Antonio Burgueño
Opinión

Ante una nueva oleada: proteger a los vulnerables

Antonio Burgueño
RESIDENCIAS DE MAYORES - Foto: Europa Press
Tribuna

 

La angustia de las personas y de la sociedad sigue creciendo de una forma paulatina, a medida que la epidemia COVID-19 mantiene su vigencia, aunque se comporte de la forma que se había previsto en virtud de la biología del propio virus. Conviene recapacitar las reglas elementales de su virulencia:

  • Se trata de un virus de transmisión por vía aérea, transmitido por portadores mediante la tos, el estornudo, la comunicación verbal de persona a persona  y entrada en el organismo, parece muy exclusivamente por el aparato respiratorio, porque las medidas higiénicas de nuestro desarrollo impiden la transmisión por heces y orina. Por tanto, las condiciones climatológicos de bajas temperaturas que facilitan los catarros y el resto de los virus respiratorios, como la influenza, es su medio preferido. Obviamente, no significa que desaparezca en las altas temperaturas, simplemente, su vida y su transmisión está dificultada. Esta se ha demostrado en la evolución clara en la diferente agresividad demostrada clara correspondencia con la latitudes de cada población, la temperatura y el grado de humedad que en las zonas costeras es mayor y menos proclive, en virtud de la menor permanencia de las partículas en el medio aéreo, que en la humedad caen más fácilmente por su peso. Esta característica es conocida por otros virus, el Coronaviris, SARS 1;  y el H1M1  del año 2009.  Por tanto estamos en un momento de dificultad en la transmisión, que ha bajado la pujanza del primer ataque, obviamente por el confinamiento y el cambio estacional, pero su presencia es evidente y que se muestra pujante en cuanto la población le vuelve algo la espalda

  • Su gran capacidad de transmisión, basada en dos hechos ya muy demostrados. El primero es la existencia de asintomáticos que les permiten  recibir el virus sin enterarse de su presencia, pero convertirse en portadores que contagian la enfermedad con enorme facilidad.  Estas personas, sin síntomas, se encuentran en todas las edades, incluso muy avanzadas, pero son más eficaces en su capacidad transmisora, en relación con el número de  contactos que tengan en ese periodo de contagio. Se sospecha que alrededor de cada persona con síntomas de enfermedad puede haber cinco asintomáticos. Estos titulados de “infiltrados” en la sociedad son la clave de la expansión de los brotes y su difícil acotamiento. En estos últimos días se describe la incidencia en un Campamento de chicos en Georgia, USA , de 600  residentes han sido testados 344 y de ellos el 76% han sido positivos. 

  • La dificultad del diagnóstico de los portadores sanos o con síntomas leves, que no son raros en las personas, fiebre muy baja, dolor de cabeza, dolores musculares. Dada la baja especificidad de las pruebas de laboratorio que al final se concreta en la realización de una PCR, que se considera una prueba definitiva en el diagnostico.    

  • La complejidad del seguimiento del rastro de la epidemia en virtud de los casos detectados y la limitada capacidad demostrada, para descubrir a los “infiltrados”, si no es mediante técnicas de muestreo poblacional. Por esa razón debe contarse en las grandes y dañadas poblaciones españolas, Madrid y Barcelona, con unos “Centros de Control”, colocados en lugares fijos, por los que pasen a diario una buena muestra de los ciudadanos de las edades  que hoy promedian los casos de los rebrotes. Estos es los intercambiadores de metros, trenes y autobuses urbanos e interurbanos.  En ellos se ubican a la misma hora, los cinco días hábiles  de la semana, para tener datos homogéneos, se debe hacer el mismo número de pruebas al día que nos genere un índice “muestral” valido, comparado con los datos de incidencia actuales. La variabilidad del índice diario nos va a permitir, conocer la población que transita por Madrid y Barcelona asintomática y que permitirá  a las Autoridades sanitarias la toma de decisiones, acorde con la cifra de “portadores asintomáticos en libre circulación”.

  •  La letalidad tan dispar del  virus que le ha dado por ser una agente selectivo de determinadas poblaciones de más alto nivel de desarrollo a la vez que se publica su predilección en USA por los “afros y los latinos”. Sin embargo la letalidad del virus es muy inferior en Hispanoamérica si seguimos los datos de fallecidos en razón del número de afectados y la población total. Todos estos datos, pendientes de análisis más exhaustivos,  no son por ello,  tan determinantes  de comportamientos poblacionales. Mientras que si ha sido una constante la selectividad demostrada ante las personas de edades superiores a 65 años en los que se ha cebado y muy preferentemente en las Residencias en España y UE y  bien descritas en las “nursing homes” en USA.

En virtud de estos hechos, y de las medidas ya tomadas y otras, como alguna aquí sugeridas, sí que debe ser urgente hacerse compatible la protección de los vulnerables con la libertad de movimientos de la población en general, sobre todo la de aquellos que generan la actividad directa de la productividad de la Nación.

Hace muchos años que conocí en mi tierra manchega a un amigo que empezó a criar perdices para repoblar los cotos. Me enseño una de sus granjas y al entrar me dice: “Tienes que vestirte igual que entras en las UVIs, en las que trabajas. Es que se trata de no entrar con ningún germen porque fallecen los polluelos con mucha facilidad, sobre todo en los recién nacidos del huevo”. Resulta que ponemos mascarillas a los mayores y son los que les pueden traer a ellos la enfermedad a quienes hay que cubrir.

Debemos crear un mundo de costumbres, ahora llamados protocolos de cuidados para las personas vulnerables, de 65 años y más por edad y por otras enfermedades que generen la confianza de que están a salvo de la epidemia. 

Y debemos hacerlo urgentemente porque muchos de estos son además consumidores empedernidos a los que hay que dar vía libre y segura para mantener la actividad del país.

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