¿Se hereda la longevidad? Descubren los genes que podrían tener la respuesta
Varios estudios analizan el componente genético que ayuda a vivir más y en mejores condiciones
La ciencia ha demostrado que la longevidad –y sobre todo la saludable– se explica principalmente por factores externos al propio organismo. Es decir, que tiene una relación directa con el tipo de vida que hemos tenido, con nuestros hábitos o con la exposición a ciertos productos tóxicos, como el tabaco.
Así, para comprender por qué unos individuos viven más años con buena salud que otros, es imprescindible analizar qué comieron, de qué trabajaron, qué recursos sanitarios y de prevención tuvieron a su alcance, cómo se relacionaron con la sociedad o si practicaron ejercicio físico.
Sin embargo, no todo se reduce al ámbito social. La comunidad científica lleva años estudiando de qué manera influye la genética en una mayor o menor prevalencia de enfermedades durante la vejez. Patologías que la medicina ha logrado cronificar en muchos casos, pero que pueden impedir disfrutar de una longevidad con calidad de vida e incluso reducir su esperanza.
¿Se hereda la longevidad?
Uno de los aspectos en los que los investigadores se han fijado especialmente es en el carácter hereditario de la longevidad. El Estudio de Longevidad de Leiden, desarrollado por el centro médico de la universidad homónima (Países Bajos) y presentado en la conferencia anual de la Sociedad Europea de Genética Humana, es una de las investigaciones más recientes al respecto.
Trabajos previos de este grupo ya habían demostrado que los descendientes de mediana edad, con padres muy longevos, retrasaban hasta en 13 años la aparición de enfermedades cardiometabólicas.
En un nuevo estudio, los científicos analizaron los genomas de 212 grupos de hermanos nacidos de los mismos padres, logrando acotar la búsqueda de factores genéticos protectores de unos 20.000 genes a tan solo 350, lo que les permitió identificar 12 variantes genéticas raras que alteran proteínas y que influirían de manera directa en la esperanza de vida.
Una de ellas se asocia al gen cGAS, cuya función habitual es producir una respuesta inflamatoria defensiva cuando detecta ADN fuera de su ubicación normal debido a agresiones víricas o daños celulares. Los investigadores descubrieron que los miembros de estas familias longevas probablemente poseían únicamente una copia activa de este gen, en lugar de las dos convencionales.
Esta particularidad reducía la inflamación crónica sistémica que caracteriza al envejecimiento biológico, pero mantenía un nivel suficiente para que el sistema pudiera seguir combatiendo ataques de patógenos.
No obstante, los autores advirtieron que una supresión absoluta del gen puede elevar la vulnerabilidad a tumores e infecciones, mientras que su sobreactivación crónica provoca daños persistentes por inflamación.
No hay un sólo gen que explique la longevidad
La investigadora, catedrática de Fisiología y coeditora del área biológica de la Revista Española de Geriatría y Gerontología, Consuelo Borrás, señala que, aunque existe una relación hereditaria clara, la ciencia no ha hallado un único "gen", sino perfiles específicos donde destacan variantes con un efecto claro como APOE y FOXO3.
"El estudio de Leiden es interesante, y el resultado es consistente con la idea de que un mayor nivel de inflamación correlaciona con menor longevidad. Ahí sí puede haber una pista sobre longevidad hereditaria. Obviamente, otros factores como la alimentación o el ejercicio físico, también suman –o restan– a la genética", valora la investigadora del CSIC, Matilde Cañelles, que entiende también que no se puede relacionar el vivir más con una única variable.

En el mismo sentido se pronuncia el geriatra y presidente de la asociación Dignitas Vitae, José Pascual Bueno, quien recuerda que no se puede hablar exactamente de herencia de la longevidad.
"La genética pone la base, pero el entorno y el estilo de vida son igual de importantes para llegar a edades extremas en buenas condiciones", comenta.
