A propósito del Ministerio de Longevidad

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A propósito del Ministerio de Longevidad Miia

El pasado día 16 de octubre, 65YMAS publicó un interesante artículo, firmado por Estrella Martín Segurado, psicóloga especializada en talento sénior y gerontóloga, en el que planteaba la necesidad de que el Gobierno de España tenga un Ministerio de Longevidad y Envejecimiento sostenible. Martín lanzaba esta propuesta, que ella misma consideraba provocadora, recordándonos algunos datos que, en varias ocasiones, este diario ha puesto sobre la mesa.

En primer lugar, que en España hay ya más de diez millones de personas de 65 años o más, y que ello representa el 21,1% de la población; este porcentaje seguirá aumentando y se calcula que en 2076, podría alcanzar el 30,9%.

En segundo lugar, que la longevidad exige una planificación de país y, también, una continuidad. Este punto es crucial: la planificación de país requiere tiempo de análisis, establecimiento de prioridades y, además, el tener en cuenta aquellos factores que van más allá de nuestra realidad sociodemográfica (factores geopolíticos, climáticos, etc.).

En tercer lugar, Martín defiende que el envejecimiento sostenible significa crear las condiciones para que una vida más larga pueda sostenerse con salud, autonomía, seguridad económica, vínculos y oportunidades de participación. Totalmente de acuerdo con la autora. Este bloque tiene un enorme peso específico en tanto es aquí donde se juega principalmente la partida. Detengámonos en cada uno de los puntos.

Salud. No podemos negar el papel que desempeña la genética en cómo envejecemos, pero, como nos advierte Martín, los hábitos, el entorno y las condiciones sociales tienen un peso fundamental. Muchas veces se nos recuerda que se envejece como se ha vivido. Cierto, las personas que, a lo largo de su vida, han tenido unos hábitos poco saludables tendrán, muy probablemente, un envejecimiento plagado de complicaciones; así, por citar dos ejemplos de todos conocidos, si se ha sido fumador durante años se padecerán problemas respiratorios que pueden ir desde la EPOC (enfermedad pulmonar obstructiva crónica) al cáncer de pulmón. Y si se ha sido consumidor de alcohol y de otras sustancias tóxicas se podrán producir alteraciones hepáticas (hígado graso, hepatitis alcohólica cirrosis), cerebrales (alteraciones cognitivas, síndrome de Korsakoff, demencia), cardíacas (miocardiopatías, hipertensión arterial), pancreáticas (pancreatitis) y, finalmente, aumento del riesgo de padecer diferentes tipos de cáncer.

Autonomía. Es otro aspecto de gran relevancia. La autonomía personal es la capacidad de decidir sobre la propia vida y realizar las actividades cotidianas de forma independiente; sin embargo, es obvio que esa capacidad puede verse menguada con el paso de los años y ello por diversos factores. Así, la pérdida de capacidades cognitivas va a afectar inevitablemente la toma de decisiones. En este sentido, conviene tener muy en cuenta que, en muchos casos de procesos de deterioro cognitivo, lo primero que se afecta es la capacidad para la toma de decisiones adaptativas, es decir, aquellas que no tienen una respuesta intrínsecamente correcta, por ejemplo, decidir sobre un cambio de domicilio o la revisión del testamento. De ello se infiere la necesidad de tomar cierto tipo de decisiones antes de que aparezcan los primeros signos de deterioro cognitivo. Un ejemplo, las voluntades anticipadas o la adopción de medidas de soporte.  Por otro lado, la pérdida de la autonomía personal coloca a la persona en situación de dependencia de otros y, estos, a su vez, pueden verse desbordados por el peso de los cuidados, como ha sido señalado en anteriores artículos publicados en este mismo diario. En consecuencia, el futuro –deseable– Ministerio de Longevidad debería tener muy en cuenta estas variables.

Seguridad. Aquí debemos considerar dos tipos de seguridad: la económica y la de la propia persona, tanto en lo físico como en lo mental. Es claro que un envejecimiento saludable no es factible en un contexto de penuria económica. Por tanto, las políticas referentes a las pensiones tienen y tendrán un peso evidente en la calidad de vida de los mayores. Deberemos estar muy atentos a cómo las diferentes formaciones políticas dan respuesta a esta cuestión.

Por otro lado, está el tema de los malos tratos a las personas mayores, tema en el que trabajo desde hace varios años en un equipo especializado (SEAP). Quiero destacar que la mayor parte de casos de malos tratos a mayores tiene lugar en el propio hogar familiar; así, en ocasiones es alguno o algunos de los hijos quienes maltratan a los padres; en otros, es la pareja, y, finalmente, en los casos restantes es alguien que forma parte del núcleo socio-familiar (vecino, amigo o amiga, nietos, sobrinos, etc.). No deja de sorprender que las administraciones no hayan todavía elaborado un marco legal específico, como sí existe para los menores y para los casos de violencia machista. Seré más tajante: en algunas ocasiones hemos comprobado cómo se producen “retrasos” o “dudas” a la hora de proteger a una anciana que es víctima de maltrato; en cambio, esas dudas no se producirían si la mujer tuviera 30 o 40 años.

Vínculos y oportunidades de participación. Somos seres sociales, aunque, algunos, decidan vivir aislados en una montaña. Necesitamos de los otros, de su reconocimiento, de su afecto o, incluso, de su animadversión porque, para ser objeto de la hostilidad del otro es preciso ser tenido en cuenta por ese otro. Y, es preciso defenderlo tantas veces como sea necesario, los mayores podemos y queremos participar en la vida social y política de nuestra sociedad. No somos solamente consumidores de viajes o votantes ocasionales, somos, también, protagonistas de lo que acontece día a día y exigimos que se escuchen nuestras propuestas ya sea a partir de los “consejos” de personas mayores, de las mesas de salud o de los programas intergeneracionales. En estos, y en muchos otros escenarios, consiste nuestra participación.

Hemos de felicitar a Estrella Martín Segurado por su “provocadora” propuesta, que debería ser bien escuchada por las formaciones políticas que, de manera insistente, nos piden nuestros votos; pero, ¡cuidado!, estos no son un cheque en blanco.

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