Antonio Campos
Opinión

La riqueza del idioma español

Antonio Campos
La riqueza del idioma español

El idioma se articula con palabras y la palabra es la unidad mínima del significado de una lengua. La palabra es considerada específicamente como un conjunto de sonidos que expresan una idea. Por ello, utilizar los términos con precisión impide que quien escucha se equivoque en la interpretación de los significados. El aporte más importante que puede hacer una persona al idioma es hablar bien en la vida cotidiana, es decir, expresar correcta y claramente sus ideas para evitar cualquier confusión. Hay que hablar teniendo en cuenta que la palabra es el vínculo y que, entendida como tal, mejora y profundiza la comunicación. La riqueza de nuestro idioma, Fundación BBVA.

Es famoso lo acontecido con una clienta de un asador de Valladolid, que pidió a un joven trabajador que dispensaba la mercancía, un pollo. El chaval le preguntó si le gustaban grandes, a lo que ella respondió que sí. Y el otro le contestó: “Entonces, te voy a dar un pollazo …”

La clienta se sintió ofendida y puso una denuncia. El trabajador dice que “le quería dar mi mejor pollo, por eso pregunté si le gustaban grandes. Creo que esto ha sido un malentendido que se ha llevado demasiado lejos”.

Los que aprendimos ortografía con el Miranda Podadera, sabemos utilizar los signos de puntuación para poder decir una cosa y la contraria, con la misma frase:

Tres amigas casaderas, Tania, Rita e Irene, conocieron a un joven y apuesto caballero, y las tres se enamoraron de él. Pero el caballero no se atrevía a decir de cuál de las tres estaba enamorado, por lo que les escribió un poema con sus sentimientos, aunque “olvidó” consignar los signos de puntuación, y pidió a las tres que cada una de ellas añadiese los que considerase oportunos. 

Tres bellas qué bellas son

me han exigido las tres

que diga de ellas cual es

la que ama mi corazón

si obedecer es razón

digo que amo a Tania

no a Rita cuya bondad

persona humana no tiene

no aspira mi amor a Irene

que no es poca su beldad

Tania leyó así la carta:

Tres bellas, ¡qué bellas son!,

me han exigido las tres

que diga de ellas cuál es

la que ama mi corazón.

Si obedecer es razón,

digo que amo a Tania;

no a Rita, cuya bondad

persona humana no tiene;

no aspira mi amor a Irene,

que no es poca su beldad.

Rita lo hizo de la siguiente forma:

Tres bellas, ¡qué bellas son!,

me han exigido las tres

que diga de ellas cuál es

la que ama mi corazón.

Si obedecer es razón,

¿Digo que amo a Tania?

No. A Rita, cuya bondad

persona humana no tiene.

No aspira mi amor a Irene,

que no es poca su beldad.

Irene se consideró la afortunada:

Tres bellas, ¡qué bellas son!,

me han exigido las tres

que diga de ellas cuál es

la que ama mi corazón.

Si obedecer es razón,

¿Digo que amo a Tania?

No. ¿A Rita, cuya bondad

persona humana no tiene?

No. Aspira mi amor a Irene,

que no es poca su beldad.

Al final tuvo que ser el caballero el que puso los signos de puntuación por él deseados:

Tres bellas, ¡qué bellas son!,

me han exigido las tres

que diga de ellas cuál es

la que ama mi corazón.

Si obedecer es razón,

¿Digo que amo a Tania?

No. ¿A Rita, cuya bondad

persona humana no tiene?

No. ¿Aspira mi amor a Irene?

¡Qué!… ¡No!… Es poca su beldad.

El idioma español es tan rico que cualquier palabra puede significar varias cosas, cualquier cambio de un signo de puntuación puede modificar el sentido de una frase. Y se judicializan temas de los que los jueces deben estar hasta cierta parte de dedicar su tiempo a chorradas varias, en unos momentos en los que llamar “guapa” a una mujer podría considerarse violencia de género, pero insultar al Rey, desear la muerte de un policía o insultar con todo tipo de improperios a cualquier opositor político es libertad de expresión.

Durante el periodo franquista, cuando se hablaba en público y sobre todo cuando se escribía, había que tener mucho cuidado con lo que se decía, utilizando palabras polisémicas que pudieran ser una defensa ante la censura. Genial aquello de La Codorniz de “Reina un fresco general procedente del norte de España”. Ahora, en cambio, nos asfixiamos con un sudor viscoso procedente de emanación artificial.

Sobre el autor:

Antonio Campos

Antonio Campos

Antonio Campos nació en Ciudad Real, en la España del queso amarillo y la leche en polvo de los americanos. Licenciado en Económicas, Diplomado en Humanidades, PDG por el IESE. 

Ha trabajado durante muchos años en un importante grupo multinacional del sector financiero, al que reconoce estar agradecido por haberle dado la oportunidad de desarrollarse profesional, académica, personal y humanamente. 

Conseguida cierta estabilidad profesional y dineraria, volvió a su verdadera pasión de juventud, escribir; desde entonces, han sido cuatro libros y unos dos mil artículos de opinión, económica y política, publicados en diferentes medios de comunicación, pretendiendo conjugar la libertad individual o personal (el progresismo) con la libertad económica (el conservadurismo), elogiando las ideas y no las ideologías.

Y lo hace, dice, pretendidamente independiente, ideológica y socialmente, con la libertad de quien tiene libre el tiempo, el pensamiento y la palabra.

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