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Opinión

Cerrado por vacaciones

Joaquín Ramos López
Cerrado por vacaciones. Foto: Europa Press

Algo ha cambiado en mi barrio esta primera semana de agosto. He bajado a la calle, a la hora aproximada de otros días, y he notado más tranquilidad, menos movimiento que antes del último fin de semana. Como si la tímida reentrada del mes pasado en la normalidad suspendida hace casi año y medio, hubiese reculado.

Me acerco a la panadería de mi costumbre y tiene el exterior cerrado. Opto por dirigirme a la franquicia instalada más próxima y puedo, menos mal, conformarme ad hoc con un pseudo-croissant.

De regreso, paso por la Ferretería donde pretendo adquirir una bombilla para sustituir la que tengo fundida hace dos días. ¡Oh, sorpresa!, aún está sin abrir el establecimiento; hay un cartelito pegado en medio de la persiana primorosamente grafiteada, reza: cerrado por vacaciones.

La contracción y repliegue ocasionado por la pandemia de nuestras malicias ha propiciado que la gente, hastiada de encierro y deseosa de volver al ancho mundo geográfico, haya decidido tomarse unos días de entretenimiento y relax recuperando la sana costumbre de vacacionar fuera de su lugar habitual.

Claro, el contrapunto social es que los que se quedan en casa, ociosos o laborantes, deben cambiar sus hábitos de compra y salir a la búsqueda de alternativas de aprovisionamiento. Pero la modernidad y sus adelantos nos tienen bien cubiertos con grandes áreas comerciales al efecto.

Hubo una época en que el indebido apodado “ferragosto” vaciaba las ciudades casi al completo. Pronto nos avinimos a partir las vacaciones en dos o tres periodos anuales y la despoblación temporal urbana se repartió algo mejor. La flexibilización laboral, el teletrabajo y la aparición de servicios alternativos, vinieron a racionalizar esas ausencias.

Síndrome post-vacacional

Las vacaciones son la meta anual de hacer diferente nuestra vida. Pasamos horas invirtiendo ilusión en programarlas, apuramos planes y presupuestos, incluidas apetitosas dudas de elección, para tratar de disfrutar a tope de ese largo paréntesis de asueto.

El inicio de las vacaciones tiene mucho de esplendorosa jornada. Hasta nos parecen menores las molestas aglomeraciones aeroportuarias o las incómodas retenciones automovilísticas; no pasa nada, no hay problema, porque nos vamos de vacaciones. Durante las vacaciones, normalmente, cambiamos los roles habituales por modos de hacer relajados u osados, no acostumbrados. 

Practicamos experiencias antes desconocidas. Soñamos con cambios de estado y gusto personal. Apetecemos la vida de esos otros encontrados.
Nos acordamos poco de esas personas que no pueden tomarse unas vacaciones, que las hay muchas también. Unas impedidas por la salud, otras por razones económicas y algunas por obligaciones profesionales. Para ellas deberíamos ayudar a encontrar compensaciones emotivas favorables que les sirvan de consuelo.

El último tramo de las vacaciones puede producir una cierta congoja, bien porque se nos acaban, bien porque nos apetece regresar a la vida regular. Empezamos a hacer planes de reingreso al trabajo, al ejercicio físico, a la dieta alimenticia, a la recomendable lectura diaria, a tal o cuál propósito de enmienda. Es absolutamente lógico y no cabe plantearse síndrome post-vacacional alguno, con el que algunos pretenden excusar su normalidad.

Cuente, estimado lector, que su negocio habitual estará abierto y esperándole como de costumbre. Por mi parte, también deseo reencontrarme con mis lectores en septiembre. ¡Felices vacaciones! 

Sobre el autor:

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Joaquín Ramos López

Joaquín Ramos López es abogado y autor del blog Mi rincón de expresión.

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