El sentido de la vida en los mayores
Recientemente, la plataforma Som Salut Mental 360 ha elaborado el informe Miradas. Respuestas a los desafíos de la salud mental en las personas mayores, documento impulsado por la orden hospitalaria San Juan de Dios España y la Fundación Hospitalarias. 65YMAS se ha hecho eco de esta publicación en un artículo firmado por el periodista Noel Castro.
En el informe se destacan, entre otras cuestiones, los determinantes psicosociales de la salud mental de las personas mayores, tema al que el profesor Manuel Sánchez Pérez, director de la Cátedra de Psicogeriatría UAB-FH y presidente de la Sociedad Española de Psicogeriatría, dedica un apartado. Sánchez escribe que la soledad y el aislamiento social se asocian con una peor salud mental y física, incluidos el alcohol y el abuso de drogas, tendencias suicidas, mala nutrición, estilo de vida sedentario, trastornos del sueño y empeoramiento funcional global. Y, más adelante, agrega un punto que, en mi opinión, es de especial relevancia: el sentido de la vida. Este se podría definir como el valor y la importancia atribuida a la propia vida y el significado central de la propia existencia personal. El significado de la vida influye en el bienestar psicológico, el optimismo, la satisfacción con la vida, la autoeficacia, así como la salud física y mental. Las personas con un alto nivel de significado en la vida presentan más felicidad, menos depresión, ansiedad y estrés, señala Sánchez Pérez.
Preguntarnos por el sentido de la vida es interrogarnos sobre aquello que nos ayuda a vivir aun cuando nos encontremos frente a circunstancias absolutamente adversas o trágicas, como las que sufrió el psicólogo Víctor Frankl, prisionero en el campo de concentración de Auschwitz. Frankl escribió un libro, El hombre en busca de sentido, publicado en España en el año 1979, en el que explicaba su experiencia en el campo de exterminio. En el prólogo, escrito por Gordon W. Allport, se escribe que Frankl sintió en su propio ser lo que significaba una existencia desnuda. Transcribo las palabras del autor: “Literalmente hablando, lo único que poseíamos era nuestra existencia desnuda. ¿Qué otra cosa nos quedaba que pudiera ser un nexo material con nuestra existencia anterior? Por lo que a mí se refiere, tenía mis gafas y mi cinturón, que posteriormente hube de cambiar por un pedazo de pan”. De esa existencia anterior cabe añadir que Frankl había perdido a sus familiares más próximos: sus padres, su hermano, incluso su esposa, habían muerto en los campos de concentración o fueron enviados a las cámaras de gas, de tal suerte que, salvo una hermana, todos perecieron. ¿Cómo pudo él —que todo lo había perdido, que había visto destruir todo lo que valía la pena, que padeció hambre, frío, brutalidades sin fin, que tantas veces estuvo a punto del exterminio—, cómo pudo aceptar que la vida fuera digna de vivirla?
En efecto, ¿qué puede hacer un ser humano cuando, de pronto, se da cuenta de que no tiene "nada que perder excepto su ridícula vida desnuda"? Pero, ¿acaso no es esta la realidad de los niños de Gaza, del Cuerno de África o del Sahel? ¿Qué sentido puede tener para ellos la vida cuando el hambre sacude sus estómagos vacíos? Y, situándonos en los mayores, ¿qué sentido darle a la propia vida cuando lo han perdido todo o casi todo, cuando están solos en su vivienda o en la residencia, cuando ya no reciben visitas ni nadie se acuerda de ellos salvo, eso sí, cuando unos voluntarios de Cruz Roja o de Amigos de los mayores, llaman a su puerta para desearles feliz Navidad?
Sí, la vida conlleva sufrimiento, incluso para aquellos billonarios que sueñan con organizar viajes a Marte. Tampoco ellos, unos pocos, están a salvo del sufrimiento, pero, como alguien escribió, sobrevivir es hallarle sentido al sufrimiento. Sin embargo, nadie puede decirle a nadie en qué consiste este objeto: cada uno debe hallarlo por sí mismo y aceptar la responsabilidad que su respuesta le dicta. Si triunfa en el empeño, seguirá desarrollándose a pesar de todas las indignidades. Frankl gustaba de citar a Nietzsche: "Quien tiene un por qué para vivir, encontrará casi siempre el cómo".
Sí, y ese cómo no puede desligarse de otro concepto relevante: el sentimiento de comunidad, desarrollado por Alfred Adler, discípulo de Freud. Adler escribió que al llegar al mundo no encontramos en él sino aquello con que nuestros antepasados han contribuido a la evolución y al progreso de la humanidad y que ya este mero hecho bastaría para ilustrarnos sobre el modo de fluir de la vida y sobre la manera cómo nos acercamos a un estado en que cada vez son mayores las aportaciones al bienestar común, en que la capacidad de cooperación crece de día en día y que el individuo se siente, en mayor grado que antes, como parte de una totalidad.
Claro que, para que esto sea factible, para que todo ser humano, aun cuando haya cumplido noventa años y su salud se halle en estado precario, se pueda beneficiar de ese sentimiento de comunidad, es necesario, en mi opinión, que otros le reconozcan lo que ha aportado, y no me refiero a que deba colocarse su nombre en la placa de una calle o plaza, sino al hecho de que desde su más próximo entorno se le tenga en cuenta, que se le llame por su nombre y no por el número de cama que ocupa en una residencia o centro sociosanitario, que sus familiares le recuerden aquel día en que se reunieron todos alrededor de una mesa para celebrar un aniversario, no necesariamente el de él o ella; que, de vez en cuando, alguien le hable de aquellos días en los que compartieron alegrías o sufrimientos. En definitiva, que alguien o algunos le hagan sentir que sigue vivo y que forma parte de la comunidad. Ese “ser para otros” es la base, el fundamento de todo sentido de vida, es lo que nos sostiene, lo que nos hace decirnos a nosotros mismos: “¡Qué alegría, hoy también puedo ver el sol!”.
