Estamos asistiendo a una especie de Renacimiento, en donde el cuerpo es objeto de culto y, casi diría, adoración. Y parece lógico en una sociedad de modelos, en donde aparentar tiene más valor que ser. Por eso se imponen modas, tipos, personas... Una modelo de Rubens pasaría de la gloria de su época a la desgracia de hoy. Y un tipo que hace años sería la encarnación de la tisis, gozaría en la actualidad de un prestigio corporal envidiado por quienes padecen el kilo de más.

Otro problema añadido es el de las arrugas. Los años son inexorables  aunque nos empeñemos en que no sea así. Y apelamos al tinte del pelo, al estirón o al relleno de labios para evitar el “código de barras”... Hay quien no sonríe para que no aparezca el surco en el rostro. Y va con cara de cartón piedra por la vida. Aquí sí que habría que pregonar que si algo bello hay en el mundo es la sonrisa. Aunque arrugue. La sonrisa es bella. Y además es la que da a la cara la expresión de que pertenece a alguien y no a algo. Esa es la cuestión.

Si uno o una se convierte en cosa que no quiere envejecer, que no quiere arrugarse, que tiene que estar delgada, que tiene que poner determinada ropa, se anula. Empieza a ser esa cosa perfecta, sin alma y sin sensibilidad. Es algo más o menos bien conservado, lacado podríamos decir, con la piel tirante y con brillo de madera con reparador. Pero será siempre un rostro impersonal, un rostro de algo y no de alguien. Porque ese alguien implica persona y sentimiento, y arruga de tristeza o arruga de alegría.

Quien está acostumbrado a manifestar humanamente su sentido, se le traduce en la frente o en la pata de gallo. Intentar que la goma de borrar el tiempo, elimine el trazo que éste deja es, insistimos, un ejercicio inútil. Es posible que logremos hacerlo desaparecer. Pero con el desaparecerá también parte de nuestra historia. Y quedaremos, como hay muchos ejemplos, metidos en el anacronismo más puro de nuestra existencia. Siendo "mayores", sintiendo en mayor, con una piel estirada de jovencita en edad de merecer. En el fondo es pasar las arrugas para adentro. Arrugar el alma por no comprender o no tolerar que se nos arrugue el cuerpo. Intentar evitar el paso de los años, es como tener una vejez vergonzante. Sobre todo, cuando para eliminar la arruga se opta por eliminar la sonrisa.

Sobre el autor:

Ramón Sánchez-Ocaña

Ramón Sánchez-Ocaña

Ramón Sánchez-Ocaña (Oviedo, 1942) es miembro del Comité Editorial de 65Ymás. Estudió Filosofía y Letras y es licenciado en Ciencias de la Información. Fue jefe de las páginas de Sociedad y Cultura de El País, y profesor del máster de Periodismo que este periódico organiza con la Universidad Autónoma de Madrid. 

En 1971 ingresa en TVE. En una primera etapa se integra en los servicios informativos y presenta el programa 24 horas (1971-1972). Entre 1972 y 1975 continúa en informativos, presentando el Telediario. No obstante, su trayectoria periodística se inclina pronto hacia los espacios de divulgación científica y médica, primero en Horizontes (1977-1979)​ y desde 1979 en el famoso Más vale prevenir, el cual se mantiene ocho años en antena con una enorme aceptación del público.

Tras presentar en la cadena pública otros dos programas divulgativos, Diccionario de la Salud e Hijos del frío, fue fichado por Telecinco para colaborar primero en el espacio Las mañanas de Telecinco y posteriormente en Informativos Telecinco.

Es colaborador habitual de radio, periódicos y revistas, y autor de una veintena de libros, entre los que destacan Alimentación y nutrición, Francisco Grande Covián: la nutrición a su alcance, El cuerpo de tú a tú: guía del cuerpo humano, Guía de la alimentación y Enciclopedia de la nutrición

En 2019 entró en el Comité Editorial del diario digital 65Ymás, en el que colabora actualmente.

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