AILI, Poulain y el peligro del Gerontopark

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AILI, Poulain y el peligro del Gerontopark Miia

Esta semana participé en el acto fundacional de AILI, la Asociación Iberoamericana de Longevidad Inteligente, en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid. Salí contento y con cautela.

Contento porque, por fin, se habla de longevidad como hay que hablar: no como un problema de “viejos”, no como una amenaza para las pensiones, no como una nota a pie de página sanitaria, sino como una de las grandes transformaciones sociales, económicas, urbanas, familiares, residenciales y culturales de nuestro tiempo. Vitales, en suma.

Y con cautela porque llevo demasiados años viendo cómo el envejecimiento se convierte en congreso, manifiesto, titular, mesa redonda, foto institucional y PowerPoint. Mucho PowerPoint. Demasiado PowerPoint. Y luego, a veces, la vida sigue igual. Como diría Julio Iglesias.

El futuro está en la gente con pasado, lo digo siempre. Pero ese futuro no se improvisa. No aparece porque lo escribamos en una pantalla. No nace porque pongamos “longevidad inteligente” en un cartel. No se construye con palabras amables. Se construye con estrategia, presupuesto, decisión y ejecución. Ejecución. Qué palabra tan poco sexy y tan necesaria.

 

 

AILI nace tarde, quizá. Pero nace. Y bienvenida sea. Sobre todo porque nace con vocación iberoamericana. Y eso importa mucho.

Trabajo bastante en Latinoamérica en experiencia de cliente mayor, Silver Living y soluciones residenciales. Y cuanto más trabajo allí, más claro tengo algo que quizá suene incómodo: qué suerte hacerse mayor en España.

Con todas nuestras carencias, que son muchas. Con nuestras listas de espera. Con nuestras residencias necesitadas de transformación. Con nuestros cuidados familiares agotados. Con esa burocracia tan nuestra, que a veces parece diseñada por alguien que nunca ha cuidado a nadie. Pero qué suerte, comparativamente.

El Estado de bienestar español, aunque crujiente, existe. En muchos países hermanos la vejez depende demasiado de la familia, del dinero disponible, de la informalidad, de la suerte. Y la suerte no debería ser una política pública.

Nos separan muchas cosas. Nos une una esencial: la humanidad.

Una persona mayor en Madrid, Bogotá, Managua, Santiago de Chile, Montevideo o Buenos Aires quiere, en el fondo, cosas bastante parecidas: respeto, seguridad, autonomía, cuidado, vínculos, reconocimiento y sentido.

  • No quiere ser un expediente.
  • No quiere ser una carga.
  • No quiere ser un segmento.
  • Quiere seguir siendo alguien.
  • Ahí empieza todo. Y ahí fallamos demasiadas veces.

Uno de los momentos más interesantes del acto fue escuchar a Michel Poulain, demógrafo belga y uno de los padres del concepto de Zonas Azules. Para mí, probablemente, lo más sugerente de la jornada.

Conviene explicar bien esto de las Zonas Azules porque el concepto se ha puesto de moda. Y ya sabemos lo que pasa cuando algo se pone de moda: se simplifica, se empaqueta, se vende, se turistifica y, si nos descuidamos, se estropea.

Las Zonas Azules son territorios donde se han identificado concentraciones excepcionales de personas longevas. Pero no son una postal. No son una receta mediterránea. No son una señora centenaria sonriendo junto a un huerto para que todos nos emocionemos un poco en Instagram. Ikaria, Nicoya, Cerdeña, Loma Linda, Okinawa son otra cosa.

Poulain nos recuerda que la longevidad no depende solo de la genética, ni del hospital, ni del fármaco, ni de vivir obsesionados con medirlo todo. Depende de un ecosistema de vida.

  • Comer sencillo.
  • Moverse sin llamarlo deporte.
  • Tener comunidad.
  • Sentirse parte de algo.
  • Mantener vínculos.
  • Tener propósito.
  • No ser expulsado socialmente por cumplir años.
  • Vivir en lugares donde la vida cotidiana no está diseñada contra el cuerpo mayor.

Esa es la clave.

No viven más porque hayan comprado un producto milagroso. Viven más porque el entorno, la cultura, los hábitos y las relaciones ayudan a vivir mejor.

Y aquí aparece el peligro: creer que podemos copiar una Zona Azul como quien copia un resort, una dieta, una marca territorial o una operación inmobiliaria.

No se puede, nos dijo Poulain. La longevidad no se copia. Se cultiva. Se diseña y planifica. Y se sostiene. Y se sostiene con vivienda adecuada, barrio amable, comercio próximo, cuidados profesionales, prevención, tecnología útil, movilidad, comunidad, seguridad económica y una cultura que no trate a los mayores como población sobrante.

Porque esa es una de nuestras grandes contradicciones: hemos alargado la vida, pero no siempre hemos ensanchado el lugar social de quienes viven más. Hemos ganado años. Ahora toca ganar vida.

