Josep Moya Ollé
Opinión

¿Envejecen Europa y la democracia?

Josep Moya Ollé

Martes 21 de abril de 2026

4 minutos

¿Envejecen Europa y la democracia?

Martes 21 de abril de 2026

4 minutos

Afirmar que la población europea envejece es algo que todo el mundo sabe, pero, siguiendo al escritor Pedro Olalla, nos preguntamos si, por ello, Europa envejece también en cuanto a la política concierne; si envejecen por ello las convicciones y los ideales; si el avance en la edad del conjunto lo lastra de pasado y arrastra la mentalidad hacia el inmovilismo, y si la democracia se vuelve acaso incompatible con ese envejecimiento de todos.

El mismo Olalla se responde, en un diálogo imaginario con Cicerón, que envejecer no está reñido con la virtud política ni es causa de su ausencia, y que el alargamiento de la vida no explica el deterioro moral ni la tendencia hacia la insolidaridad, ni explica, por supuesto, las mezquindades de quienes toman decisiones políticas ni las insuficiencias de nuestra democracia. Cierto, nuestra democracia se viene mostrando cada vez más insuficiente y ello está provocando que numerosos colectivos renieguen de ella y sueñen con un gran Otro salvador, que dé respuestas –simples– a problemas complejos. Porque la realidad está hecha de complejidades, cada vez más acuciantes y planetarias: el cambio climático, el agotamiento de los recursos, la existencia de conflictos bélicos que socavan la seguridad y la economía de los pueblos, la inversión de las pirámides poblacionales, los riesgos inherentes a futuras pandemias, etc.

En este contexto, o mejor, en estos contextos, parece claro que la longevidad plantea un desafío al liderazgo: gobernar para horizontes más largos.

En sociedades, predominantemente las europeas, donde una gran parte de la población vivirá más décadas, la política no puede limitarse a gestionar las cuestiones urgentes, sino que debe anticiparse a los acontecimientos: cuidados sociosanitarios, con especial énfasis en las medidas preventivas; la sostenibilidad fiscal, con políticas que garanticen la sostenibilidad de las pensiones; los problemas de la vivienda, fomentando programas alternativos a las obsoletas residencias geriátricas; la cuestión de la formación continua, a través de programas que incidan en la brecha digital; la cohesión territorial, incidiendo en los desequilibrios existentes entre las ciudades y el mundo rural.

Todas ellas son cuestiones, como he señalado antes, de gran complejidad y, por ello, requieren tiempo: para el análisis, el debate, la síntesis y la toma de decisiones. Pero el liderazgo político funciona con ritmos cortos: ciclos electorales, titulares, polémicas. Y esos ciclos electorales suelen caracterizarse por el enunciado de: borrón y cuenta nueva. Esto es, un gobierno es elegido y deroga todo lo realizado por el que le ha precedido. Además, en muchas ocasiones, las decisiones políticas responden más a las dinámicas de los índices de audiencia que a programas que apunten al horizonte. Valga un caso del ámbito de la salud mental para ilustrarlo. En un período en el que la industria farmacéutica promovió el uso de los antidepresivos de segunda generación, la fluoxetina (Prozac) y similares, se produjo un aumento sorprendente de casos de supuesta depresión. La respuesta de algunas administraciones sanitarias fue el promover campañas dirigidas no solo a los profesionales sino al gran público. Se trataba de demostrar, cara al electorado, que la sociedad se enfrentaba a un problema real, de causa biológica, y que el gobierno había tomado cartas en el asunto. Sin embargo, años después, el tema ha perdido vigencia y ha sido sustituido por otras “epidemias de salud mental”, con elevados índices de audiencia.

¿Cómo podría ser un enfoque más riguroso y orientado a la prevención del sufrimiento mental? La respuesta es: promoviendo políticas dirigidas a incidir en aquellos factores sociales, culturales y económicos que son fuentes de sufrimiento mental, por ejemplo, la pobreza y la soledad no deseada. Ambas fuentes están muy presentes en las sociedades longevas y es obvio que para incidir en ellas es necesario promover políticas a largo plazo.

Europa envejece, pero la democracia no. Sin embargo, ha ido perdiendo su esencia, que consiste en que el ser humano pueda aspirar a realizarse como animal político, según lo planteó Aristóteles. En este marco, los mayores de 65 años tenemos el reto de dignificar la democracia, de que ésta recupere los principios que la definen, que sea el sistema que propugna que el interés común sea definido y defendido por el conjunto de la sociedad. Ello comporta que nos impliquemos, que participemos en los debates, en los foros de discusión, en las políticas municipales, comarcales, autonómicas, estatales. Los “viejos” podemos y debemos revitalizar la democracia. Hemos que conseguir que, a pesar de que Europa envejezca, la democracia siga siendo joven.

Sobre el autor:

Josep Moya Ollé

Josep Moya Ollé

Josep Moya Ollé (Barcelona, 1954) es psiquiatra y psicoanalista. Actualmente es presidente de la Sección de Psiquiatras del Colegio Oficial de Médicos de
Barcelona.

Ha trabajado activamente en el ámbito de la salud pública, siendo presidente del comité organizador del VII Congreso Catalán de Salud Mental de la Infancia y psiquiatra consultor del SEAP (Servei Especialtizat d'Atenció a les Persones), que se ocupa de la prevención, detección e intervención en casos de maltratos a mayores.

Es el fundador del Observatori de Salut Mental i Comunitària de Catalunya.

Su práctica clínica privada la realiza vinculado a CIPAIS – Equip Clínic (Centre d’Intervenció Psicològica, Anàlisi i Integració Social) en el Eixample de Barcelona.

Como docente, imparte formación especializada en ACCEP (Associació Catalana per a la Clínica i l’Ensenyament de la Psicoanàlisi), en el Departament de Benestar Social i Família y en el Centro de Estudios Jurídicos y Formación Especializada del Departament de Justícia de la Generalitat de Catalunya.

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