La pasada semana ha sido terrible; quizá la peor semana de España después de aquella de enero de 1977 de la Matanza de Atocha en que la democracia se tambaleó. Es que ahora hemos visto la violencia política en toda su crudeza, con sus decenas de heridos, con un policía muy grave, con destrozos urbanos, con incendiarios de mentalidad asesina. Es que las imágenes que quedan en nuestra memoria son imágenes de irracionalidad y odio. Es que el gobierno catalán no quiso condenar los sucesos, quizá porque entendió que beneficiaban a su causa y le interesaba difundir la idea de un pueblo rebelado contra el Estado, aunque dijera que los violentos eran “infiltrados”. Es que una ola de pesimismo inundó nuestra sociedad. Y es que no sabemos por qué se pretende destruir una gran democracia y el esfuerzo colectivo de 40 años por hacer de España una admirable nación.

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