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Dra. Samartín: "Hemos normalizado el modo supervivencia y nos hemos olvidado de vivir"

Patricia Matey

Jueves 26 de febrero de 2026

10 minutos

Es doctora en neurociencia y psicología clínica y acaba de publicar 'Has venido a vivir'

Dra. Samartín: "Hemos normalizado el modo supervivencia y nos hemos olvidado de vivir"
Patricia Matey

Jueves 26 de febrero de 2026

10 minutos

¿Cuántas veces al día te dices a ti misma ‘soy un desastre’? ¿Te auto impones hábitos saludables y productivos en tu día a día? ¿Por qué te cuesta mantener los buenos hábitos, si teóricamente te hacen sentir mejor?

“Las rutinas de autocuidado terminan por convertirse en imposiciones que nos estresan aún más. En muchas ocasiones la psicología pone el foco en el individuo, convirtiéndole en el único responsable de sus logros y fracasos, ignorando el contexto y sus variables socioeconómicas y culturales. Es la famosa idea de la fuerza de voluntad como máxima para todo, o el conocido lema '¡Si quieres, puedes!'. Solo el prólogo promete. El libro Has venido a vivir se acaba de publicar y hemos hablado con su autora. 

PREGUNTA.- Para quien no la conozca, ¿quién es Noelia Samartin Veiga?

RESPUESTA.- A nivel profesional soy psicóloga, doctora en neurociencia y psicología clínica. Pero, a nivel personal, soy una mujer normal, que en ocasiones siente que no le da la vida y que incluso puede llegar tarde y estresada a sus clases de yoga.

P.- ¿Qué le empujó a escribir este libro?

R.- Ver lo común que era esa sensación de ahogo por unos hábitos inalcanzables. Lo veo a menudo en consulta. Una paciente, en un momento, me dijo una frase que me impactó: "me agota sostener la cantidad de hábitos saludables que hago, es como si tuviera un trabajo después del trabajo". Pero, más allá de la consulta, es algo que también comentó mucho con mi grupo de amigas. Eso me llevó a pensar: si todo el mundo se siente un desastre, ¿Realmente alguien lo es?

P.- ¿Hemos olvidado realmente vivir?

R.- Creo que hemos normalizado el modo supervivencia y nos hemos olvidado de vivir una vida lo suficientemente tranquila y placentera. Y que, para eso, hace falta vivir una vida humana: imperfecta y flexible al entorno y al momento vital.

P:- Plantea en su libro qué hacemos cosas que supuestamente deberían hacernos sentir mejor, pero que se han convertido en una nueva fuente de presión. ¿A qué se refiere?

Como decía, la frase de 'tengo un trabajo después del trabajo' lo define bastante bien. Muchas veces, para salir del malestar cuanto antes, tendemos a introducir hábitos sin analizar si realmente cuadran con nosotros: con cómo nos sentimos ahora, si tenemos espacio en la agenda o si contamos con los recursos para sostenerlos. Esto hace que, al inicio, podamos mantenerlos, pero a largo plazo se vuelve complicado. Cuando dejamos de hacerlos, nos culpamos, nos sentimos mal y volvemos a buscar la siguiente 'receta' de hábitos que promete hacernos sentir mejor.

P.- Su objetivo es desmontar los mitos sobre cómo funciona nuestro sistema nervioso, recordando que no a todos nos funcionan las mismas rutinas ni los mismos hábitos. ¿Puede explicarle esto al lector?

R.- La ciencia ha estudiado mucho los hábitos de vida y no podemos obviar que, de manera general, es saludable dormir suficiente, tener una vida activa o comer productos frescos y de temporada. Sin embargo, esto no significa que todo sea blanco o negro. Hay matices y, cuando hablamos de hábitos, debemos tener en cuenta las variables individuales y contextuales de cada persona antes de juzgarnos por no cumplir el ideal que nos dicen que 'deberíamos'. El primer paso para entender esta individualidad es saber qué necesitamos en cada momento. Y esa información nos la da el cuerpo, en concreto el sistema nervioso, a través de las sensaciones y las emociones.

P.- También habla de cómo muchos nos sentimos un desastre. ¿A qué se refiere? ¿Es algo generalizado en nuestra sociedad?

