Vacaciones para unos, olvido para otros: el verano agrava la soledad de los mayores
Estas son las soluciones que plantean los expertos para reducir el aislamiento
El verano es para muchos una etapa del año asociada al descanso, la desconexión, la reagrupación y el tiempo libre.
Ahora bien, para los mayores que padecen soledad no deseada, este momento del año actúa como un potente amplificador negativo, especialmente, en las grandes ciudades.
Según los datos del Observatorio Estatal de la Soledad no Deseada, ‘SoledadES', el 20% de la población de más de 75 años –cerca de 1 millón de personas– experimenta este sentimiento, así como el 14,5% de quienes tienen entre 65 y 74 años –en torno a unas 750.000–.
Y cuando llega el verano, los factores de riesgo se multiplican: muchas familias se van de vacaciones, la ciudades se vacían, cierran los comercios, los centros de mayores y de día reducen su actividad y el calor provoca que los afectados pasen buena parte del día solos en sus domicilios.
El resultado, según los expertos consultados 65YMÁS, es que estas personas sienten que la sociedad les deja de lado en un momento del año que, paradójicamente, debería ser de más socialización y disfrute del tan ansiado descanso vacacional.
Grupos de riesgo
El riesgo de padecer soledad no deseada entre mayores no se distribuye de manera uniforme. Las fuentes consultadas coinciden en trazar una radiografía precisa de los casos de más vulnerabilidad.
En concreto, si hubiese que hablar de un perfil, este sería el de: mujer viuda, mayor de 80 años y que vive sola.
Además, explican, hay que tener en cuenta otras variables que influyen:
- Problemas de movilidad funcional, enfermedades crónicas, deterioro cognitivo o problemas de salud mental que requieren apoyo de terceros para salir de su domicilio.
- Falta de recursos económicos suficientes para costearse alternativas de ocio y viajes.
- Brecha digital y acceso a nuevas tecnologías de la comunicación.
- Escasez de servicios sociosanitarios, tanto en medio rural, como en barrios urbanos con una baja cohesión comunitaria.
- Personas sin descendencia, con familias alejadas geográficamente o que han sufrido recientemente la pérdida traumática de su pareja o de amistades íntimas.
- "Escaso contacto real o afectivo" con la familia.

La ruptura de la rutina protectora
En ese sentido, aseguran los expertos consultados, en verano, uno de los factores que más afectan a estas personas mayores, que ya sufren soledad, es la ruptura de la rutina protectora.
Como explica a 65YMÁS Gema Pérez, catedrática de Psicología de la Universidad CEU San Pablo, durante el resto del año, muchos logran sostener un "equilibrio frágil", gracias a unas vidas estructuradas: visitas al centro de día, interacciones vecinales de proximidad, citas médicas, participación en centros comunitarios, contacto con la familia si vive en la misma ciudad, etc.
Sin embargo, la llegada de los meses de julio y, sobre todo, de agosto, supone un apagón sistémico –los seres queridos viajan y las ciudades reducen su actividad–, que multiplica la sensación de aislamiento y de vacío.
Y el entorno urbano juega un papel especialmente hostil. Desde Grandes Amigos, una de las organizaciones de referencia en el país en material de voluntariado, lucha contra la soledad y personas mayores, recuerdan a este diario que las altas temperaturas propias del verano dificultan enormemente las salidas al exterior, confinando en sus domicilios a aquellas personas con problemas de salud o movilidad reducida.

Familiares y conciliación
Otro de los factores clave, que provoca un aumento de la sensación de soledad, es el "abandono" de las familias, un fenómeno que afecta especialmente, de nuevo, a quienes viven en grandes ciudades.
Con todo, en muchos casos no se trata de dejar al mayor de lado por maldad, sino que tiene que ver más con razones de distancia o de conciliación.
De esta manera, matizan desde Grandes Amigos, se debe tener en cuenta que muchos mayores viven separados de sus seres queridos durante el año: del modelo tradicional de familia numerosa, en el que los abuelos convivían bajo el mismo techo con varias generaciones, se ha pasado a núcleos mucho más reducidos, a menudo separados por grandes distancias geográficas, detallan.
Y a esto se suma el deseo de envejecer de manera autónoma e independiente en sus propios domicilios.
"Tal como observamos a diario en Grandes Amigos, muchas personas mayores no tienen familiares directos: con frecuencia el familiar más cercano es un sobrino nieto con el que apenas ha tenido contacto previo, o un hermano o primo aún más mayor que vive en una residencia, etc. Y, cuando sí existen relaciones consanguíneas más directas, como hijos/as o nietos/as, la tónica general es que existe buena relación y se preocupan por facilitar a la persona mayor un verano acorde a sus necesidades y preferencias", añaden.
Por su parte, José Luis Fernández, presidente de la Confederación Española de Organizaciones de Mayores (CEOMA), explica que no se trata de una desatención voluntaria, sino que muchas veces tiene que ver con dificultades para conciliar: los traslados a segundas residencias o los viajes rompen temporalmente la red cotidiana de cuidados, lo que puede provocar que el efecto percibido por el mayor sí se viva con la crudeza de un abandono, indica.
En esta misma línea, Anatolio Díez, secretario general de la Unión de Jubilados y Pensionistas de UGT (UJP UGT), enmarca la situación como una "desconexión temporal" o una reducción de la red de apoyo: las familias pueden mantener el contacto, pero la distancia física y la ralentización de la actividad comunitaria dejan a los mayores en una posición de invisibilidad social.
Y así también lo entiende Josep Carné, presidente de la Federació d'Associacions de Gent Gran de Catalunya (FATEC). "No creemos que sea adecuado generalizar ni hablar de abandono en términos absolutos. Sin embargo, sí es cierto que durante los periodos vacacionales pueden producirse situaciones de distanciamiento involuntario o una disminución de los contactos habituales. Esto puede generar en algunas personas mayores la percepción de sentirse menos acompañadas o menos presentes en la vida de su entorno", comenta.
El "abuelo maleta"
Es más, detallan las fuentes consultadas, aunque la familia viaje con el mayor durante sus vacaciones, también pueden generarse dinámicas perjudiciales.
En particular, desde Grandes Amigos alertan sobre el fenómeno del "abuelo o abuela maleta".
En estas situaciones, en lugar de priorizar las preferencias y comodidades de la persona mayor, esta se ve forzada a adaptarse a la disponibilidad vacacional de sus descendientes, rotando de domicilio en domicilio durante semanas, lo que genera desorientación y pérdida de arraigo.
Es lo que se conoce como "soledad acompañada", explica Gema Pérez, catedrática de Psicología de la Universidad CEU San Pablo. Véase, "estar físicamente presente en un lugar de vacaciones, pero no participar de las conversaciones, las dinámicas de ocio o las decisiones del grupo'". Una exclusión, que puede ser percibida como una pérdida irreversible de su rol y de su valor dentro de la familia, dejando de sentirse un miembro integrado.

