Culpa y miedo

Tenemos la suerte de vivir una era en la que la longevidad es cada vez más común y éste es un hecho digno de celebración y uno de los mayores logros recientes de la humanidad. Sin embargo, las ciencias del envejecimiento son relativamente jóvenes y los profesionales para atender esta nueva realidad insuficientes. La política ignora esta nueva realidad, y los pocos pasos que se dan en la buena dirección –hacia una vejez con mayor calidad de vida– son escasos.

Está por ver si la pandemia no agrava aún más esta situación, reduciendo los derechos de las que hoy son personas mayores y que algunos dan por económica y socialmente "amortizadas", contemplando sus injustas y tempranas muertes como un "mal menor" en beneficio de la mayoría y, por supuesto, la economía. Esta triste situación merece una reflexión ética que nos ayude a descubrir en qué hemos fallado y qué lecciones debemos aprender para que no se vuelva a repetir.

Sin duda, el mercado rentabiliza este miedo aprendido, o rechazo a la vejez por haberla reducido a sinónimo de enfermedad, soledad y decrepitud, a la que hay que combatir o incluso de la que hay que sentirse avergonzado. Dejando que suceda, lo que es natural, que la vida continúa y que nosotros, seremos las personas mayores en un tiempo relativamente cercano, y los que reclamemos menos prejuicios y más respeto. 

Como entenderás en este punto, el miedo y la culpa son el negocio más lucrativo del mundo y para el envejecimiento, ambos sentimientos nos han privan de un futuro ilusionante, pidiendo permiso y luchando contra la marginación social.

A nosotros, los que trabajamos en el ámbito de la gerontología y los cuidados a las personas mayores, ya no nos engañan con esas maldiciones furibundas hacia la vejez, porque hemos conocido que las pérdidas son oportunidades y que la actitud para un buen envejecimiento se puede elegir. Que existen personas ancianas con total autonomía, que son referentes para las generaciones más jóvenes y que gozan de una salud envidiable, a los que nadie les podría decir que pertenecen a un colectivo frágil. Y por ello, desde la comunicación y el activismo debemos continuar indicando que la fragilidad no llega con la edad sino, que es el resultado de la ignorancia, de una sociedad de valores alterados y prioridades confundidas. Porque, por suerte, todos seremos viejos o viejas si no hay quien nos lo impida, con sentimientos como la culpa o el miedo que nos conducen a un mal vivir; y que además no son nuestros sino proyecciones del otro.

Y ahora tú, sé valiente y no te culpes de aquello que no es un castigo, tu envejecimiento.


Francisco Olavarría Ramos (@OlavarriaRamos), director de Relaciones Institucionales de Depencare, empresa de cuidadores a domicilio para personas mayores y personas con algún grado de dependencia y/o discapacidad.

0

No hay comentarios ¿Te animas?