Sociedad

Cinco oficios que ya no existen

Marta Vicente

Lunes 29 de marzo de 2021

5 minutos

Estos oficios tradicionales de la España del siglo pasado ya son un mero recuerdo

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Marta Vicente

Lunes 29 de marzo de 2021

5 minutos

El mundo avanza y con él las profesiones. Muchos oficios que eran típicos en los pueblos y ciudades de España durante el siglo XX, ya solo existen en la memoria de los que vivieron esa época. Las nuevas tecnologías, la maquinaria y, en definitiva, el paso del tiempo, han conducido a la desaparición de profesiones tradicionales de nuestro país. Estos son algunos ejemplos de cuando las máquinas aún no habían sustituido al ser humano.

1.- Pregonero

En los tiempos en los que no existía el Whatsapp o las redes sociales, en una época en la que la información no era, ni de lejos, tan instantánea como la de ahora,–que corre a la misma velocidad si estás en Alpedrete que en La Patagonia–, la figura del pregonero era imprescindible para mantener informados a los vecinos. Estos señores –también había alguna mujer– eran los bandos del alcalde y se caracterizaban por ir siempre acompañados de su inseparable corneta, con la que emitía el sonido de alarma al que le seguía la clásica frase “Por orden del señor alcalde, se hace sabeeeeer…”.

El pregonero era una de las profesiones más populares en los pueblos de España. Ejercía de altavoz y se encargaba de comunicar sucesos del pueblo –por ejemplo, si se perdía un animal– también de las noticias de interés para los ciudadanos, así como los avisos que el alcalde quisiera transmitir. 

Desde tiempos del Imperio Romano, el pregonero ha sido el medio de comunicación y publicidad más eficiente. Esta figura esencial de la sociedad española tradicional dejó de ser necesaria con la llegada de los grandes medios de comunicación, la radio y televisión, que acabaron con la desaparición total del pregonero en la segunda mitad del siglo XX.

Aun así, en algunos lugares se conserva esta figura en fiestas y celebraciones por tradición.

2.- Sereno

Era un vigilante nocturno que hacía su ronda por las calles de la ciudad para velar por la seguridad, ejercía de portero abriendo las puertas a los vecinos y se encargaba del alumbrado público. 

La frase popular “te han tomado por el pito del sereno” hace referencia a este profesional, que siempre tocaba el silbato para avisar de los altercados en las calles. Sin embargo, lo acabaron usando ante cualquier situación, grave o no, por lo que la policía optó finalmente por ignorar este sonido. A finales del siglo XX, esta figura prácticamente desapareció.

Sereno de Madrid. (Foto: Juan Miguel Pando Barrero. IPCE, Ministerio de Cultura y Deporte)

3.- Lechero

Otro de los oficios tradicionales de las zonas rurales en el siglo pasado es el lechero o lechera. Sus labores consistían en ordeñar la leche de vacas, cabras y ovejas y recogerlas en recipientes. Después, las repartían a pie o en bicicleta de casa en casa para que a ninguna familia le faltara este alimento básico.

A partir de los años 60, las modernas técnicas de las industrias lácteas y la entrada en vigor de una nueva ley de salud pública, obligaron a estos lecheros a desaparecer.

4.- Telefonistas

Hace no mucho tiempo, para hablar con una persona por teléfono, debías pasar primero por las Matildes o Telefonistas, encargadas de conectar la llamada de dos personas mediante un cable y dos clavijas.

Estas telefonistas surgieron para gestionar las llamadas a través de una centralita manual en los inicios de las telecomunicaciones. La primera llamada manual española fue en La Habana (Cuba) –que entonces era de España– en el año 1877 y en la Península fue en 1885, en Madrid. La última telefonista fue Magdalena Martín en el municipio de Polopos en La Alpujarra (Granada) en 1988. 

5.- Colchonero

Antiguamente, cuando los colchones en lugar de estar rellenos de espuma, látex o viscoelástico, eran de lana de oveja. El colchonero voceaba por las calles de los pueblos avisando de su llegada, para que las mujeres interesadas se acercaran a solicitar su servicio. Se colocaban en la misma calle o incluso en las azoteas de las casas, y ahí montaban su ‘taller’ para renovar la funda con la lana nueva y limpia. 

Podían llegar a tardar hasta 4 horas, dependiendo del tamaño del colchón. Para preparar la lana, la levantaban y daban golpes con bastones; después, extendían una tela y colocaban la lana hasta la mitad, con mucho cuidado, para que no quedaran bultos; por último, con la otra mitad se cubría la lana, se cosía la estructura y se atravesaba el colchón con un cordón.