Grande-Marlaska
Onega Fogonazos

 

Siento especial curiosidad por la figura de Fernando Grande-Marlaska. Es la curiosidad intelectual de ver cómo un hombre entregado a los códigos se transforma en político sin periodo de descompresión por medio. La política es una función tan noble como la judicatura porque trata de servir a la sociedad. Pero la Justicia es el rigor, el sometimiento estricto a ley y la neutralidad ante los conflictos, y la política suele acariciar el cambalache, busca los vericuetos de las leyes para usarlas a su favor y, por definición, nunca es neutral. Por tanto, el cambio mental de Grande-Marlaska tuvo que ser traumático, pero empiezo a sospechar que placentero. Treinta años instruyendo casos, investigando y calificando delitos, provocan agotamiento. Un juez no hace más que obedecer a lo escrito en el código, aunque piense otra cosa. Es una forma de esclavitud. Ser ministro puede llegar a ser una tortura, pero permite transformar en hechos la propia voluntad. Tiene la erótica del poder. Y si se trata de servir al país, parece que desde un ministerio se le sirve con más eficacia. Solo así entiendo que un juez tan respetado se disponga cada mañana a tragar un sapo en el desayuno.

 

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Eladio Frías Tejera Hace 6 meses
Magníficas reflexiones de Fernando Ónega. Se contestan por sí mismas.