Hace días entré en la página web de una compañía de seguridad. No había terminado de rellenar un cuestionario, no di a la tecla de “enviar” y ya me estaban llamando por teléfono. Me llamaban más de diez veces al día, una pesadilla, y solo dejaron de hacerlo cuando les amenacé con denunciarlos. Después entré en la web de una compañía de aviación a consultar vuelos de agosto y me empezaron a llegar correos publicitarios de otras empresas distintas, dedicadas a viajes y reservas de hoteles. Un asalto a mi intimidad: cualquiera puede saber lo que busco. Ahora voy al baño sin móvil ni portátil. Seguro que al salir recibo mensajes de diuréticos, laxantes o el más terrible: el tamaño sí importa. ¡Socorro!

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