Diego Fernández
Opinión

La chica de la curva

Diego Fernández
La chica de la curva

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Desde que comenzó el confinamiento tengo una cita diaria con un fantasma aterrador. Suele aparecer en mi televisor entre las dos y las tres de la tarde. Lo hace con rostro de presentadora de informativo. Es la chica de la curva. Ella me explica los datos de contagio del coronavirus, el número de víctimas mortales y el número de altas. Con voz divulgativa y un cierto tono de preocupación, me cuenta la evolución de lo que las autoridades han decidido llamar 'la curva de contagio'. Ella no da miedo, pero lo que dice sí.

Quizá no haya tenido tanto miedo nunca, quizá por eso cada vez más gente tiene problemas para dormir por la noche. Puede que la chica de la curva sea la culpable de mi impuntualidad a la hora de ir a la cama. Mi cita con el espectro del telediario suele marcar el ecuador de mi particular día de la marmota.

No sé si es porque ha empezado la Semana Santa, pero me va costando más y más quitarme la torrija de la cabeza. El creciente tedio ha provocado que en estos días incluso haya conocido rincones inexplorados de mi casa. Lugares que habían sido conquistados por ácaros de polvo que al ser desahuciados se han quejado al Ayuntamiento asegurando que estaban empadronados allí. Esa incursión fue realizada en medio de un bucle de neveras que se llenan y se vacían, de visiones de llaneros solitarios o caminantes mansos a través de mi balcón y de una sucesión de silencios y frases hechas por videollamada con una ganadora absoluta: "Un día más, un día menos".

 

Diego: la chica de la curva

 

Mientras esos días se van mezclando unos con otros en nuestra memoria, la sensación de náufrago de ciudad o Conde de Montecristo encerrado en mi particular Castillo de If de setenta y tres metros cuadrados, va creciendo. Es la inercia de la sensación de tiempo perdido la que provoca un desgaste casi imperceptible que va dibujando poco a poco un peligroso espejismo. Nuestro hogar empieza a tomar forma de celda. En este punto de riesgo, es necesario un punto de inflexión. El mío tiene rostro y sordera. Se llama Carmen, es mi abuela y ya sonríe. Esa sonrisa es más contagiosa que el coronavirus que ha superado. Ella ha convertido mi Domingo de Ramos en Domingo de Resurreción. Es la que me recuerda la razón de lo que ahora es nuestro todo. 

Para los que no tienen tanta suerte y el encierro ya les resulta casi insoportable, les recomiendo que se apoyen en mi fantasma, en la chica de la curva. Sus psicofonías están cambiando. Todavía dan miedo, pero también empiezan a dar esperanza. Parece que el país empieza a adelantar al coronavirus, solo hemos puesto el intermitente, ni siquiera hemos cambiado de carril, pero se intuye que en un futuro cercano dejaremos atrás la señal de curva peligrosa. En nuestras celdas, no estamos perdiendo el tiempo. Lo estamos invirtiendo mejor que nunca y estamos ganando, lo que pasa es que necesitamos que alguien nos lo recuerde.


Diego Fernández es periodista en La Sexta Columna (La Sexta).

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