El sufrimiento psíquico de las personas cuidadoras

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El sufrimiento psíquico de las personas cuidadoras Miia

El pasado sábado, día 10 de octubre, 65YMAS publicó un artículo titulado Las dramáticas consecuencias de cuidar en soledad para la salud mental de la mujer sénior, firmado por el periodista Pablo Recio. El artículo señala que “el cuidado informal o familiar de las personas con dependencia, que muchas veces se realiza en soledad y con poca ayuda por parte de la administración, tiene una especial afectación emocional en los mayores que se dedican a esta tarea y, en particular, en las mujeres sénior.

Recio señala que ésta es una de las principales conclusiones que se extraen de un estudio, liderado desde el Centro Nacional de Epidemiología del Instituto de Salud Carlos III (ISCIII) y publicado en la revista International Psychogeriatrics, que analiza el impacto de esta labor en su salud mental.

El artículo añade unas declaraciones de la prestigiosa socióloga Maria Angeles Durán, doctora honoris causa por la Universitat de València. Durán explica que las personas que asumen grandes responsabilidades de cuidado padecen una inevitable sobrecarga física y emocional, viéndose obligadas a sacar fuerzas aunque no las tengan por falta de alternativas.

La doctora Durán publicó un libro de gran interés sobre la cuestión de los cuidados: La riqueza invisible del cuidado. Es un libro que debería ser de lectura obligatoria para los políticos y, en general, para todos aquellos que, directa o indirectamente, están implicados en el tema. En el capítulo sobre la calidad de vida de los enfermos y de sus cuidadores, Durán traza el perfil social del cuidador en España. Destaco algunas características: es mujer, tiene una edad intermedia entre 50 y 80 años. No tiene empleo y, si antes lo tuvo, ha tenido que abandonarlo. Dedica más de 40 horas semanales al cuidado de la persona dependiente. Tiene dificultades económicas. Padece patologías múltiples, especialmente cansancio, carencia y trastornos del sueño, dolores de espalda y, frecuentemente, depresión.

La autora añade que este colectivo supone el soporte básico del estado de bienestar español. En efecto, sin este colectivo nuestro nivel de bienestar caería en picado, de ahí que debamos preguntarnos, con estupefacción, cómo es que las administraciones y, sobre todo, los discursos políticos apenas dediquen unos minutos a esta cuestión.

Como muestra un caso que nos ha llegado recientemente al SEAP (Servicio especializado de atención a las personas mayores). Se trata de una mujer de cincuenta y nueve años, enferma mental, cuidadora de su madre, de noventa años, enferma de una demencia tipo alzhéimer. La cuidadora, a la que pude entrevistar en el local de los servicios sociales, me explicó que años atrás la habían diagnosticado de esquizofrenia paranoide y que no se veía en condiciones de seguir cuidando a su madre. Por cuestiones de carácter administrativo, la madre no puede tener acceso a una residencia geriátrica, y, por otro lado, los servicios sociales no disponen de los recursos necesarios para proporcionar un adecuado soporte a la cuidadora. Este caso no es excepcional: muchas personas dependientes están cuidadas por mujeres –porque se trata generalmente de mujeres– que también sufren algún tipo de dolencia, física, mental o ambas.

La pregunta que nos hemos de plantear es la siguiente: ¿qué pasaría si, de manera súbita, todo el colectivo de personas cuidadoras entrara en fase de claudicación? ¿Cómo harían frente las administraciones a semejante problema?

Que España tenga una de las mayores esperanzas de vida es un éxito de nuestro sistema social y económico, un signo de que “nos cuidamos bien”, sin embargo, la longevidad se acompaña indefectiblemente, de consecuencias adversas, como la soledad no deseada, la pobreza o las enfermedades crónicas invalidantes. Esto es así a pesar de que ciertos discursos –de naturaleza delirante– intenten convencernos de que la victoria sobre la muerte está cada vez más cercana. No voy a aventurar pronósticos, pero lo que resulta evidente es que las consecuencias adversas del envejecimiento están ahí. Y es también obvio que, por ahora, no estamos dando una respuesta adecuada a los retos inherentes a una sociedad longeva.

Ah, otra cosa: no es necesario apelar a la tan manida “depresión”, basta con señalar que quien se ve privado o privada de tener una vida digna porque ha de dedicar las 24 horas del día a cuidar de una persona dependiente mostrará, muy probablemente, síntomas de ansiedad, tristeza, agotamiento y desesperanza, aunque no esté deprimida.

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