Por eso me preocupa el riesgo del Gerontopark. Permítanme la palabra, la usó Poulain todo el rato. El Gerontopark sería ese lugar aparentemente maravilloso, supuestamente pensado para mayores, pero donde los mayores no han pensado nada.

Esto de la longevidad está todo lleno de palabras estupendas: bienestar, autonomía, comunidad, propósito, envejecimiento activo, Silver Living, senior resort, atención centrada en la persona. Todo muy bonito. Todo muy vendible. Todo muy de folleto. Pero luego uno rasca un poco y descubre lo de siempre: se habla por ellos, se decide por ellos, se diseña por ellos y se comercializa para ellos. Pero no se hace con ellos.

Y eso no es longevidad inteligente. Eso es paternalismo con buena arquitectura. A veces, incluso, con wifi.

El Silver Living es una oportunidad extraordinaria. Lo creo de verdad. Las nuevas soluciones residenciales son necesarias. La tecnología aplicada a los cuidados es imprescindible. La atención domiciliaria debe evolucionar. Las residencias tienen que dejar de parecer, en demasiados casos, la última estación del viaje. Las ciudades deben hacerse más amables. Todo eso es verdad.

Pero cuidado.

  • No basta con poner “silver” delante de un producto.
  • No basta con poner sensores.
  • No basta con poner actividades.
  • No basta con poner gimnasio, cafetería agradable y sala multiusos.
  • No basta con prometer comunidad.

La atención centrada en la persona no se proclama. Se practica. La autonomía no se decora. Se respeta.

Debemos impulsar una Red Iberoamericana de Territorios de Longevidad Inteligente. Pero no una red solo para hablar sino para hacer. Pilotos concretos. Medibles. Comparables. En barrios, municipios rurales, ciudades intermedias, promociones de Silver Living, entornos residenciales y comunidades locales.

No necesitamos otra enciclopedia de buenas intenciones. Necesitamos lugares donde probar, medir, corregir y escalar.

Cada territorio debería trabajar, al menos, cinco asuntos, como he explicado muchas veces en estas páginas:

  1. Vivienda y entorno. Casas accesibles, adaptables, seguras, conectadas con servicios, pero sin convertir el hogar en una clínica.
  2. Cuidados y salud preventiva. Detección de fragilidad, coordinación sociosanitaria, apoyo domiciliario, respiro familiar y atención realmente centrada en la persona. Realmente. No en el folleto.
  3. Comunidad. Programas contra la soledad que no sean solo llamar por teléfono de vez en cuando. Vida de barrio. Relaciones intergeneracionales. Participación. Comercios que conozcan. Vecinos que miren. Instituciones que acompañen.
  4. Tecnología útil. Age tech sencilla, comprensible, amable. Tecnología que ayude, no que complique. Que acompañe, no que vigile. Que dé autonomía, no que recuerde constantemente a la persona que ya no puede.
  5. Escucha. La más importante. Consejos de mayores, entrevistas, observación, co-diseño, medición de experiencia. Personas mayores participando en las decisiones, no solo apareciendo en la foto.

Y todo esto midiendo:

  • Medir autonomía.
  • Medir bienestar.
  • Medir soledad.
  • Medir salud percibida.
  • Medir carga familiar.
  • Medir participación.
  • Medir satisfacción.
  • Medir continuidad de cuidados.
  • Medir vida.

Porque sin medición la longevidad inteligente se convierte en literatura. Y literatura ya tenemos mucha, incluidos mis textos.

Las Zonas Azules de Poulain no deben copiarse. Deben inspirarnos. Nos enseñan algo sencillo y profundo: la longevidad buena no nace de un producto, sino de una forma de vida. No nace de un edificio, sino de un ecosistema. No nace de aislar a los mayores en espacios bonitos, sino de mantenerlos dentro de la vida.

Las personas mayores tienen que estar dentro de la ciudad, dentro del barrio, dentro de la familia si así lo desean, dentro del consumo, dentro de la cultura, dentro de la tecnología, dentro de la conversación, dentro del diseño.

AILI puede ser útil si evita convertirse en otro foro bienintencionado. Puede ser útil si conecta conocimiento con proyectos. Si junta empresa, universidad, administración y sociedad civil. Si baja de la declaración a la obra. Si entiende que la longevidad no es un tema de mayores, sino un tema de todos. Porque todos, con suerte, vamos hacia allí.

Y porque hacerse mayor no debería ser una aventura individual en un sistema que improvisa. Debería ser una experiencia socialmente acompañada, económicamente viable y profundamente humana.

Hemos ganado años a la vida. Ahora toca ganar vida a los años. Pero no lo lograremos copiando Zonas Azules, fabricando Gerontoparks o llenando el mercado de etiquetas plateadas. Lo lograremos diseñando territorios donde envejecer no signifique desaparecer. Donde cuidar no signifique agotar. Donde vivir más no signifique vivir peor. Donde la persona mayor siga siendo persona antes que usuaria, paciente, residente, dependiente o cliente. Esa debería ser la verdadera longevidad inteligente.