España, el país donde puedes votar desde Buenos Aires, pero no cuidar a tu vecino en Madrid
Hay algo fascinante en nuestra capacidad para complicar lo sencillo y acelerar lo complejo. En España podemos debatir durante días sobre el voto de un ciudadano que vive a miles de kilómetros, mientras un profesional que reside a pocos metros de una residencia espera meses —y en ocasiones años— para que la Administración reconozca una titulación obtenida en su país. La distancia, por lo visto, no se mide en kilómetros. Se mide en expedientes.
La llamada 'ley de nietos', vinculada a la Ley de Memoria Democrática, ha permitido acceder a la nacionalidad española a descendientes de españoles. Conviene decirlo sin rodeos: recuperar vínculos familiares e históricos puede ser una reparación legítima, y quien es español tiene derechos que deben respetarse. Precisamente por eso resulta tan llamativa la controversia actual sobre el voto exterior de algunos de esos nuevos ciudadanos, sometido ahora a decisiones judiciales cautelares y recursos. No es un derecho que deba caricaturizarse ni una situación jurídica definitivamente resuelta.
Pero mientras instituciones, consulados y tribunales se movilizan para resolver contrarreloj un conflicto electoral, en otro despacho alguien sigue esperando una respuesta sobre su título de enfermería, fisioterapia o una cualificación relacionada con los cuidados. No son procedimientos jurídicamente equivalentes, desde luego. La comparación es otra: ¿qué urgencias somos capaces de convertir en prioridades de país?
Pensemos en una profesional formada en Latinoamérica. Vive en España, paga su alquiler, contribuye a la economía, conoce nuestros barrios y quiere desarrollar aquí su profesión. Su formación es válida en su país de origen, pero eso no significa que automáticamente habilite para ejercer una profesión regulada en España. Debe acreditarse que cumple los requisitos exigibles. Hasta ahí, ninguna objeción: la seguridad de las personas mayores no admite atajos.
Lo difícil de explicar empieza después. ¿Por qué un procedimiento que debe comprobar conocimientos y competencias puede convertirse en una carrera de resistencia administrativa? ¿Por qué seguimos tratando como una excepción lo que debería ser una necesidad estratégica? El problema no es exigir garantías; el problema es que esas garantías convivan con tiempos de respuesta incompatibles con la realidad de los servicios.
Y la realidad es contundente. El propio Ministerio de Derechos Sociales estimó que España necesitará incorporar al menos 261.400 profesionales adicionales a los cuidados de larga duración hasta 2030 para mantener la cobertura prevista. No es una cifra lanzada por una patronal desesperada ni una ocurrencia de quienes dirigimos servicios. Es una estimación pública. Nos faltan profesionales, y el envejecimiento de la población no va a solicitar una prórroga administrativa.
En residencias, centros de día y servicios de ayuda a domicilio conocemos bien esta contradicción. Hablamos de atención centrada en la persona, de autonomía personal, de calidad asistencial y de nuevos modelos de cuidados. Todo imprescindible. Pero detrás de cada gran declaración tiene que haber alguien que acompañe, rehabilite, estimule, escuche y cuide. Sin profesionales, la innovación corre el riesgo de quedarse en una presentación de PowerPoint extraordinariamente bonita.
No propongo homologaciones automáticas, ni rebajar exigencias, ni confundir el reconocimiento académico de un título con la habilitación profesional o con los certificados exigidos para determinados puestos. Propongo algo bastante menos revolucionario: procedimientos claros, plazos que se cumplan, información transparente, refuerzo de los equipos evaluadores y vías de formación complementaria cuando existan diferencias acreditadas.
También propongo que dejemos de hablar de las personas migrantes únicamente como una solución estadística a la escasez de trabajadores. Son profesionales con trayectoria, expectativas y derechos. Y, cuando no pueden ejercer de acuerdo con su preparación, pierde la persona, pierde el sistema y, sobre todo, pierde quien necesita cuidados. Reconocer talento no es hacer un favor: es evitar desperdiciarlo.
Quizá el verdadero problema sea que en España somos extraordinariamente eficaces cuando una fecha electoral aparece en el calendario y bastante menos cuando la fecha importante es la de una persona mayor que necesita apoyo hoy. Las urnas tienen día y hora. La dependencia, lamentablemente, no.
Que nadie interprete estas líneas como una invitación a restringir el voto de ciudadanos españoles. Al contrario: los derechos se defienden, no se enfrentan. Lo que cuestiono es que nuestra capacidad de reacción institucional parezca tan desigual. Podemos discutir con toda seriedad quién figura en un censo electoral y, al mismo tiempo, exigir con idéntica seriedad que un expediente profesional no duerma indefinidamente en una mesa.
Porque el debate de fondo no es si alguien puede votar desde Buenos Aires. Es por qué alguien que vive en Madrid, tiene formación y desea cuidar a nuestros mayores puede encontrar tantas dificultades para hacerlo legalmente en el puesto para el que se ha preparado.
Y, mientras buscamos la respuesta, nuestros mayores siguen esperando. Ellos no necesitan otra comisión que estudie la urgencia. Necesitan que la resolvamos.
