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Opinión

Sombreros en verano y también después

Joaquín Ramos López
Sombreros en verano y también después

Me encanta pararme delante del escaparate de las buenas sombrererías. Enseguida, los ejemplares elegantemente expuestos me trasladan al recuerdo de un viaje, a la lectura de un libro, al sabor de un evento o al aprecio de aquella persona conocida que lo portaba.

Me identifico rápidamente con el señorío de su prestancia y el encaje perfecto con el personaje y su entorno, época y ocasión. Así que me produce un cierto recreo emocional.

Mi propósito aquí no consiste en describir al sombrero sino en dedicarle unos párrafos al interés, provecho y conveniencia de su uso y al apoyo a quiénes gustándole, por ser cohibidos o timoratos, dudan del parabién de los demás y optan por no ponerse un sombrero.

Un día, estaba esperando entrar en un comercio y  se puso detrás de mi una señora no tan joven. Yo iba cubierto -como acostumbro- y la amable señora, previa disculpa por hacerlo, me dijo “Está Ud. guapo con ese sombrero, le sienta estupendamente”.

Seguro que no reaccioné del todo bien. Sí le di las gracias, naturalmente, y hasta debí añadir alguna razón por ir cubierto, a modo de reconocer lo extraño, por no habitual, de su comentario. Además de no aceptarle lo que no era disculpable. Pero me produjo un cierto regocijo, sí.

El sombrero es una prenda de vestir que, si no fundamental ni siempre necesaria, trata de ser un complemento importante para definir, conjuntamente con la ropa y el calzado -sin olvidar los  prácticos guantes, si procede- la imagen más identitaria del usuario.

Me refiero al sombrero y también a las gorras, boinas, bonetes, pamelas y toda una larga nómina de objetos asimilados que a lo largo de la historia de la humanidad han protegido la cabeza y han dado un significado étnico, cultural y profesional a quiénes con ellos cubrían su chola.

En Occidente y hasta “los 30” del pasado siglo XX -tras el final de la Gran Guerra- el sombrero anduvo diariamente encima del hombre, incluidos mozalbetes, y de muchas mujeres, procurándoles distinción e identidad social; si bien otras muchas debían conformarse con usar el pañuelo. 

Quiero decir, que las gentes tenían asumido que la cabeza debía ir cubierta, sobre todo en lugares públicos. Y descubrirse era un gesto de respeto y tenido por buena educación.

A vueltas de nuevos aires de modernidad y riña de estereotipos, el sombrero entró en declive y hasta hoy mismo, pese a algún tímido movimiento de recuperación, ha perdido su carácter singular en la vestimenta humana. 

Incluso para oficios donde su presencia ha sido primordial, la testa descubierta se ha impuesto, restándoles  naturalidad y prestigio en sus actos profesionales.

El sombrero es protector, porque facilita calor o frescura según la estación del año e impide afecciones de la piel y ampara o reduce un coscorrón. Llevarlo es un signo de elegancia y dice del portador sentir gusto por la cortesía. 

También resulta útil, ya que genera autoestima al poder corregirse algunas incomodidades corporales (estatura, tono de la piel, perfil facial) O sea, ajusta mejor la identidad de la persona que lo lleva. 

Además es práctico, porque disimula un mal peinado, o ayuda a no despeinarse. Complementa o equilibra un vestido, pues lo contrasta o reafirma para la ocasión.

Creo que la sociedad actual, en general y especialmente la urbana, no aprecia el uso del sombrero por identificarlo con otra época, con pasadas sensibilidades, con un  concepto trasnochado de condición social, sin valorar sus cualidades. 

Veo con satisfacción en estos días de buen sol un uso de sombreros (masculinos y femeninos) y de gorras playeras mayor que de costumbre. 

Y también compruebo que, lamentablemente, bastantes personas se despojan de ropa corporal y pasean sin protección solar y siento por ellos y por su próxima visita al dermatólogo. 

Espero le haya ayudado a creer, estimado lector, en lo bueno del uso del sombrero y le invito a ponerse a prueba. Elija el adecuado a su gusto y “rompa moldes”.

Sobre el autor:

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Joaquín Ramos López

Joaquín Ramos López es abogado y autor del blog Mi rincón de expresión.

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