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Opinión

¡Silencio, se duerme!

Joaquín Ramos López
¡Silencio; se duerme!

Los últimos fines de semana de este verano han llenado boletines de prensa y abierto telediarios dando a conocer las concentraciones, tumultos y precipitadas dispersiones del ancho mundo juvenil, harto elocuente por tanta constricción acumulada.

Pero si tal circunstancia puede merecer razonada comprensión, vengo aquí a poner el contrapunto de su mal venida algarabía, consecuencia de la manifestación sonora de su festejo y peor resultado del destrozo e inmundicia de su botellón callejero.

Y me quedo escribiendo exclusivamente por el malhadado ruido. Sí, el ruido, ese sonido no agradable y pernicioso, malo e insalubre, que producido sin control alguno y despreciando elementales normas de conducta cívica y solidaridad ciudadana, ha supuesto encorajinar a media España perturbando su merecido descanso nocturno.

Ruidos hay muchos y los sones ruidosos suelen molestar siempre, a todas horas. Desde la música-coche que despabila al transeúnte urbano creyendo sentir saltar la banda por una ventanilla hasta la de ese tubo de escape libre que ensordece los tímpanos seis calles adelante.

Hay más ruidos criticables, claro. Aquellos gritos humanos que nacen de discusiones vecinales, broncas entre beodos de tasca y llamada escandalosa de conocidos en encuentros espontáneos. Conversaciones chillonas y otras charlas propias de culturas con costumbre de voz alzada.

Podemos comprender los ruidos obligados por necesarios como las sirenas policiales y sanitarias, el trabajo mecánico de las obras públicas, las alarmas de seguridad en comercios y viviendas, y las protestas con megáfono incluido de concentraciones humanas autorizadas, o no.

Apreciamos favorablemente los ruidos festivos. Sean fuegos artificiales, paradas y desfiles dinamiteros, “petardeos” tradicionales bien protegidos. Son consentidos asimismo los ruidos menores que superan lo ordinario porque son muestra de alegrías y celebraciones populares; sin dejar de respetar a quiénes no se les debe molestar.

Hay ruidos propios del verano, admitidos socialmente como parte de actividades comerciales populares, que aprovechan la estación para mercadear sus productos y oficios. Ahí están, el afilador, el chatarrero, el frutero de temporada, con sus altavoces rodantes y que, para algunos, estorban su siesta. Sin olvidarnos del rum-rum propio de los mercadillos.

Y todos estos ruidos –más los que Ud. conoce amigo lector y yo olvido aquí– están normalmente regulados y su manifestación recogida en Códigos legales, Ordenanzas Municipales, Reglamentos de Comunidades, Centros de Ocio y establecimientos con derecho a reunión. Si bien, lógicamente, tienen medidos sus tiempos y horarios y los decibelios máximos permitidos.

Pero debo referirme y escribir ahora sobre la razón de mi título. Los ruidos, todos, hasta los que endulzan los oídos con compases musicales y rimas literarias, su práctica y deleite, deben tener una contención obligada: la hora del sueño.

Diré coloquialmente y no descubro nada, que el día se ha hecho para el trabajo y la fiesta; para la actividad humana en general en todos los órdenes. Pero la noche, fundamentalmente y dejando al margen las ocupaciones propias del horario nocturno, existe para el sueño recuperador y placentero.

Tan necesario es dormir –descansar nuestro cuerpo física y reciclarlo mentalmente– como alimentarnos y cuidar nuestro desarrollo integral, como seres humanos, individual y colectivamente.

Y el ruido no debe alterar ese orden natural. El ruido que envilece la existencia de personas y de animales, pues estos también lo padecen, debe ser impelido, cuanto menos reducido a la mínima expresión admisible; por ende, vigilado y perseguido. Y, básicamente, instruido desde la infancia.

El silencio y el ruido son antagónicos –obviamente– si los enfrentamos para obtener el opuesto. Pero también el silencio es una forma de manifestar “ruido” y éste precipita el silencio, porque ambos vienen a decirnos que si hacemos ruido nos conocen y si guardamos silencio también. Luego, cada cual lo usa e interpreta a su modo y los demás habrán de atenerse a ello.

Entonces, mi propuesta es hacer ruido para que se haga el silencio y nos dejen dormir todo lo posible. Respetar el sueño con el silencio para aplaudir al ruido festivo, asumir el obligado, consentir el conveniente a otros y exigir silenciarlo cuando sea impertinente. ….y baje Ud. la voz, que se le entiende todo.

Sobre el autor:

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Joaquín Ramos López

Joaquín Ramos López es abogado y autor del blog Mi rincón de expresión.

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