Antonio Campos
Opinión

No te fíes ni de tu padre

Antonio Campos
No te fíes ni de tu padre. Foto: Bigstock

Era una mujer guapa, alta, bien formada, física e intelectualmente, con un cuerpo que sabía lucir, lo que la convertía en el centro de todas las miradas de la universidad, de envidia por parte de sus compañeras y de deseo por todos los hombres, y algunas mujeres, de aquel entorno.

Había nacido con el siglo, hija mayor de un matrimonio formado por un perito agrícola y una mercantilista empleada de banco, con trabajos consolidados y amplia experiencia en sus profesiones. Una infancia feliz, desahogada económicamente, sin deseos incumplidos dentro de una familia integrada por sus progenitores, sus tres hermanas y su abuela materna, que era la que imponía carácter de matriarcado en el hogar.

El padre viajaba mucho por temas profesionales, estudiando, analizando y dictaminando sobre las hanegadas de naranjos, las hectáreas de olivos, fanegas de alfalfa, retamas y plantas de campo en cotos de caza.

Como quiera que la soledad no deseada es muy mala compañera, que antes del anochecer estaba ya ocioso y de vuelta al hotel, y las vírgenes únicamente se encuentran en las ermitas románicas y en pequeñas iglesias de pueblo, un día se dijo que no tenía más importancia meter un gol en campo ajeno, al fin y al cabo, se lava y nunca se acaba, y nadie se iba a enterar.

Al haber jugado ese partido de forma satisfactoria y sin ningún tipo de problema, se aficionó a esa nueva liga en las diferentes ciudades que visitaba, pero no tuvo en cuenta que tenía que volver a esos mismos sitios con cierta frecuencia, en cumplimiento de sus labores profesionales, y una portera que le paraba los penaltis no se conformó con un relajo futbolístico cada cierto tiempo y cuando quiso darse cuenta le había comido el seso y el sexo, y acabó divorciándose de su mujer.

Su mujer había sido un bellezón en su juventud, hasta tal punto que la apodaban “la polvorona”, pues más que un polvo tenía un polvorón, que se había dedicado en cuerpo y alma a su trabajo en el banco, a cuidar de sus retoños, de su marido, de su madre, y a vivir de forma acomodada en un nivel medio-alto que le permitía llevar a sus hijos a colegios privados.

El divorcio le llegó por sorpresa, sin esperárselo, sin asumir que otra mujer pudiera darle a su marido algo que ella estaba convencida le había entregado en su totalidad. Cayó en una gran y larga depresión en la que se abandonó como persona, engordó de una forma rápida, dejó de maquillarse y presentaba un aspecto ajado y descuidado. Económicamente, perdió cierto poder adquisitivo, pero entre su sueldo, la pensión que le pasaba su exmarido y la de su madre, no echaba a faltar grandes necesidades.

Las desgracias nunca vienen solas

Hubo un punto de inflexión en su vida. Con la crisis económica y financiera derivada de la pandemia por coronavirus, dejó de recibir la pensión de su antiguo cónyuge, al que despidieron de su trabajo y se acogió a la situación legal de Concurso de Acreedores a título personal.

Las desgracias nunca vienen solas, el coronavirus se llevó a su madre al mundo de los muertos lo que, de nuevo, la sumió en otra depresión, y se quedó sin los ingresos de la pensión de la difunta.

Un día, los compañeros de la universidad privada en la que estudiaba su hija, se preguntaron qué le podía haber pasado, pues hacía días que no aparecía por allí. Nadie había vuelto a saber nada de ella y, como hace años indicaban los carteros cuando devolvían una carta por no haber encontrado a su destinatario, “se ausentó sin dejar señas”.

En el banco, todos los clientes preguntaban por la eficiente gestora, pues llevaba muchos años en la misma oficina, conocía a todos ellos y todos ellos la conocían a ella, con la que tenían una confianza extrema, tanto por sus conocimientos financieros y operativos como por la exquisita forma con que los trataba. Había hasta quien, para no esperar su turno en la ventanilla de Caja, le dejaba el dinero para que se lo ingresara en cuenta y “ya me pasaré otro día por aquí para que me des el justificante del ingreso”.

¿Está de vacaciones? ¿Está enferma? ¿La han trasladado a otra oficina?, preguntaban los clientes. Su sustituta era una veterana con cara cartón, trasladada de una oficina de fuera de la ciudad, que por toda contestación decía: Ya no trabaja aquí, no sabemos si tendrá otro trabajo. No sé qué decir, no está la España sanchista para dejar un trabajo como ese, fijo, seguro, bien pagado, con aire acondicionado en verano y calefacción en invierno.

La España de las tres "C"

Imaginemos que la vida te golpea de tal forma que, de un día para otro, pierdes tu estatus social, que, por la circunstancia que sea, dejas de ingresar el dinero que te permitía llevar la vida que hasta ese momento disfrutabas. Y que ves pasar delante de tus ojos millones y millones de euros manejados por semianalfabetos, por La España de las tres -C- (cerveza, cemento y corrupción), por personas que no han trabajado en toda su vida y se llevan tus impuestos, por pensionistas que se quejan de su pensión y han estado defraudando a todos los españoles no pagando la seguridad social y que tienen dinero negro en las cajas de alquiler del banco …. Todos más ceporros que tú, que tienes necesidad de dinero en ese momento en el que se te cruzan los cables mentales.