En cuanto a los genes, pone otros ejemplos de algunos protectores como CETP –asociado a un perfil lipídico más favorable y mayor longevidad–, SIRT1 y SIRT6 –implicadas en regulación epigenética y reparación celular– o TP53 –relación contra el estrés oxidativo– y menciona estudios como el de la cohorte china CLHLS (Chinese Longitudinal Healthy Longevity Survey), que demuestran la interacción directa entre los genes identificados y factores del entorno tradicional como la dieta y el medio rural.
Contribución de la genética
Ahora bien, la ciencia todavía no ha respondido de forma rotunda qué porcentaje de la longevidad se explica por los genes y cuál por el entorno.
A mediados de los años 90, un estudio realizado en gemelos en Dinamarca concluyó que el 75% depende de factores externos.
En un análisis realizado por Ancestry y Calico Life Sciences, de 2018, publicado en la revista Genetics, se concluía que la longevidad sólo se heredaba en menos del 10%, en base al estudio de bases de datos de personas que nacieron en el siglo XIX y XX.
Y recientemente, el artículo publicado en la revista Science por el investigador Ben Shenhar y su equipo del Instituto de Ciencias Weizmann en Israel, aplicó un modelo matemático mecanicista (denominado Saturating-Removal o SR) para filtrar el ruido del entorno, y determinaron que la heredabilidad real de la longevidad intrínseca humana se sitúa en realidad por encima del 50%.
"Para la esperanza de vida actual, la herencia explica entre un 20% y un 25%. El 75-80% restante depende de los hábitos y del estilo de vida, como el consumo de tabaco, la actividad física, la alimentación, el peso, el sueño, la vida social, la educación y el acceso a los servicios sanitarios. Algunos estudios recientes señalan esta cifra en un 50%. Esto se debe a que el porcentaje varía con la edad: cuanto más se alarga la vida, más pesa la genética. Para llegar a los 80 mandan los hábitos; para pasar de 100, la lotería de los genes tiene mucho que decir. Marca el techo; los factores ambientales determinan cuánto nos acercamos a él", desgrana Consuelo Borrás.
Conclusiones de estudios en centenarios
Por otra parte, la científica recuerda que el estudio de los centenarios también aporta conclusiones "interesantes".
En primer lugar, da a entender que no "es que no enfermen", sino que lo hacen "más tarde". "La mayoría retrasa los problemas cardiovasculares, el cáncer o la demencia hasta pasados los 90 años y pasa menos tiempo dependiente que quien muere a los 75 años", comenta.
Y "no tienen por qué ser modelos de vida sana", añade. "Muchos fumaron, tuvieron sobrepeso o nunca hicieron ejercicio. Lo que parece protegerlos no es la ausencia de riesgos, sino la presencia de variantes protectoras. Sus hermanos tienen muchísimas más probabilidades de llegar a los 100, y sus hijos presentan mejor colesterol y menos diabetes e hipertensión", indica.
Finalmente, apunta, "comparten marcadores biológicos: perfil genético característico, buena inmunidad, poca inflamación crónica de bajo grado, buena sensibilidad a la insulina y una microbiota intestinal característica".
José Pascual Bueno también se refiere a estas investigaciones que, según comenta, "destacan que, aunque comparten ciertos perfiles genéticos protectores, también suelen tener estilos de vida bastante saludables y factores psicosociales positivos" como una baja prevalencia de depresión y redes sociales activas.
Ahora bien, todavía queda mucho por investigar sobre los secretos de la longevidad de quienes lograron alcanzar los 100 años. Y uno de los retos principales con los que se encuentran los científicos es pulir las bases de datos de centenarios, sobre todo cuando se hacen análisis a nivel poblacional. Y es que, explica la investigadora Matilde Cañelles, se ha demostrado que los censos no son siempre eficientes y se debe tener en cuenta que los estudios pueden verse distorsionados por errores administrativos, deficiencias en el registro civil y fraudes de pensiones o subsidios.



