Una pregunta sobre la felicidad
Este pasado domingo, día 30 de agosto, 65YMAS publicaba una interesante entrevista a la conocida psiquiatra Marian Rojas. En la cabecera del artículo, firmado por la periodista Marta Jurado, figura la siguiente declaración de la Dra. Rojas: “No estamos diseñados para ser felices, sino para sobrevivir”. Y añade, unas líneas más abajo, que hay una presión contemporánea por alcanzar un estado de plenitud constante, una obsesión por ser felices; sin embargo, estamos diseñados para la supervivencia. Finalmente, una receta: para contrarrestar el estado de alerta permanente al que estamos sometidos debemos potenciar los afectos y los vínculos personales.
Ciertamente, vivimos una época en la que se nos insta, de manera insistente, a ser felices, es más, parece que todo aquel o aquella que se consideran infelices son claros candidatos a acudir a la consulta del profesional “psi” (psiquiatra, psicólogo, psicoanalista, especialista en bienestar emocional, etc.). Es así como la angustia y la tristeza han pasado a tener mala prensa, a patologizarse, a combatirse con psicofármacos. Vivimos, como señala Gilles Lipovetsky, en el “capitalismo de seducción”, es decir, en un mundo cotidiano dominado por los signos de la diversión y la negación de lo trágico. Ya no se trata de una cultura del sentido del deber, sino de la evasión, del ocio, del derecho a la despreocupación. Es la cultura del entretenimiento generalizado.
Es una cultura que ofrece recreo constante, que difunde imágenes y música sin fin, que aborda todos los temas bajo el signo de la diversión, que lo transforma todo en negocio-espectáculo. La vida se rige, aquí y ahora, por el principio de la ligereza. Una ligereza que está reñida con la privación: “¿Por qué privarte de algo si puedes tenerlo todo?”, se pregunta en un conocido anuncio publicitario. Tenerlo todo, ser feliz en todo momento, y si no le resulta posible, ya sabe, tiene el recurso de la píldora de la felicidad. No es casual el aumento progresivo del consumo de psicofármacos y analgésicos en nuestra sociedad. Parece que cada vez soportamos menos el dolor, sea físico o mental, y cuando no lo podemos evitar nos sentimos desgraciados y nos preguntamos por qué nos ha tocado a nosotros. Por el contrario, no solemos preguntarnos sobre nuestra parte de responsabilidad. Y ello se relaciona con una pregunta: ¿realmente queremos ser felices?
Y es que, aunque se nos insta a vivir inmersos en la ligereza, en la despreocupación, en el no privarnos de nada, en hacer realidad nuestros sueños y nuestras fantasías, la realidad del día a día nos confronta con un fenómeno que cuestiona esos ideales: la fascinación que ejerce el mal en nosotros. El psicoanalista Gustavo Dessal, al que me he referido en ocasiones anteriores, ha escrito que “nada se interpone más en el camino de nuestros propósitos que esa misteriosa tendencia que nos empuja al fracaso, a repetir el error, a recrearnos una y otra vez en aquello que es fuente de malestar y perjuicio. Se trata de una fuerza silenciosa, desconocida y oscura que nos inclina a buscar en el dolor, el sufrimiento, en suma, en el mal, una misteriosa y extraviada satisfacción”.
En efecto, la clínica mental confirma de manera recurrente esa tendencia a repetir experiencias desagradables, a tomar decisiones fatales, a no aprender de los errores, a pedir consejos para, posteriormente, no seguirlos, a acudir al médico y no seguir sus indicaciones. En las consultas de los centros de salud mental se escucha, con frecuencia, que, después de haber sufrido una serie de acontecimientos desdichados, una persona se cree víctima de la fatalidad, cuando, en realidad, es ella quien, con total inocencia, provoca repetitivamente sus desgracias sucesivas. Esta persona ignora que, con cada golpe de la mala suerte, ella vuelve a representar de manera compulsiva una antigua fantasía de su historia infantil que adquiere la forma de un fracaso. Es la constatación de que aquello que nos continúa siendo desconocido, siempre retorna.
Para finalizar, vivimos en tiempos de la felicidad, de la ligereza, de la banalización de los horrores que vemos por televisión, cómodamente sentados y tomando unas copas, pero ello no nos libra de esa fuerza misteriosa que nos empuja al sufrimiento. Sin embargo, nos queda la opción de analizar cuáles son las fuentes de esa fuerza, ponerlas al descubierto y ganar, así, un mayor grado de libertad.
