Ramón Sánchez-Ocaña
Opinión

Frenar la prisa, la principal enseñanza del confinamiento

Ramón Sánchez-Ocaña
Ciudades accesibles: Un espacio público para todas las personas
Pildoras

 

Una enseñanza del confinamiento es la tentación de volver a lo bucólico. Y también es un deseo que se acrecienta con los años. Porque poco a poco vemos en la ciudad una especie de agresión, de tensión, de estrés, de depresión, de incomunicación. Es como si la gente saliera de casa con el traje de la intransigencia. Piense en la atapa anterior a la cuarentena. Cualquier cosa, por pequeña que sea, era motivo de irritación y de enfado. A eso nos referimos.

Y, sin embargo, cuando el hombre concibió la ciudad, fue como una liberación. Agruparse en la ciudad era un logro porque protegía. Incluso se aislaba con la muralla para dar seguridad. Extramuros es “lo de fuera”.

Pero claro, hubo que imponer servidumbres. Y una de ellas es el establecimiento de los espacios. Hay un espacio común, de todos, que es el que podríamos llamar urbano. Es el que se comparte y nos agobia: la calle, la acera, el parque. Y hay otro espacio compensatorio, íntimo, el de cada uno, el reservado, en el que no entra nadie más que quien nosotros queremos. Es el nuestro. 

El problema grave es que ese espacio íntimo es cada vez más reducido. Y además se establece junto a otros muchos espacios íntimos. Así, la ciudad se ha dividido en dos partes: una de trabajo y comunitaria; y otra, a base de mínimos espacios íntimos que se han ido masificando, convirtiendo en una especie de colmena dormitorio. Todas las ciudades tienden hacia ese modelo. De manera que el invento de la ciudad se esta volviendo contra el propio ser humano.

Sobre todo, porque sufrimos un problema de adaptación. La gran mayoría no tiene una cultura urbana, sino la que arranca de una localidad mucho más pequeña. Y no se adapta. Por eso, como una de las notas más características, surge la agresividad. No podemos olvidar que nosotros también pertenecemos a la escala zoológica. Y como otros mamíferos luchamos por conservar nuestro territorio. Al sentir invadido nuestro espacio reservado, reaccionamos con una violencia mas o menos educada. La agresividad del ciudadano, parte precisamente, de ese hecho.

La enfermedad de la urbe tiene unos rasgos diferenciales. Por ejemplo, la soledad: el ciudadano muchas veces está solo; pero solo en medio de una multitud que le agobia. Otro es la sobrecarga de estímulos. Hay luces que se encienden y se apagan, hay ruidos, hay trafico, hay claxons, hay obras... Y si a todo eso que nos invade unimos la estrechez de la vivienda, nuestro espacio íntimo se nos empieza a arrebatar. Como consecuencia inmediata aparece el nerviosismo y una irritación notable que se traduce en alteraciones del sueño. No se duerme bien. Y al día siguiente el despertador sonará a sobresalto. Los nervios están ya a flor de piel y el timbre no despierta, asusta.

La prisa empieza a gobernar la jornada. Carreras, ruidos, coche, autobús. La ciudad aturde porque además esta presidida por la urgencia. ¿Cómo se podría explicar si no, que en cuanto el semáforo se pone en verde, la impaciencia haga sonar las bocinas? Quizá la ciudad nos quiere imponer un modo de prisa, una determinada urgencia, una forma de estar y de convivir.

Uno de los aspectos más curiosos –creo que lo destacaba el profesor Pinillos– es que nos hacemos masa y perdemos algo de nosotros para ser grupo. Pero como la ciudad va necesitando especialistas llegamos a la situación critica de sentirnos especialistas, pero dentro de una masa. Y de ahí surge la ruptura con los demás. Y por tanto, la insolidaridad; es decir, el tremendo individualismo de la civilización urbana. Eso que puede traducirse en esa frase brutal y tan aceptada: cada uno a lo suyo.

Sin embargo, es verdad que no todo en la ciudad es negativo. Hay quien sostiene que se vive mejor que nunca. Y que gracias a la ciudad ha subido el nivel de vida, ya que se tienen más posibilidades y acceso a más bienes. Y tanto el trabajo como los horarios han ido mejorando para todos. Pero aunque en el aspecto material haya más logros, más consecuciones, no hay duda de que el ser humano esta perdiendo un poco de su identidad. Se está deshumanizando, está entrando a formar parte de un engranaje en que impulsado por la prisa corre hacia ninguna parte.

Quizá tendríamos que pisar nuestro propio freno. Detenernos a pensar. ¿No le estamos dando demasiada importancia a la prisa? Deberíamos introducir en el vocabulario de nuestro día la palabra calma. Ver las cosas con cierta distancia, para ser conscientes de que realmente, en la vida de cada uno, solo hay algunas cosas –muy pocas– verdaderamente importantes. Es, quizá, la enseñanza más clara del confinamiento

Asi que cuando esto acabe, no se olvide de compartir, charlar, escuchar. Que es otra manera de vivir. Porque nos protege de la agresión inevitable que supone el grupo.

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