R.- Es la sensación de no ser capaces de sostener la expectativa de vida que nos planteamos. Vivimos en una sociedad donde constantemente recibimos recordatorios (por ejemplo, a través de las redes sociales) de lo que 'deberíamos' estar haciendo. Además, se nos ha vendido la idea de que, si no lo hacemos, es porque no queremos lo suficiente, que siempre tenemos elección. Esta visión es reduccionista y bastante injusta con nosotros mismos, porque no tiene en cuenta el contexto, el momento vital, cómo nos sentimos ni los recursos de los que disponemos en cada momento.

P.- ¿Cree que, dado el edadismo actual, este sentimiento es más frecuente en las personas sénior?

R.- Creo que no, que es algo bastante generalizado, aunque en cada etapa vital la presión se vive desde lugares distintos. Cuando eres joven, las expectativas propias y ajenas suelen centrarse más en la formación, el éxito social, el rendimiento físico o la estética. En etapas más avanzadas, la presión puede ir más hacia sostener hábitos de vida saludables menos exigentes (mantenerse activo con paseos matutinos), encontrar nuevos propósitos que conecten con el placer, con el sentimiento de utilidad y con la comunidad, y también mantener el contacto social.

P.- ¿Qué consejos les daría a las personas sénior?

R.- Que en el tránsito a la jubilación se permitan el duelo que supone perder una parte de nuestra identidad, como puede ser la profesional. Aunque sepamos que no nos define por completo, es normal que el cambio afecte y, como todo acontecimiento vital importante, el cuerpo y la mente necesitan un tiempo para adaptarse. Y pondría el acento en el vínculo social y sentimiento de comunidad: la soledad (real o percibida) es un factor de riesgo importante para la pérdida de salud emocional, cognitiva y física.

 

Portada del libro, 'Hemos venido a vivir'

 

P.- ¿Qué entiende usted por felicidad y qué anhelamos cuando decimos que queremos ser felices?

R.- Depende de cada persona, pero merece la pena pararse a pensarlo. Cuando hablamos de felicidad no nos referimos solo a sentirnos bien en el momento, sino también a vivir de acuerdo con lo que realmente tiene sentido para nosotros. Ed Diener, que estudió esto durante años, propone que la felicidad se sostiene sobre dos cosas:

  • Primera: una más profunda, que él llama eudaimónica, que tiene que ver con vivir de acuerdo con tus valores y tu propósito (como el concepto japonés de ikigai) y sentir que tus metas van en sintonía con tus necesidades de autonomía, conexión y competencia;
  • Segunda: otra más directa, hedónica, que es disfrutar de los pequeños placeres del día a día, estar presente, relajado o ilusionado.

Creo que solemos buscar uno sin el otro, y por eso muchas veces nos sentimos frustrados. La felicidad estable aparece cuando ambas cosas se combinan: cuando tenemos un rumbo que nos importa y, al mismo tiempo, sabemos saborear la vida.

P.- ¿Por qué cree que el placer viene con instrucciones? ¿Y por qué hay formas correctas de disfrutar y otras que incomodan?

R.- Creo que vivimos con un manual invisible sobre cómo debemos disfrutar y sobre qué placeres son “permitidos” y cuáles generan culpa o incomodidad. Sin darnos cuenta, acabamos eligiendo placer pensando en lo que es “útil” o “apropiado” según el relato colectivo, en lugar de escuchar lo que realmente nos hace bien. Por ejemplo, alguien puede sentirse mal por disfrutar de pasar horas viendo series, mientras que si disfruta leyendo o haciendo deporte se percibe como más valioso. Incluso descansar por el placer de descansar se juzga: dormir una siesta, tumbarse sin hacer nada o mirar el cielo un rato puede ser un placer enorme, pero enseguida nos decimos que estamos perdiendo el tiempo. Es importante detectar este juicio y validar tus propios placeres, aunque sean simples o no encajen en el relato de lo “permitido” o “productivo”.

P.- También nos invade la presión por hacerlo todo y la autoexigencia. ¿En qué nos limita todo ello y qué objetivos nos impide alcanzar?

