En una ocasión durante una visita a una residencia de mayores me sorprendió la señora María con la siguiente reflexión “Tuve hijas para que me cuidasen en la vejez, pero míreme que solita estoy”. Con el tiempo, esta frase o versiones similares ya eran un clásico en mis conversaciones con estas personas institucionalizadas, de las que seguramente en su mayoría lo estaban en contra de su voluntad. 

Si bien envejecer en casa es el deseo de la gran mayoría de las personas, esto no siempre es posible. A las barreras existentes en el domicilio o la escasez de recursos económicos se suman la formación ética y técnica de estas familias, a las que la enfermedad sobrevenida les impide que la tarea de cuidar sea grata y/o factible. Para estos casos, las residencias o el centro de día, son el lugar idóneo y lo digo desde el conocimiento y el convencimiento, donde el buen trato es una generalidad; a pesar de los casos puntuales de negligencias, denunciables maltratos y el estigma social. Estigma que, por otra parte, contribuye a que trabajar en este sector no sea atractivo, siendo como es un claro nicho de empleo en un país castigado con la falta de oportunidades laborales, y a que esta apreciación sea generalizada por la sociedad. Incluso de que de la clase política no lo ponga en valor y no le den los recursos económicos que necesitan para que la calidad asistencial sea mejor. Porque sí, todo es mejorable, como la regulación vigente y el sistema de inspecciones de estos centros sociosanitarios.

Aprovechando esta oportunidad, me gustaría destacar una propuesta, a ver qué os parece. Un plan nacional para que la vejez no sea considerada como un lastre y en el que la corresponsabilidad sea el eje de los cuidados de una ciudadanía que se encamina hacia un sobre envejecimiento con menos apoyos “informales” con los que contaban las generaciones que nos antecedieron. Las de nuestros abuelos y progenitores.

Retomando aquellos lamentos con los que empezaba este artículo, tanto entonces como hoy comprendo los sentimientos de frustración de doña María, pero no comparto aquello que no decía, el egoísmo de una sociedad que nunca pensó que la familia no tiene porqué garantizar los cuidados como había ocurrido hasta ahora, donde siempre era la mujer la que tenía que renunciar a una carrera profesional o personal por cuidar a sus progenitores o incluso, a la familia política.

Este egoísmo, como mal generalizado, lo podríamos reenfocar para reclamar a los políticos un mayor compromiso e inversión en este sector de la dependencia para que todos en algún momento podamos disfrutar de los mejores servicios, para que los últimos años de vida no sean una pérdida de calidad de vida y derechos. Porque sí, vosotros los políticos también envejecéis, pero ¿quién os cuidará si no ponéis soluciones? ¿Quién nos cuidará de esta indiferencia?

 


Francisco Olavarría Ramos, gerente del Consejo Español para la Defensa de la Discapacidad y la Dependencia (@CEDDD_).

Sobre el autor:

Francisco Olavarría Ramos

Francisco Olavarría Ramos

Francisco Olavarría Ramos es profesional de la comunicación, con formación en gerontología social. Es director de Relaciones Institucionales de Depencare, empresa de cuidadores a domicilio para personas mayores y personas con algún grado de dependencia y/o discapacidad.

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