Ramón Sánchez-Ocaña
Opinión

No se enfade: puede ser grave

Ramón Sánchez-Ocaña
No se enfade: puede ser grave

Que el carácter influye en la salud esta fuera de duda. Pero que se considere el “mal genio” como un auténtico riesgo, es cuando menos una noticia llamativa. Los datos son concluyentes tras analizar a 14.000 sujetos adultos; los que tendían a enfadarse con más facilidad tenían un mayor peligro de desarrollar un infarto cerebral, aunque no tuvieran otro tipo de factores de riesgo.

Y no es nueva la relación entre la personalidad agresiva y el riesgo de infarto de miocardio. Se puede deducir pues que el mal carácter es un problema sanitario de importancia y que incide de manera directa en dos de los accidentes vasculares más graves: el ictus cerebral y el infarto de miocardio.

Y parece que todos tenemos experiencia de esa unión del estado de ánimo y enfermedad. La sabiduría popular habla de que los disgustos matan, y se ha hecho clásica la frase de ”cuando muere la abuela, el abuelo va detrás”. No hay duda de que el carácter, la personalidad y las emociones están ligadas a la salud y a la enfermedad. Pero es que estamos demasiado acostumbrados a creer que el individuo es solo una maquina física. Ya Galeno decía que el llamado carácter melancólico propiciaba enfermedades graves. Y de hecho la psicología juega un papel fundamental en la salud y, sobre todo, en la percepción del bienestar. Esa es quizá la base. Porque cuando alguien se siente enfermo, lo está, independientemente de que pueda descubrirse alguna patología. Y ejemplos hay muchos. Cuando estamos bajo situaciones de tensión, en los procesos de estrés, el sistema de defensa de nuestro organismo funciona peor. Afortunadamente, también se sabe que cuando nos enamoramos y somos felices nuestro organismo se fortalece y difícilmente hay sitio para enfermedad. Quizá en donde más asumido lo tenemos todos es en relación a los ataques cardiacos. Ahí sí concedemos importancia real al aspecto de la personalidad y de la psicología. Los “ejecutivos agresivos” (eso que suele definirse como tipo A) tienden a padecer problemas de corazón y se debe, entre otras razones, a su manera de afrontar los problemas. Porque el modo de expresar las emociones o los sentimientos está muy relacionado con la enfermedad, incluso con el tipo de enfermedad que una persona puede padecer. Las personas agresivas, –dice la psicóloga Elena Domínguez– que sienten ira y la dirigen hacia los demás son más propensas a padecer problemas de corazón. Y las personas que reprimen sus emociones negativas, que no las expresan, que las dirigen hacia sí mismos, podrían tener, hipotéticamente, una mayor tendencia a problemas tumorales.

Quizá debamos aprender a dar a la enfermedad la dimensión correcta, sin quitar importancia al problema de salud, pero tratando de conseguir que ese problema no se convierta ni en el eje de la vida, ni en una obsesión. 

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