R.- Nuestro cerebro está diseñado para protegernos y sobrevivir, y lo hace generando predicciones constantes: sobre nosotros mismos, sobre los demás y sobre el mundo. El problema no es anticipar, sino vivir bajo una autoexigencia extrema y sostenida, que nos mantiene en tensión constante. Eso nos limita porque nos hace enfocar toda nuestra energía en cumplir expectativas rígidas, muchas veces irreales, y nos aleja de nuestros objetivos reales o de lo que de verdad nos importa. Para empezar a romper este bucle, es clave preguntarnos dónde ponemos nuestras expectativas y si son coherentes con nuestro punto de partida y nuestro contexto. Un recurso que suelo usar en consulta es imaginar a tu mejor amigo o amiga en tu situación: ¿qué le dirías? Esa perspectiva ayuda a suavizar la autoexigencia y a tomar decisiones más compasivas y realistas sobre lo que podemos y queremos hacer.

P.- Hablemos de esos cuatro pilares que menciona en su libro y que nos pueden ayudar derribar los 'árboles que no nos dejan ver el bosque'...

R.- A lo largo de la vida, es normal sentir que hemos perdido el equilibrio o que hemos fracasado, ya sea por un acontecimiento vital inesperado o porque la inercia de la vida nos lleva a un punto en el que no nos reconocemos y sentimos mucho malestar. Son esos momentos los que nos invitan a plantearnos un cambio. Para acompañarlo, es útil apoyarse en cuatro pilares:

  • El primero es la sencillez. Aunque todo inicio de cambio necesita un plan, a veces, incluso para planear, necesitamos dejar espacio. Ser conscientes de los huecos en nuestra agenda, de nuestro contexto y de nuestra energía actual ayuda a poner las expectativas en perspectiva.
  • El segundo es la conexión con el cuerpo: aprender a escucharlo y atender de verdad nuestras necesidades.
  • El tercero es la coherencia, esa brújula interna que nos ayuda a distinguir lo que es realmente importante.
  • Y, por último, el cuarto pilar es el placer, entendido no como un premio, sino como una dirección: algo que nos guía y nos sostiene en la vida diaria.

P.- Hemos venido a vivir y, como usted señala, humanamente. ¿Cuál es la hoja de ruta?

R.- Lo que defiendo en Has venido a vivir es precisamente que no existe una única hoja de ruta que pueda dictar. Es importante que cada persona sea consciente de que puede dibujar su propio mapa, evitando así caer de nuevo en la necesidad de seguir recetas de hábitos universales que no están diseñadas para ella. Como explico en el libro, para encontrar esta ruta es útil apoyarse en los cuatro pilares: mantener sencillez en la agenda, escuchar y conectar con el cuerpo (que nos indica nuestras necesidades), actuar en coherencia a nuestros valores y ser conscientes de lo que realmente nos produce disfrute. Además, es fundamental tener en cuenta la expectativa: somos humanos. Con esto quiero decir que debemos ser flexibles y contextualizar siempre la evaluación que hacemos de la rutina que podemos sostener en cada momento vital.

Sobre el autor:

Patricia Matey

Patricia Matey

Licenciada en Ciencias de la Información (Universidad Complutense de Madrid. 1986-1991), es periodista especializada en información de salud, medicina y biociencia desde hace 33 años. Durante todo este tiempo ha desarrollado su profesión primero en el suplemento SALUD de EL MUNDO (22 años), luego como coordinadora de los portales digitales Psiquiatría Infantil y Sexualidad en el mismo diario. Ha colaborado en distintos medios como El País, La Joya. la revista LVR, Muy Interesante, Cambio 16, Indagando TV o El Confidencial. En este último ejerció de jefa de sección de Alimente durante cuatro años. Su trayectoria ha sido reconocida con los premios de periodismo de la Sociedad Española de Oncología Médica, premio Boehringer-Ingelheim, premio de la Asociación Española de Derecho Farmacéutico, premio Salud de la Mujer, premio de Comunicación del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid o Premio de Periodismo de Pfizer. Actualmente es la responsable de la sección Cuídate+ sobre longevidad saludable de 65YMÁS.

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