Sigamos imaginando que un empleado, gestor, apoderado, director de un banco se dedica a controlar a aquellos clientes que han fallecido por coronavirus. Que les solicita una tarjeta de débito o de crédito, que se apodera de ella cuando llega a la oficina desde su central; que saca dinero, no en cifras que salten a la vista, pero sí muchas veces y de muchas cuentas. El muerto no lo va a comprobar ni se va a quejar, y cuando los herederos soliciten el certificado para establecer el caudal hereditario, solo necesitan el saldo, no los movimientos; todo perfecto.

Continuemos suponiendo que los bancos están prejubilando a los empleados de más edad e incorporando jóvenes universitarios, con idiomas, licenciados en matemáticas e informática, que los envían a las oficinas a hacer un training para que conozcan el negocio antes de ponerlos a estudiar fórmulas y desarrollar logaritmos para la banca del futuro, y que uno de ellos, casualidades de la vida, lo destinan a una oficina en la que tiene cuenta su difunto abuelo, y él, lógico, mira las posiciones del muerto, dinerarias no con los que alcanzó el sueño eterno, y ve que hay movimientos posteriores a la fecha del fallecimiento, y ….. se descubre el pastel.

Entra en escena inspección interna, algo similar a auditoría; la diferencia estriba en que inspección es la revisión del cien por cien de las operaciones realizadas durante un periodo determinado, y auditoría revisa operaciones por muestreo aleatorio, elevando a conclusiones finales los errores detectados en función del periodo y volumen analizado, por lo que es muy frecuente la justificación de “no entró en la muestra” cuando se evidencia un fallo no detectado en su momento.

El banco no quiere escándalos, le dice al empleado que firme la baja voluntaria sin indemnización o que presentará denuncia ante la policía; y el empleado, para evitar el escarnio público, firma, y aquí paz y en el cielo gloria.

Siempre, estos casos se dan entre el personal más capacitado y preparado, que más sabe sobre la operatoria interna, que cierra el círculo para que no haya fisuras por las que puedan cogerlo. Salvo imprevistos, como en el caso que nos ocupa.

Aumento de delitos informáticos

Detrás de estas actuaciones hay temas relacionados con el juego, las drogas, las mujeres, la homosexualidad y un nivel de vida por encima de las posibilidades, en este orden. Y, desde hace un tiempo, aumentan los delitos informáticos, como ese que desviaba diez céntimos de euro en cada liquidación de cada cliente de toda España a una cuenta “opaca” a simple vista, tras la que se escondía su propio lucro.

Pero que nadie se asuste con las trampas e infidelidades que se producen en el sector bancario, en oficinas y en servicios centrales. Hay empleados infieles en todos los sectores, gente que cobra “astillas” en muchas empresas privadas y públicas, políticos que llegan pobres a cargos públicos y salen ricos. Y no hablemos de las empresas, esas constructoras que cuando el Estado tardaba año y medio en pagar, ellos cobraban a los quince días y llegaban al banco diciendo: Tal día recibirás el importe de la certificación; o el promotor cuyo arquitecto certificaba obra por 20.000 m/2 y lo realmente construido eran 5.000 m/2; o el partido político que no pagaba los préstamos y que se renovaban junto con los intereses impagados y que ningún periodista se ha preocupado de ver dónde están contabilizados según la CIR; o aquel ejecutivo -llamadme presidente- que tiró la pared de un edificio muy alto para poder meter un gimnasio en su despacho, por cuenta de la empresa; o el silencio que tengo que poner en mi boca para acabar dignamente estas líneas como alerta para el público en general, sin conculcar el secreto profesional pero repitiendo aquello que me enseñó mi progenitor: No te fíes ni de tu padre.

Sobre el autor:

Antonio Campos

Antonio Campos

Antonio Campos nació en Ciudad Real, en la España del queso amarillo y la leche en polvo de los americanos. Licenciado en Económicas, Diplomado en Humanidades, PDG por el IESE. 

Ha trabajado durante muchos años en un importante grupo multinacional del sector financiero, al que reconoce estar agradecido por haberle dado la oportunidad de desarrollarse profesional, académica, personal y humanamente. 

Conseguida cierta estabilidad profesional y dineraria, volvió a su verdadera pasión de juventud, escribir; desde entonces, han sido cuatro libros y unos dos mil artículos de opinión, económica y política, publicados en diferentes medios de comunicación, pretendiendo conjugar la libertad individual o personal (el progresismo) con la libertad económica (el conservadurismo), elogiando las ideas y no las ideologías.

Y lo hace, dice, pretendidamente independiente, ideológica y socialmente, con la libertad de quien tiene libre el tiempo, el pensamiento y la palabra.

… saber más sobre el autor