Sociedad

Así viven los presos mayores condenados a cadena perpetua

Miriam Gómez Sanz

Domingo 25 de enero de 2026

5 minutos

Un estudio advierte de que el envejecimiento en prisión cuestiona este principio jurídico europeo

El derecho a la esperanza, en entredicho para los presos mayores condenados a cadena perpetua. Fuente: BigStock.
Miriam Gómez Sanz

Domingo 25 de enero de 2026

5 minutos

El llamado "derecho a la esperanza", uno de los pilares del sistema europeo de derechos humanos para las personas condenadas a cadena perpetua, podría no funcionar como se esperaba en el caso de los presos de edad avanzada. Así lo plantea un nuevo estudio publicado en la revista Human Rights Law Review, que analiza cómo envejecen quienes cumplen largas condenas y hasta qué punto ese derecho sigue teniendo sentido cuando el paso del tiempo y el deterioro físico entran en juego.

El trabajo, firmado por Marion Vannier, pone el foco en una paradoja: aunque el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) reconoce que incluso los condenados más graves deben conservar la posibilidad de cambiar y rehacer su vida, la experiencia real de los presos mayores dista mucho de ese ideal.

Este principio se consolidó en 2013, cuando el TEDH dictaminó que una cadena perpetua sin posibilidad real de revisión podía vulnerar la prohibición de tratos inhumanos. La sentencia establecía que toda persona debe conservar la esperanza de salir algún día en libertad si demuestra arrepentimiento, reinserción y evolución personal. Como recordó entonces el tribunal, incluso quien ha cometido los peores delitos "mantiene su humanidad y su capacidad de cambiar". 

El TEDH promueve la reinserción social en todos los casos. Fuente: BigStock.
El TEDH promueve la reinserción social en todos los casos. Fuente: BigStock.

La teoría choca con la vejez

El estudio advierte de que este derecho se ha pensado desde una perspectiva abstracta, sin tener en cuenta qué ocurre cuando una persona envejece en prisión. Y ese detalle lo cambia todo.

Los presos mayores suelen sufrir deterioro físico, problemas de memoria, enfermedades crónicas y aislamiento social, factores que dificultan cumplir los requisitos que exige el sistema para demostrar que han cambiado. En muchos casos, participar en programas de rehabilitación, mantener una conducta ejemplar o preparar una futura reinserción se vuelve prácticamente imposible.

Además, uno de los pilares del derecho a la esperanza es la idea de expiación o arrepentimiento, entendida como un proceso profundo de reflexión personal. Pero el artículo subraya que este proceso exige capacidades físicas y mentales que no siempre están presentes en edades avanzadas.

Además, muchos presos mayores cargan con un fuerte estigma social, especialmente en determinados delitos, lo que refuerza la sensación de que nunca será suficiente lo que hagan para merecer una segunda oportunidad. Es decir, el sistema acaba exigiendo unos requisitos de reinserción que, en la práctica, resultan inalcanzables para muchos.

Los procesos naturales del envejecimiento chocan con el derecho a la esperanza. Fuente: BigStock.
Los procesos naturales del envejecimiento chocan con el derecho a la esperanza. Fuente: BigStock.

 

Otro de los puntos críticos es que el derecho a la esperanza depende en gran medida de procedimientos legales complejos, revisiones periódicas y evaluaciones técnicas. Para personas mayores, con problemas de salud o sin apoyos familiares, estos procesos pueden convertirse en un laberinto burocrático.

El resultado, según la investigación, es que la esperanza deja de ser una experiencia vivida y pasa a ser una idea teórica, alejada de la realidad cotidiana de quienes envejecen entre rejas.

Un debate abierto en Europa

El artículo concluye que el derecho a la esperanza, tal como está concebido hoy, no tiene en cuenta el impacto del envejecimiento en prisión. Y plantea una reflexión incómoda: si una persona ya no puede cumplir las condiciones exigidas para demostrar su cambio, ¿sigue siendo real su derecho a la esperanza?

La autora propone repensar este principio desde una perspectiva más humana y ajustada a la realidad, incorporando el envejecimiento como un factor clave en las políticas penitenciarias y en la interpretación de los derechos humanos. En una Europa en la que el número de presos mayores no deja de crecer, estas cuestiones se harán cada vez más urgentes.

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Miriam Gómez Sanz

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