Tengo rabia
Quisiera no empezar manifestando mi rabia pero no puedo. Viendo cómo se analiza la crisis de Ceuta desde los medios de comunicación y escucho en mi entorno, me queda claro lo que una señora mayor me dijo una vez: "A las personas no les gusta que te vaya mejor que a ellos". Lo confirmo estos días. Salvando las distancias, lo veo también cuando al regresar de vacaciones se te quejan de la cantidad de turistas en las calles de Roma o en las playas de Mallorca. ¿Y si detrás del edadismo hubiera la misma idea?
Desde que llegué a este mundo de la gerontología he visto cómo la edad es simbólicamente una frontera que separa y que no nos permiten tumbarla con todos sus fundamentalismos. No nos gusta que la gente prospere su situación o disfrute con los mismos derechos que lo hacemos el resto, del descanso, y eso no se puede sostener más tiempo sin cuestionarlo ni combartirlo. Con ese objetivo me puse a escribir esta tarde de domingo.
El edadismo, por si alguien todavía no conoce el término, es el rechazo del otro, de la persona envejeciendo. Sucede pronto y nos condena a todos. Si no queremos decir la edad, por ejemplo, en otra escala, es como el rechazo que vive el migrante. Ambos luchan por pasar desapercibidos y que no se note que somos de fuera o nos arrugamos. Pero cuando el color de piel, la nacionalidad y la edad se suman, se complica mucho, restando derechos y calidad de vida.
Las personas migran y los cuerpos envejecen, ambas cosas forman parte de lo natural. Uno no sabe cuándo la situación en su país de origen se complica, y se plantea migrar porque quiere progresar o porque se ve obligado a huir por razones de seguridad. Con la edad y sus consecuencias sucede algo parecido. No podemos parar el reloj, pero sí asumirlo desde una aceptación radical y diseñar nuestro proyecto de vida libre. Algo que los migrantes también tienen el derecho a hacer.
