Las alertas del Informe PISA y lo que podemos hacer los mayores
Recientemente hemos conocido los resultados del Informe PISA en España. PISA es el acrónimo de Informe del Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes. Se trata de un estudio internacional llevado a cabo por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) que mide el rendimiento académico de estudiantes de 15 años en matemáticas, ciencias y lectura. Su objetivo es proporcionar datos comparables que permitan a los países analizar sus sistemas educativos, orientar políticas públicas y mejorar sus resultados educativos. Los resultados señalan un descenso generalizado en el rendimiento en lectura y matemáticas de los estudiantes de 15 años en todo el planeta. Pero, los resultados obtenidos por los estudiantes españoles son especialmente dramáticos.
Los alumnos españoles de 15 años han obtenido su peor resultado de la historia del Informe PISA de la OCDE en lectura, matemáticas y ciencias en la edición de 2025, que evalúa a los estudiantes que se han formado con el currículo de la LOMLOE, la ley de educación aprobada por el Gobierno de Pedro Sánchez a finales del año 2020.
Según los resultados del último Informe PISA, los alumnos españoles están medio año escolar por detrás de la media de la OCDE en lectura. En concreto, el estudio revela que España ha sacado 451 puntos en lectura, lo que supone 10 puntos menos que su anterior peor resultado histórico, que fue en el año 2006 con 461 puntos y 23 puntos menos que en 2022, cuando obtuvo 474 puntos.
Hasta aquí la noticia, y ahora se nos plantean las preguntas: ¿cuáles son las causas de estos pésimos resultados?
Según los “expertos”, existen varias causas. Así, el neurocientífico y educador estadounidense Jared Cooney Horvath afirma que el empeoramiento de los resultados se debe a que las escuelas dejaron de usar libros de texto y cuadernos para empezar a usar tabletas y otras pantallas en las aulas.
El propio informe advierte sobre el impacto del consumo excesivo de pantallas, la hiperconectividad y la consecuente reducción de la capacidad de atención prolongada.
La menor capacidad de prestar atención redunda en una menor habilidad para la lectura y la comprensión de información escrita, lo que repercute negativamente en el resto de áreas. Me detendré brevemente en este punto: la menor capacidad para prestar atención. La psiquiatría, mal denominada biológica, ha acuñado un término: el trastorno por déficit de atención e hiperactividad.
Este término fue utilizado por primera vez en 1980, con la publicación de la tercera edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-III). La APA (Asociación Americana de Psiquiatría) lo definió así: “El niño presenta signos de falta de atención, impulsividad e hiperactividad, con relación a su grado de desarrollo. Los signos pueden ser referidos por los adultos que rodean al niño (padres y profesores). Cuando los datos administrados por los padres y profesores son contradictorios, hay que conceder crédito a estos últimos dada la mayor familiaridad de los profesores con las normas apropiadas para cada edad”.
Esto último resulta clave: los niños pueden no mostrar síntomas en el entorno familiar y sí mostrarlos en el entorno escolar. De hecho, muchos niños o adolescentes que llegan a las consultas de psicología y psiquiatría lo son a partir de observaciones realizadas en las aulas. Sin embargo, muchos de estos jovencitos no muestran ningún tipo de déficit atencional cuando se sientan frente a una pantalla. Allí pueden permaneces horas sin moverse, muy atentos a lo que están visualizando.
Ello nos lleva a otra pregunta: ¿qué es lo que sucede en la mente de estos escolares cuando se “enfrentan” a una tarea escolar, cuando han de leer un texto, resolver un problema de matemáticas o, sencillamente, escuchar a la maestra?
Cuando estos niños y adolescentes llegan a las consultas de salud mental afirman que leer un libro es “muy aburrido” o que “no les sirve para nada”. Y si tienen alguna duda acuden al profesor Google o, más recientemente, a la IA. Michel Desmurget, doctor en neurociencia y director de investigación en el Instituto Nacional de la Salud y la Investigación Médica de Francia, escribe en su libro Mas libros y menos pantallas, publicado en el año 2024, que el problema de la lectura se resume en una palabra: apetencia. Y se pregunta cómo cultivar en los niños el amor por los libros. Él mismo responde: ese amor no es en absoluto innato. Se inculca y se transmite lentamente. Para los padres es un legado que transmitir; para los hijos, un derecho a recibir, una herencia.
Pienso, y en esto creo que muchos de los especialistas en el tema estarán de acuerdo, que una de las claves para revertir los pésimos resultados de las pruebas PISA a nivel mundial y, especialmente, en España, se halla en fomentar la lectura, tanto en casa como en la escuela. Más libros y menos pantallas, parafraseando a Desmurget. Quienes estudiamos en los colegios de los años sesenta recordaremos que nos hacían leer textos clásicos, empezando por La IIíada y La Odisea, pasando por las Novelas ejemplares de Miguel de Cervantes y acabando en Pío Baroja o Armando Palacio Valdés. Algunos, incluso, nos aprendimos de memoria fragmentos de La vida es sueño, de Calderón de la Barca, o La canción del pirata, de Espronceda, Aprendimos, nosotros, a quienes se nos considera viejos, a amar la lectura, a comentar los textos, a tener eso que se conoce como comprensión lectora. Gracias a aquel ejercicio literario aprendimos a entender los enunciados de los problemas de matemáticas. No estoy haciendo una apología de la enseñanza en una época gris y dramática de nuestra posguerra, pero hemos de ser honestos y reconocer la labor que algunos, bastantes maestros y maestras de entonces, realizaron con nosotros. Nos enseñaron a amar los libros, los textos, la lectura.
Y ese es uno de los legados que podemos dejar a las generaciones más jóvenes. Los abuelos y bisabuelos podemos transmitir el amor a los libros. Podemos ayudar a nuestros nietos y biznietos en la comprensión de los textos. Y, sí, ellos nos pueden ayudar a nosotros cuando nos sentamos frente a las pantallas. Esa colaboración entre generaciones puede ayudar a revertir el grave problema de la enseñanza en España.
