Contra el edadismo, por la dignidad y el derecho a las pensiones
Foto: BigStock
Jueves 26 de marzo de 2026
7 minutos
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Los pensionistas no somos una carga: somos sociedad
Hoy disfrutamos de una mayor longevidad; este logro es fruto de un proceso histórico marcado por luchas y contradicciones. Generaciones anteriores enfrentaron adversidades, defendieron derechos y fueron parte de una dialéctica constante entre avance y resistencia cuya síntesis de determinación sostiene la vida.
A lo largo de la historia, múltiples factores han contribuido al aumento de la esperanza de vida, incluyendo avances médicos como las vacunas y antibióticos, mejoras en la nutrición y el saneamiento, así como la consolidación de sistemas de salud públicos. Las reformas laborales, la educación universal y el acceso a la información también desempeñaron un papel crucial en transformar las condiciones de vida. Sin embargo, estos progresos no fueron lineales ni universales; muchas comunidades siguen enfrentando hoy desafíos para acceder a los beneficios del desarrollo. La actual longevidad nos invita a reflexionar sobre cómo mantener y expandir estas conquistas, garantizando una vida digna para todas las personas.
Este éxito, sin embargo, se presenta hoy bajo la sombra de una dialéctica irresuelta: un avance en la longevidad que choca con un sistema de sesgos, prejuicios y estereotipos sobre el envejecimiento que transforman el logro de la longevidad en una carga percibida. Estos prejuicios dictan la lógica financiera de nuestra época. El edadismo deja de ser solo una percepción social para transformarse en un problema económico tangible. Se habla del envejecimiento como una amenaza, de las pensiones como un gasto excesivo, de las personas mayores como una carga para el sistema. Este discurso no es neutral. Es una forma de edadismo: una construcción cultural, política y económica que desvaloriza la vejez y cuestiona su legitimidad social.
Los mayores, un capital importante de la sociedad
Rechazamos esa mirada. Las personas mayores no debemos ser vistas como un excedente, una anomalía demográfica o un problema a gestionar. Somos un capital importante de la sociedad; nuestra experiencia, construida a golpe de trabajo y sacrificio, sigue siendo necesaria para construir un futuro social fuerte en armonía. La percepción errónea que surge de discursos edadistas desvaloriza la vejez y pone en cuestión su legitimidad social. Sin embargo, como antes hemos dicho, la longevidad actual es el resultado de avances históricos, luchas colectivas y reformas que han mejorado las condiciones de vida en cada etapa de la historia. El envejecimiento de la población, lejos de ser una amenaza, refleja la consolidación de derechos y el progreso social.
Es absolutamente fundamental rechazar la mirada reduccionista que presenta a las personas mayores como una carga. Hemos contribuido a la construcción de la sociedad, defendiendo derechos y participando activamente en los cambios que han permitido una vida más digna para todos. Reconocer su papel es esencial para garantizar el respeto, la dignidad y el derecho a las pensiones, y para fortalecer la solidaridad intergeneracional que sustenta nuestro sistema social.
Las pensiones son un derecho, no una concesión, como tantas veces hemos manifestado. El sistema público de pensiones no es una dádiva del Estado ni una carga accidental. Es una conquista histórica de las clases trabajadoras y de la sociedad. Expresan un principio fundamental: la solidaridad intergeneracional. La pregunta real no es si podemos permitirnos las pensiones. La pregunta es: ¿qué tipo de sociedad queremos ser?
El edadismo se despliega en la sociedad como una contradicción persistente: por un lado, se reconoce la experiencia y aportaciones de las personas mayores; por otro, se insiste en asociarlas con la dependencia y la pasividad. Esta tensión revela una lucha entre aquellas narrativas que buscan dignificar la vejez y las que la reducen a una condición de vulnerabilidad. En este escenario, la percepción limitada sobre la autonomía y capacidad de las personas mayores se enfrenta a la realidad de su protagonismo social, generando fricción entre el reconocimiento y la exclusión.
