Diego Fernández
Opinión

¡Good morning Roma, Buona notte Manhattan!

Diego Fernández
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Es Semana Santa y las carreteras están huérfanas de atascos. El coronavirus nos ha aparcado los coches y ha estacionado nuestra vidas en segunda fila a la espera de que la salud venza a la enfermedad. Las vacaciones suelen ser un sinónimo de viajes, un bien prohibido en estos días. “Viajar es muy útil, hace trabajar la imaginación”. Con esta cita del escritor francés Louis-Ferdinand Céline empieza la película La Gran Belleza, y dándole la vuelta a la frase es como yo me dispongo a viajar dentro de mi casa. “Imaginar es muy útil, así nos trabajaremos el viaje”. Acompáñenme y mantengan los sentidos despiertos, no vayan a perderse el truco. 

¡Arrivederci, me marcho a Roma! Gran destino en Semana Santa se sea católico, ateo o como es el caso, desconfiado. Comenzaremos con el olfato, prepararemos un espresso y antes de bebérnoslo de un solo trago como hacen los romanos, debemos olerlo. Su aroma me transporta al Café Sant’ Eustachio, muy cerca del Panteón. Para italianizar más el ambiente cojo el libro Historias del Calcio de Enric González y devoro sus columnas como si fueran un periódico deportivo. De fondo, el oído juega su papel. “¡Cameriere!, música italiana variada, per favore”. Desde Pavarotti entonando Nessun Dorma hasta Ricchi e Poveri con la verbenera Mamma Maria o cualquier tema de Umberto Tozzi.

 

la gran belleza

 

Sin apenas darme cuenta llega la hora del aperitivo. Es el turno del sabor.  En Roma hoy hace una bellísima mañana de sol. Me preparó un Apperol Spritz con proseco y su sabor amargo me recuerda a una terraza del Trastevere en la que una vez estuve riendo con mi familia. Pero el sabor italiano merece que el Apperol desemboque en más. “Toca mangiare”. Mozzarella,  pasta al pomodoro con berenjenas, queso pecorino y albahaca, mucha albahaca. Para incluir al tacto en la ecuación, diré que la pasta debe estar al dente. 

En la sobremesa, sabor y tacto, deben dar paso a la vista. Más allá de los selfies y ‘el postureo’, cuando se viaja, por lo general se hace para ver. Ver cosas bonitas o como poco ver cosas diferentes. Pueden ser paisajes, monumentos y por supuesto personas. La gran belleza de Paolo Sorrentino, contiene todo eso y Roma también. Sus fotogramas nos trasladan de la mano de Jeff Gambardella a la ciudad eterna. La recorremos agarrados al carisma de un hombre de 65 años que vive de fiesta en fiesta y de resaca en resaca.

 

Pasta

 

Cuando la película termina también lo hace nuestro viaje. Es el fin del truco. Lo bueno es que igual que un niño que ha sido engañado, tengo ganas de que la magia no pare y de que me hagan el truco una y otra vez. Al menos, hasta que termine el confinamiento.

Esta noche tengo ganas de ir a Nueva York. A ver el atardecer acudiré con Paul Auster y Frank Sinatra. Después cenaré una hamburguesa regada con una cerveza IPA y la digestión la haré con Manhattan. De esta forma recorreré la gran manzana a través de los ojos de Woody Allen y pasearé por las mismas calles por las que una vez anduve con la que fue mi Annie Hall.

 

Nueva York

 

¿Y mañana? Mañana, puede que viaje a mi niñez. Lo bueno de este truco, es que también se puede viajar en el tiempo. Para viajeros enjaulados, como lo somos ahora, no hay nada mejor que regresar a un momento en el que fuimos felices.


Diego Fernández es periodista en La Sexta Columna (La Sexta).

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