Diego Fernández
Opinión

Invasión de asco

Diego Fernández
Invasión de asco

El asco me ha invadido. Lo ha hecho mientras veía a personas tiritando llegar a mi país  a bebés sostenidos en vilo sobre las aguas y la muerte. Me ha invadido el asco, cuando he leído que desde la dictadura camuflada de Marruecos se azuzaba a niños para que se jugaran la vida cruzando la frontera con una falsa promesa de ilusión. La de que iban a ver a Messi y a Cristiano Ronaldo. Y me ha invadido el asco, cuando una pseudoperiodista ha dicho en redes sociales que un inmigrante que sollozaba entre los brazos de una voluntaria, en realidad estaba buscando la turgencia de sus senos. Tengo nauseas y quiero vomitar. El asco ha cruzado la frontera. No tengo la piel fina, pero el asco la ha atravesado.

La invasión que está sufriendo nuestro país no proviene de lejanos desiertos y remotas montañas como dijo el filósofo José María Aznar. No estamos en guerra y nadie quiere conquistar España o una parte de ella.  La invasión es otra. Es de odio y mentiras y la estamos sufriendo desde dentro. La protagonizan los que dicen que hay que “militarizar Ceuta” o “hacer devoluciones en caliente, frío o templado”.

No hablamos de cafés, hablamos de personas, pero no perderé el tiempo en pedir que no hagan demagogia los que desayunan con ella cada día. Prefiero decir que me he sentido orgulloso de ser español, y lo digo parafraseando a los que mastican vorazmente la palabra España y la monopolizan. Sí, soy del mismo país que esa gente que se está lanzado al agua para rescatar a los que lo necesitan. De un país con gente compasiva. Una compasión sin la que el mundo no sería posible y que necesita que reflexionemos sobre ella. Martin Luther King dijo que la verdadera compasión no era arrojarle una moneda a un mendigo, era ser capaces de ver que una fábrica que produce mendigos, necesita una reestructuración.

Nuestra verdadera compasión no debe ser arrojarnos a las aguas. Es evitar que cada día haya más gente por la que tengamos que hacerlo. El Tarajal es nuestro Lampedusa o nuestro Lesbos. Por mucho que se ahoguen, por muy altas y punzantes que sean las vallas, por muchos soldados que estén esperando en la entrada de la tierra prometida, el hambre y el miedo no van a desaparecer. La única forma de solucionar el problema es que la Unión Europea ataque su origen. Pero eso los gobernantes ya lo saben y tampoco les interesa mucho.

Y esto que voy a decir va a escocer, pero seamos sinceros a la mayoría de los ciudadanos europeos, tampoco nos interesa o al menos no lo suficiente. Por mucho que colguemos tuits “solidarios”sobre la voluntaria, Luna, o por mucho que yo escriba estas líneas. Me acaba de sobrevenir otra nausea. Me ha vuelto a invadir el asco, y esta vez lo he provocado yo.


Diego Fernández es periodista en 'La Sexta Columna' (La Sexta).

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