"Salas frescas" e hidratación cada dos horas: las claves para blindar las residencias del calor

Estas son las propuestas de un estudio realizado por HelpAge

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Las residencias de mayores son espacios especialmente vulnerables ante las olas de calor. Y es que las personas que viven en ellas suelen tener dependencia, varias enfermedades, toman medicamentos que pueden causar deshidratación y muchos padecen algún tipo de deterioro cognitivo que les limita en las actividades del día a día. 

Por ello, garantizar una correcta hidratación de estos usuarios y mantener unas temperaturas adecuadas, tanto en estancias comunes como en sus habitaciones, es crucial de cara a evitar posibles complicaciones de salud e incluso fallecimientos, por descompensación de patologías o golpes de calor. 

Así se pone de manifiesto en una guía elaborada por el exdirectivo de la OMS, Daniel López Acuña, para la Fundación HelpAge International España, con la financiación del Imserso. 

En ella se explica que las olas de calor han dejado de ser un mero fenómeno meteorológico para convertirse en una grave y creciente amenaza de salud pública.

La mortalidad relacionada en personas mayores de 65 años ha aumentado un 85% entre los periodos 2000-2004 y 2017-2021 y sólo en el verano de 2022, se estimaron más de 11.324 muertes asociadas al calor en España.

De esta manera, uno de los focos principales de este documento son los centros residenciales, entornos que exigen protocolos muy estrictos para convertirse en verdaderos escudos protectores frente a las altas temperaturas.

Como señaló Daniel López Acuña durante la presentación de la guía, la sociedad se enfrenta a un "triple riesgo convergente" que combina letalmente el cambio climático, el envejecimiento demográfico y la urbanización creciente.

Dentro de este escenario de riesgo, los centro sociosanitarios ocupan un lugar clave: pueden ser trampas para los mayores o refugios climáticos, ya que concentran en un mismo espacio a personas con un alto riesgo, pero, por otro, también suponen una oportunidad frente a la desprotección del domicilio particular.

Por esta razón, explica el documento, la prevención es clave: la preparación estructural de los edificios es obligada y debe hacerse con antelación.

Las residencias no pueden esperar a la alerta meteorológica: el mantenimiento preventivo de los equipos de aire acondicionado debe completarse durante la primavera, indican, asegurando además que el centro dispone de equipos portátiles de reserva para hacer frente a cualquier avería inesperada.

 

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"Salas frescas"

Por otra parte, detallan, la norma marca que la temperatura en las zonas comunes y en los dormitorios debe mantenerse estrictamente entre los 24°C y los 26°C. Alcanzar valores superiores a 30°C en los espacios interiores supone un "riesgo inaceptable" para los mayores más vulnerables.

Además, es una obligación imperativa identificar y acondicionar al menos una "sala fresca de referencia" en cada edificio, un espacio perfectamente climatizado al que puedan acceder todos los residentes durante las horas más tórridas de la jornada.

A esta medida se suma la instalación de sistemas de sombreado, como toldos o persianas, y la reorganización total de las rutinas diarias, quedando completamente prohibida cualquier actividad en el exterior entre las 11:00 y las 20:00 horas.

Hidratación

Otro de los mecanismos de supervivencia que más se deterioran en la vejez es la percepción de la sed. Esta disfunción, conocida como hipodipsia, provoca la deshidratación sin llegar a sentir la necesidad de pedir agua.

Para combatir este fenómeno, los centros deben implementar, estipula la guía, un protocolo riguroso de "hidratación activa".

El personal tiene que ofrecer líquidos a todos los residentes cada una o dos horas, sin esperar a que lo soliciten, y registrar minuciosamente la cantidad de ingesta de cada persona.

Esta hidratación debería adaptarse obligatoriamente a las patologías de cada usuario, utilizando gelatinas de agua, caldos o infusiones para aquellos que sufren de problemas de deglución o disfagia.

Supervisión médica

Por otra parte, indican, el equipo médico de la residencia debe revisar de forma proactiva la medicación de cada paciente.

Fármacos muy habituales, como los diuréticos –que favorecen la pérdida de líquidos– o los antihipertensivos –que reducen la frecuencia cardíaca–, pueden interferir peligrosamente con la termorregulación natural.

Por esta razón, apuntan, pueden requerir ajustes de dosis temporalmente supervisados por un médico.

Por ello, durante los días de calor extremo, la supervisión clínica debería intensificarse, proponen, basándose en un mapa de riesgo individual previamente elaborado por el centro.

De esta manera, para los residentes catalogados como de alto riesgo, el protocolo exigiría medir su temperatura corporal, tensión arterial, estado de conciencia e ingesta hídrica cada dos o cuatro horas.

Y, en los casos de riesgo moderado, esta vital evaluación se realizaría cada seis u ocho horas.

 

El proyecto asturiano que acerca la ópera a las residencias de mayores. Fuente: EuropaPress.

Diagramas de flujo y evaluación

Finalmente, para garantizar que el personal sociosanitario sepa actuar rápidamente y sin dudas, el documento exige la implantación de diagramas de flujo simplificados visibles en las zonas de trabajo.

Estas herramientas visuales marcan claramente los pasos a seguir ante un posible estrés térmico.

Además, la guía recuerda que el peligro del calor no termina cuando el episodio meteorológico remite. Tras cada ola, la dirección del centro debería realizar una evaluación post-emergencia exhaustiva, analizando indicadores como los ingresos hospitalarios urgentes producidos, los fallos de climatización detectados o la idoneidad del protocolo aplicado.