a un joven pueden motivarle esta fórmula, a una persona de 70 años podría abrumarla. "No se deben establecer pautas autoritarias. Se debe hablar de la manera que más vaya a ayudar al paciente a superar la enfermedad o convivir con ella", defiende la experta.
Las ciencias sociales y la medicina deben ir de la mano
Finalmente, Cañelles hace un llamamiento a corregir el "desacople" que existe actualmente entre la investigación sociológica y la práctica médica. Y es que, afirma, la medicina sigue siendo un ámbito conservador donde las buenas praxis a menudo dependen más del buen hacer individual del profesional que de una formación reglada.
Por esta razón, opina, la solución pasa por la universidad, por integrar asignaturas de filosofía de la medicina en la carrera, para que los futuros facultativos salgan con herramientas conceptuales que faciliten la comunicación eficiente con el paciente.
Actualmente, su investigación incluye una colaboración práctica en un hospital para aplicar estas teorías en entornos reales. Sin embargo, el camino no es sencillo, reconoce. En la Europa continental y en España todavía existe una cierta rigidez ante estos cambios, y a menudo se va a remolque de países como Estados Unidos, Canadá o Reino Unido, donde estos enfoques están más integrados.
Y recuerda: no se busca sustituir a la biomedicina, sino dotarla de una brújula humana, puesto que comprender estos conceptos "ayuda mucho a la hora de comunicarte con el paciente" y, en última instancia, a afrontar el reto de la cronicidad con dignidad y autonomía.
