Diego Fernández
Opinión

Soledades mayores

Diego Fernández
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Octavio Paz comienza su ensayo El laberinto de la soledad hablando de niños, adultos y adolescentes: “Es cierto que apenas nacemos nos sentimos solos; pero niños y adultos pueden trascender su soledad y olvidarse de sí mismos a través de juego o trabajo. En cambio, el adolescente vacilante entre la infancia y la juventud, queda suspenso un instante ante la infinita riqueza del mundo”.

El párrafo forma parte de un libro con ideas que tatúan y mejoran el cerebro, sin embargo, y a riesgo de que me tachen de presuntuoso o flipado, tengo que ponerle un pero: se olvida de los ancianos. Ellos son los más golpeados por una pandemia muy anterior a la del Covid, la de la soledad.

Todavía me queda un buen rato para llegar a esa edad, pero tiene pinta de que en nuestra última etapa vital pueden escasear los juegos, el trabajo ha quedado atrás y el mundo ya no es tan infinito. Su riqueza, a menudo, se reduce a la de una clausura entre cuatro paredes, las de una residencia. Aquí, la soledad tiende a aparecer con fuerza. La misma fuerza que va escaseando en el cuerpo. 

 

Soledades mayores

 

Esa soledad se ha agudizado en nuestro nuevo ecosistema Covid. La parte más cruda de este plato frío ha sido retratada por el fotógrafo Santi Palacios en la exposición Soledades mayores. En una decena de imágenes muestra el drama de las residencias durante lo que ahora solemos llamar confinamiento o primera ola. Me enfrento a ellas incómodo y con distancia. Me molestan porque me enseñan algo que no quiero recordar, pero que quizá sea necesario volver a visualizar para ser conscientes de todo lo que llevamos recorrido.

En las fotografías no vemos rostros. No son necesarios para reflejar el dolor de la soledad que vivieron allí los ancianos. Soledad como la que transmiten los asientos vacíos de una residencia a la que le robaron el mes de abril y que mi imaginación quiere ocupar con octogenarios risueños que bromean sobre sus achaques. Buenos compañeros de fin de vida a los que el Covid hurtó de sus últimos momentos juntos. Soledad como la de una mano arrugada que parece de trapo y que sostiene una muñeca del mismo material. O soledad, en este caso mitigada gracias a la tecnología, por un teléfono acurrucado entre guantes de plástico. Un teléfono que rescato el cariño y fue capaz de transmitirlo en los meses en los que las siglas ADSL pasaron a significar: ADiós SoLedad.  

Fuera de las fotografías se quedan las personas al otro lado de ese teléfono. Los familiares de los residentes, huérfanos del último adiós.

 

Soledades mayores

 

Los que gozamos de tener familiares mayores, hemos pasado y todavía pasamos por el temor de tener que ser protagonistas de una despedida ausente. Una de mis abuelas ha sobrevivido al Covid, la otra le ha hecho un recorte demasiado cercano para mí gusto, pese a que es una profesional del escondite pandémico. Su cuidadora se infectó, pero ella esquivó el virus.

Es probable que cuando lean estas líneas, mis dos abuelas estén vacunadas. Desde que mi padre me ha dado la noticia, noto que aunque llevo la mascarilla puesta, el aire entra mejor en mis pulmones. Su whatsapp me ha inyectado oxígeno. Poco después he brindado. Lo he hecho por la mejor noticia que me han dado desde que el Covid empezó este genocidio contra esas personas llenas de tantas arrugas como sabiduría: los mayores. En el brindis he sonreído, pero de manera inconsciente, creo que he apaciguado mi alegría. En mi cabeza, unas fotografías sin rostro me recordaban que en este tiempo desafortunado no todos han tenido la suerte de cara.


Diego Fernández (@Diegogtf) es periodista en La Sexta Columna (La Sexta).

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Diego Fernández es periodista en La Sexta Columna (La Sexta).

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