La invisibilización del valor social de las personas mayores no es un fenómeno estático, sino el resultado de un antagonismo constante entre avance y resistencia. Mientras su función en la sostenibilidad de cuidados, hogares y comunidades se reafirma, las estructuras culturales y económicas intentan relegar esas contribuciones al margen. Así, la sociedad oscila entre la aceptación de la riqueza intergeneracional y la negación de su impacto, manteniendo viva la dialéctica entre reconocimiento y olvido.
'No' al enfrentamiento generacional
El enfrentamiento generacional se erige como una síntesis de las contradicciones anteriores: la cooperación y el conflicto entre jóvenes y mayores se entrelazan en la práctica social. Cuando se fomenta la división, se profundiza la percepción de carga; cuando se promueve la cohesión, se fortalece el tejido social. El discurso edadista no es solo una narrativa, sino una construcción que surge del choque de intereses y visiones, perpetuando la tensión dialéctica entre la inclusión y la exclusión de las personas mayores.
En este sentido, la actualidad dinámica del mercado laboral presenta una contradicción evidente y persistente. Por un lado, se exige trabajar más años, justificando esta prolongación de la vida laboral por el aumento de la longevidad y la necesidad de sostener el sistema de pensiones. Sin embargo, por otro lado, las propias estructuras del mercado de trabajo tienden a expulsar a las personas mayores del empleo antes de alcanzar la edad de jubilación.
Esta paradoja se traduce en la dificultad real que encuentran las personas mayores para mantener su puesto de trabajo o acceder a nuevas oportunidades laborales, a pesar de la demanda social y legislativa de alargar la vida activa. Así, la presión para retrasar la jubilación contrasta con la discriminación por edad que opera en la selección, promoción y retención de empleados senior, generando una exclusión innecesaria y perjudicial.
Edadismo estructural
Esta situación no es casual, sino el resultado de un edadismo estructural profundamente arraigado en la cultura del trabajo y en las políticas empresariales. El edadismo se manifiesta en prejuicios, estereotipos y prácticas que devalúan la experiencia y las capacidades de las personas mayores, asociándolas injustamente con la obsolescencia o la baja productividad. De este modo, se perpetúa la idea de que el envejecimiento es incompatible con la participación activa en el ámbito laboral, reforzando la marginación de un grupo que, lejos de ser una carga, sigue siendo fundamental, por su experiencia, para la sociedad y la economía.
Las personas mayores desempeñan un papel fundamental en la sostenibilidad de cuidados, hogares y comunidades. Aunque la contribución es constante y necesaria, a menudo se ve relegada al margen por estructuras culturales y económicas que invisibilizan su impacto. Este antagonismo entre avance y resistencia refleja una sociedad que oscila entre aceptar la riqueza intergeneracional y negar su influencia, manteniendo viva la dialéctica entre reconocimiento y olvido. El envejecimiento de la población no debe percibirse como una catástrofe, sino como un reto político que exige respuestas basadas en derechos y no en el miedo.
La superación del edadismo implica reconocer el valor de todas las etapas de la vida, sin reducir a las personas mayores a una condición de vulnerabilidad o dependencia. El edadismo se despliega en la sociedad como una contradicción persistente: por un lado, se reconoce la experiencia y aportaciones de las personas mayores; por otro, se insiste en asociarlas con la pasividad.
Construir una sociedad sin edadismo exige fortalecer la cohesión social y la solidaridad intergeneracional, valorando la autonomía y la capacidad de las personas mayores. Solo así se podrá garantizar una sociedad que respete y dignifique a todos sus miembros, independientemente de su edad.
En resumen: es imprescindible dignificar la vejez y superar los prejuicios que reducen a las personas mayores a una situación de dependencia. Superar el edadismo requiere reconocer el valor de todas las etapas de la vida. La construcción de una sociedad sin edadismo pasa por fortalecer la cohesión social, valorar la autonomía y capacidad de las personas mayores, y garantizar el respeto y la dignidad para todos, independientemente de la edad. Defendemos pensiones públicas, dignidad y una sociedad sin edadismo.
¡Gobierne quien gobierne, las pensiones se defienden!


