Me parece espléndido que el Gobierno haya regulado la composición y la calidad del pan. Hacía muchos años que no se adoptaba una decisión así y parece que esos años han sido aprovechados por algunos para lo de siempre: falsificar su contenido. Hoy panaderías parecen establecimientos de lujo de la Quinta Avenida de Nueva York por la cantidad de variedades, por la competencia de marcas y formatos y, naturalmente, por los precios. Acertar con la compra del pan es una tarea de expertos gastronómicos que deberían participar en algún concurso de televisión. Y claro: donde hay abundancia y lujo hay tentación de fraude. ¡Nos pueden haber timado hasta en el pan! Si ha sido así, duro con ellos. Y lo de siempre: todas las normas son buenas en sus intenciones. Ninguna sirve de nada si después no funciona la inspección.

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