Incendios: ¿qué podemos hacer nosotros?
Escribo este artículo a las 19 horas del domingo, día 26 de julio. Consulto la última información sobre los incendios que asolan España. Leo que el incendio declarado en Burgohondo (Ávila) ha quemado ya unas 50.000 hectáreas, una cifra que convierte este fuego en el mayor de la historia de España desde que se tienen registros, al superar el ocurrido en Larouco, Quiroga y Oencia (entre Ourense, Lugo y León) en agosto de 2025, que quemó 37.765 hectáreas, mientras que el de La Mierla (Guadalajara) había escalado hasta la segunda posición, con unas 32.000 hectáreas afectadas. Además, después de cuatro días, los grandes focos de Madrid, Ávila y Toledo ya han calcinado en conjunto unas 77.000 hectáreas, abarcando un perímetro "extenso y muy discontinuo", superior a los 280 kilómetros. Por el momento, el fuego continúa activo y sin estabilizar, según ha informado la Delegación del Gobierno en Madrid. Otro gran incendio, en la Vall d’Uixó, iniciado este sábado, y probablemente provocado, sigue avanzando sin control hacia el interior del parque natural de la Serra d'Espadà, en Castellón.
Vidas humanas perdidas, 13, en el incendio en la provincia de Almería, casas, granjas, bosques y tierras de cultivo calcinados. Este es el resultado de los numerosos y extensos incendios. La temporada de incendios de este año ya está entre las peores de la última década. Solamente 2017, 2022 y 2025 están por encima de la temporada actual, de momento.
En lo que va de año, las imágenes por satélite muestran la destrucción de más de 170.000 hectáreas por el fuego, según las estimaciones provisionales del Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales (EFFIS).
Frente a todos estos desastres nos surgen las preguntas: ¿cuáles son las causas? ¿qué papel tiene la crisis climática? ¿qué efectos tienen estos incendios? ¿qué papel tiene la despoblación de las zonas rurales? ¿estamos preparados para hacer frente a lo que, para muchos expertos, será una constante en los próximos años?
Me centro en la cuestión de la crisis climática. El climatólogo Martín Senande ha explicado que “los incendios necesitan varias cosas: mucho combustible en forma de vegetación y condiciones que sean secas y cálidas”. Asimismo, el aumento de las temperaturas y la presencia de una mayor concentración de CO₂ en la atmósfera también promueven el crecimiento de plantas. Aunque esto parezca saludable, en determinados momentos de sequía y de mucho calor estas especies vegetales pueden convertirse en combustible para los fuegos forestales e incrementar un 20,7 % la tasa de propagación.
Sin embargo, la relación entre el cambio climático y los incendios forestales es bidireccional. Por un lado, el calentamiento global propicia condiciones más cálidas y secas, aumentando la probabilidad de incendios. Por otro lado, los incendios liberan grandes volúmenes de gases de efecto invernadero, que a su vez intensifican el cambio climático. Los incendios forestales pueden emitir cientos de veces más anhídrido carbónico que toda la población humana de la misma zona durante un año.
¿Y qué podemos decir sobre los efectos de los incendios forestales? Oriol Vilalta, bombero y director general de la Fundación Pau Costa, ha señalado algunos de estos efectos. En primer lugar, los incendios forestales acaban con la vida silvestre y la vegetación. En segundo lugar, el suelo del área del incendio sufre irreparablemente. La extinción de árboles y plantas que ayudan a producir oxígeno en el mundo supone un retroceso en la lucha contra la crisis climática.
Además, está la contaminación del aire debido a las grandes cantidades de humo que se libera a la atmósfera. La ceniza y el humo liberados pueden ser causa de problemas de salud en las personas que padecen alergias y otros problemas médicos.
El investigador Víctor Sánchez Parra, de la UAB, señala en su tesis doctoral sobre el cambio climático y los incendios, que el humo generado contiene una mezcla compleja de contaminantes, incluyendo partículas finas (PM₂.₅), monóxido de carbono y compuestos orgánicos volátiles, que pueden ser transportados a largas distancias, afectando la calidad del aire en áreas urbanas y rurales. La exposición a estos contaminantes se ha asociado con una variedad de problemas de salud, como enfermedades respiratorias y cardiovasculares, exacerbación de condiciones preexistentes e incremento en la mortalidad prematura.
Por último, la pérdida de ingresos para los trabajadores agrícolas cuyos cultivos y animales fueron destruidos por el incendio forestal.
Abordo la cuestión de la despoblación de las zonas rurales. Por un lado, el abandono de campos agrícolas permite que la vegetación silvestre crezca sin control, generándose así una gran cantidad de maleza seca que arde con facilidad. Por otro, los cultivos y zonas de pastoreo actuaban como cortafuegos naturales. Al desaparecer, el paisaje se vuelve continuo, facilitando que el fuego se propague rápidamente por grandes extensiones. Finalmente, la desaparición de la ganadería extensiva, es decir, de ovejas y cabras que realizaban una labor de limpieza del sotobosque, ha provocado que el monte acumulado se convierta en un polvorín.
Y, frente a todo esto, ¿qué hacemos los urbanitas?, es decir, los que estamos cómodamente instalados en nuestras casas, delante de las pantallas de nuestros televisores y contemplamos –con estupor momentáneo– cómo se queman los bosques. Fijémonos en la secuencia de los informativos televisivos. Primero se narran los desastres, en este caso, los incendios forestales; después se nos explican cuestiones de menor peso, y, al final, los deportes y los espectáculos. Pido disculpas: al final está la información sobre el tiempo: ¿cuándo se acabará la ola de calor?
Es importante, indispensable, diría, que al acabar el informativo no nos quedemos tristes, angustiados o excesivamente preocupados. ¡Que no decaiga la alegría! Pero, para que ello sea posible, para que la angustia no nos oprima el tórax y no nos acelere la frecuencia cardíaca, es preciso que entre en escena una de las grandes pasiones humanas: la pasión de la ignorancia. A ella alude mi amigo Josep Maria Panés en su libro La locura del progreso, un psicoanalista escribe sobre el cambio climático, cuando escribe que la ignorancia rechaza activamente todo aquello que nos confronta con los límites que nos acechan en los confines de nuestra existencia. Exacto, podemos ser testigos de desastres, pero, al final, giramos la cabeza, miramos hacia otro lado, y, como mucho, nos dirigimos a la Administración y le exigimos que “¡Haga algo!”.
De acuerdo, las administraciones han de tomar cartas en el asunto, pero, ¿y nosotros? La respuesta es que nosotros, los urbanitas, podemos defender nuestros bosques, cuidarlos, evitar lanzar colillas o vidrios, que fácilmente pueden provocar un incendio. Y por supuesto, podemos exigir a las administraciones que sean responsables y adopten políticas activas de cuidado de nuestros bosques. En ello todos estamos comprometidos.
