Diego Fernández
Opinión

Mi abuelo y 65 y más

Diego Fernández
Mi abuelo y 65 y más

“Baldomero se balancea sobre los hombros de su hijo. No se queja de la rudeza con la que Victoriano carga con él. Tampoco de los golpes que recibe cada vez que su primogénito cae al suelo por agotamiento. Ni siquiera de la tosquedad y falta de mimo con la que Victoriano vuelve a levantarlo y echárselo sobre su cansada espalda. Algo que Victoriano hace cada vez que tropieza. Baldomero no se queja porque no puede. Baldomero está muerto.”

Este es el comienzo de una historia que no sé cómo ni cuándo escribiré. Los protagonistas son mi bisabuelo Baldomero o más bien su cadáver y mi abuelo Victoriano. Ayer supe reconocer una historia. Supe que mi abuelo era el mayor de cinco hermanos de una familia pobre y que su padre murió por las secuelas de una herida que los franquistas le hicieron durante la Guerra Civil. Una bomba estalló cerca de él, mientras cavaba trincheras para el ejército republicano y nunca se recuperó. Cuando Baldomero murió, la familia de mi abuelo no tenía dinero para pagar su entierro. Mi abuelo cargó a hombros con el cuerpo sin vida de su padre desde Getafe hasta el cementerio de Carabanchel, donde lo arrojó en una fosa común. Según Google maps, el camino es de unos diez kilómetros. Imagino que fueron diez infinitos kilómetros en los que la arena se metía en los ojos de mi abuelo haciéndole llorar. No sé si de escozor, de pena o de ambas cosas. Me imagino la tierra en la que después enterró a su padre,  mezclada con lágrimas y pegándose en su cara. Pero es todo lo que puedo hacer: imaginar, porque mi abuelo nunca me lo contó, y eso me da mucha pena.

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Historias que merecían ser contadas

Mi abuelo Victoriano falleció hace ya más de quince años. Antes de morir y de que su cabeza fallara por culpa del alzhéimer, mi abuelo, sí me contó algunas batallitas de la guerra y de los buenos amigos que hizo mientras lo intentaban matar. En concreto, de un compañero de El Bierzo que le salvó de morir de hambre a base del embutido que le enviaba su familia. Mi abuelo es el hombre más elegante que he conocido, una especie de Cary Grant a la española. Una percha andante que escuchaba más que hablaba, por eso muchas de sus historias se marcharon con él. Historias que merecían ser conocidas y contadas

A los periodistas a veces nos cuesta descubrir y reconocer las buenas historias. Soñamos con ser corresponsales para viajar miles de kilómetros en busca de ellas o con entrevistar a gente famosa y no vemos que la buena historia puede estar muy cerquita de nosotros y se no está escapando. Tengo la sensación de que a mí se me escapó con mi abuelo Victoriano, hasta ayer. Cuando mi tío en una sobremesa me contó el tránsito que mi abuelo hizo cargando con su padre al cementerio. Ayer me di cuenta. 

Desde que escribo para 65Ymas, que es desde que empezó la pandemia, mi interés por los mayores ha aumentado, y en concreto, el interés por mis mayores. Sus historias se marchan con ellos y es a los nietos y a los hijos a los que nos corresponde la labor de preguntarles y escucharles, para que sus historias perduren y les sobrevivan. Si yo puedo escribir algún día la historia del cementerio es gracias a que mi tío escuchó a mi abuelo y yo escuché a mi tío. Y lo hice más atento, porque desde que escribo para este medio, lo que dicen me interesa más. Es un regalo que me he hecho a mi mismo. No soy de dar consejos, pero lo voy a hacer. ¡Alerta spoiler! Vuestros mayores no van a estar siempre. Preguntadles y escuchadles. No sólo por hacerles felices a ellos o sin pretensión, de forma altruista. Sed un poco egoístas, hacedlo por vosotros. Porque seréis a través de ellos, un poquito más sabios y hasta puede que encontréis, como yo, una historia que merezca ser contada.

Sobre el autor:

Diego Fernández

Diego Fernández

Diego Fernández es periodista en La Sexta Columna (La Sexta).

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