Diego Fernández
Opinión

Las amistades milagrosas

Diego Fernández
Amistades milagrosas

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En estos días de confinamiento, estoy cogiendo un poco de complejo de tribu de los Brady. Aquella serie en la que nos presentaban a una familia formada por un matrimonio, seis hermanastros y una ama de llaves en una pantalla dividida por cuadrados. Nuestros amigos ahora son más cuadriculados que nunca. La videollamada se ha convertido en nuestra forma de quedar de cañas, jugar a juegos de mesa, aunque no podamos compartirla, o hacer fiestas de disfraces. El móvil o el ordenador son la forma de no perdernos los unos a los otros. De sentirnos cerca pese a la lejanía, porque el confinamiento por el coronavirus consiste en estar aislados para evitar el peligro del contagio, pero no en estar solos. 

A veces la interacción no es del todo buena. Para empezar, hay que elegir la app por la que se habla y eso puede llevar media hora de saltos virtuales. Del Skype al WhatsApp, el Duo, el Zoom y así una detrás de otra. Creo que el Gobierno debería decir por decreto qué aplicación tienen que usar los españoles para terminar con este problema.

Una vez dentro del chat, hay que salvar otra serie de problemas: los amigos que se pixelan, los que empiezan a sonar como si fueran un juguete escacharrado, los que tienen síndrome de Houdini en medio de la conversación y deciden desaparecer o aquellos que intentan engañar al resto simulando un congelado de pantalla. Sin embargo, por mucho que nos veamos en tamaño gnomo, nuestra humanidad permanece. El que es despistado lo sigue siendo a través de la pantalla. El que suele llegar tarde también se retrasa en las videollamadas. Y el amigo que hasta hace unos días era el primero en marcharse del bar, ahora es el primero en retirarse de estas quedadas virtuales.

 

Amistades milagrosas

 

No todas las videollamadas son para reírse, también las hay para levantar el ánimo de los que tienen cerca afectados por el coronavirus o los que están sufriendo por el trabajo. La diferencia es que para subirnos la moral no podemos darnos palmadas en la espalda ni abrazarnos. El tacto es el gran damnificado de los cinco sentidos en esta pandemia. Puede que recuperarlo no sea sencillo.

Desde que comenzó la cuarentena, salgo a hacer la compra una vez por semana. La primera vez la sensación fue similar a la del niño que se va de excursión con el colegio. ¡Hoy se hace pellas de la vida! ¡Alivio y liberación! Las dos últimas escapadas al mercado fueron muy diferentes.  Me sentí más bien como el protagonista de una película de 007. Mi subconsciente provocó que me ocultase de toda persona a la que percibiera como posible elemento de interacción. En la calle, mi instinto me alejaba de los compañeros de acera y dentro del súper no quería permanecer en el mismo pasillo que otros solitarios caminantes con los mismos gustos gastronómicos. Comprobé que el coronavirus también ha expandido el miedo de unos hacia otros y que ese miedo me había infectado.

Y la duda es si este temor tiene fecha de caducidad con el aislamiento o permanecerá cuando podamos salir de nuestras casas. ¿Nos atreveremos a esperar cola para comprar en una frutería? ¿Tendremos ganas de ir a un concierto? ¿Miraremos y trataremos a todo extraño como un posible infectado?

A medida que permanecemos encerrados crece la sensación de que lo propio se reduce a nuestro hogar y lo ajeno a todo lo demás. Lo ajeno puede despertar curiosidad en el ser humano, pero en esta época rara, lo que transmite es inseguridad. Por eso creo que lo que nos devolverá a la normalidad será lo conocido y aquí es donde juegan su papel esencial los amigos. Por muchos días que pasen, por mucho que crezca el número de víctimas y por mucho que el coronavirus nos golpeé la confianza, sé que cuando todo esto termine, querré abrazar a esos seres que ahora aparecen diminutos y en cuadrados en la pantalla de mi móvil. Cuando ya me haya acercado a ellos, será más fácil acercarme al resto. Lo haré en el momento en el que las amistades hayan dejado de ser peligrosas, y una vez más sean milagrosas.


Diego Fernández es periodista en La Sexta Columna (La Sexta)

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