Consecuencias físicas, psicológicas y sociales
Cabe recordar que, lejos de ser un mero estado de ánimo pasajero, padecer soledad no deseada puede ser un factor de riesgo para la salud.
Su impacto, como subraya José Luis Fernandez, desde CEOMA, es profundamente multidimensional, abarcando esferas emocionales, físicas y sociales. A nivel psicológico y emocional, la falta de interacciones genera un profundo malestar, con un incremento drástico de los sentimientos de tristeza, frustración, desánimo, monotonía e inseguridad. Y la pérdida del sentido de pertenencia y de la autoestima aboca a una sensación de invisibilidad y desesperanza.
En el plano fisiológico, la soledad también tiene consecuencias. Gema Pérez detalla cómo el distrés crónico provoca una elevación peligrosa de los niveles de cortisol en el organismo. Este proceso biológico "se traduce en una desregulación del sistema inmunitario, mayor vulnerabilidad cardiovascular, alteraciones persistentes del patrón de sueño y desnutrición por desmotivación". Y a todo ello, se le suma el aceleramiento del deterioro neurocognitivo subyacente debido a la falta de estímulos conversacionales, así como un incremento de la sintomatología ansiosa y depresiva.
Además, desde UJP-UGT también alertan de consecuencias físicas: aumento del sedentarismo, menor adherencia a los tratamientos médicos o autocuidados, y un mayor riesgo ante emergencias domésticas o climáticas.

Qué se puede hacer a nivel comunitario
Así, teniendo en cuenta todos estos factores y consecuencias. Las organizaciones y expertos consultados llaman a pasar a la acción para articular una estrategia coordinada a todos los niveles: familiar, comunitario e institucional.
Desde el nivel macro, José Luis Fernández (CEOMA) reivindica una "plena integración sociosanitaria", véase, que las administraciones públicas desarrollen "planes municipales específicos contra la soledad" y protocolos especiales ante las olas de calor. Esto incluye el mantenimiento de los servicios sociales y sanitarios durante los meses de verano para la detección temprana de situaciones de riesgo. Asimismo pide crear refugios "climáticos" accesibles, para que puedan resguardarse sin aislarse en sus hogares.
Gema Pérez destaca la necesidad de garantizar la continuidad de los servicios esenciales públicos y flexibilizar los servicios de teleasistencia, implementando "llamadas de seguimiento preventivo ante olas de calor".
Por otro lado, el tejido asociativo se erige también como una barrera de contención. Josep Carné (FATEC) subraya la importancia de promover el "envejecimiento activo, fortalecer las redes de apoyo y promover espacios de participación social" e intergeneracional.
Por su parte, Grandes Amigos asegura que redobla sus esfuerzos operativos durante los meses estivales a través de intervenciones directas. La organización estructura un programa específico de vacaciones y salidas adaptadas en entornos de naturaleza para grupos reducidos. Esta iniciativa permite el disfrute del tiempo libre, ayuda a "cambiar de aires" y estimula la creación de nuevos vínculos de amistad significativos.
Simultáneamente, Anatolio Díez (UGT-UJP) aboga por intensificar los programas de voluntariado mediante acompañamiento telefónico y presencial, compensando la caída de las interacciones cotidianas.
¿Y a nivel individual y familiar?
Y a nivel micro, la familia y el entorno cercano siguen siendo fundamentales. La catedrática Gema Pérez aconseja planificar el periodo estival junto a la persona mayor, elaborando "un plan negociado entre las diferentes partes que sea satisfactorio para todos". Es crucial fomentar "estrategias de afrontamiento proactivas y el uso de tecnologías de la comunicación accesibles para mantener el contacto intergeneracional".
Desde UJP UGT, Anatalio Díez, aporta recomendaciones concretas para las familias: mantener un contacto telefónico o por videollamada recurrente, planificar visitas presenciales regulares a lo largo del verano, involucrar activamente a la persona mayor en las dinámicas comunitarias, y permanecer alerta ante cualquier variación en su estado de ánimo que pueda indicar un proceso depresivo.
"No es únicamente acompañar durante el verano, sino construir durante todo el año comunidades más conectadas, donde las personas mayores se sientan parte activa de la vida social y cuenten con relaciones significativas que les protejan de la soledad", concluyen en Grandes Amigos.

