¿Un 53% de personas dependientes en España?

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El pasado mes de noviembre, el diario digital The Objective publicó un artículo, firmado por la periodista Lidia Ramírez, según el cual España contaba con un índice de dependencia del 53,29%. Así se desprendía de los indicadores del Sistema Nacional de Salud (SNS) consultados por este diario, que manejaban datos de 2024.

El índice de dependencia expresa en forma de porcentaje la relación existente entre la población dependiente (menor de 16 años y mayor de 64 años) y la población productiva de la que aquella depende (entre 16 y 64 años), explicaba el Ministerio de Sanidad.

En 2024, por cada 100 trabajadores había 53 dependientes (menores de 16 años y mayores de 64). El artículo señalaba que se trataba de un resultado aproximado, puesto que no todos los menores de 16 años y los mayores de 65 están fuera del mercado laboral, ni tampoco son trabajadores activos todos aquellos que están comprendidos entre ambas edades, pero servía para resumir de modo aproximado la relación entre población activa y pasiva. Cuanto mayor es esta tasa, significa que las personas que tienen un empleo deben contribuir con mayor intensidad a mantener las condiciones de estado de bienestar de la sociedad en su conjunto.

De acuerdo con las previsiones del Banco de España, incluidas en el Informe Anual 2023, la tasa de dependencia en 2053, teniendo en cuenta solo la población dependiente mayor de 64 años (excluyendo a los menores de 16 años), será del 53,8%, mientras que en el promedio de la UE será del 45,8%.

Los datos expuestos en estos indicadores muestran cierta perversidad al utilizar la palabra “dependencia” como sinónimo de “no productividad”; es decir, sería dependiente todo aquel que no produce, por tanto, según esta lógica, los que producen tienen que “soportar” la carga de aquellos que no son productivos. Siguiendo está línea argumental nos topamos con un dato que llama la atención: la inclusión de los menores de 16 años, aunque, más adelante, se aclara que no todos los menores de 16 años están fuera del mercado laboral. O sea, que de lo que se trata es de poner a trabajar a los menores de esa edad. La pregunta es: ¿a partir de qué momento pueden incorporarse los menores de edad al mercado laboral sin que por ello se incurra en explotación infantil?

Se vislumbra un intenso debate político: para aliviar la caja de las pensiones sería preciso adelantar la edad mínima de entrada en el mercado laboral. Una consecuencia inmediata sería que los alumnos de la ESO (enseñanza secundaria obligatoria) deberían compaginar sus tareas formativas con las laborales.

Pero, vayamos ahora al otro extremo de la curva de Gauss: los mayores de 65 años. Dado que, como es sabido, España es uno de los países con mayor esperanza de vida, ello supone que cada vez habrá más personas longevas; además, esas personas van a precisar cuidados sanitarios y sociales con lo que el sistema de salud va a sufrir mayores tensiones.

Hasta aquí la interpretación expuesta en ese artículo. Sin embargo, no es cierto ni legítimo utilizar el adjetivo “dependientes” como sinónimo de “no productivos”. Muchos mayores de 65 años son muy productivos y nada dependientes. Debemos recordar que durante la crisis económica de 2007-2008 fueron muchos los abuelos y padres que tuvieron que ayudar económicamente a sus nietos e hijos. Y también fueron muchos los profesionales “jubilados” los que tuvieron que acudir en auxilio de un sistema sanitario que estaba al borde del colapso durante la pandemia de la Covid-19. ¿Quién dependió de quién?

El uso de ciertos adjetivos fomenta estigmas y odios; ocurre con los inmigrantes o con aquellos cuyos estilos de vida colisionan con los llamados valores tradicionales. En el caso que nos ocupa el adjetivo usado perversamente es “dependiente” y frente a eso no podemos permanecer impasibles o en silencio. Una respuesta muy loable es la que ha dado 65YMAS este domingo pasado con la publicación de un artículo firmado por el periodista Nacho Espada en el que se defiende la necesidad de abandonar la visión de la vejez desde la dependencia. Pero, hay que señalarlo, aquí se hace referencia a otro tipo de dependencia, la que es consecuencia de un problema de salud que comporta limitaciones importantes para el desarrollo de la vida cotidiana.

Sí, envejecer suele ir acompañado de problemas de salud; podemos tener hipertensión arterial, artrosis, temblores seniles u otras dolencias, pero ello no implica necesariamente ser dependientes ni ser una carga insoportable para el sistema sanitario. Más aún, podemos seguir siendo productivos y aportar nuestro saber y nuestra competencia, siempre que se compartan proyectos, propósitos y necesidades, como afirma Casilda Heraso, directora de búsqueda y selección de emprendedores sociales y responsable del programa Nueva Longevidad de Ashoka España y Portugal. Queremos transmitir todo aquello que hemos aprendido a lo largo de años de ejercicio profesional. Ese es nuestro legado a las generaciones que nos siguen.

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